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Artículo correspondiente al número 261 (17 de septiembre al 1 de octubre 2009)
Poli Délano recuerda su infancia y los inicios de su carrera en Memorias neoyorquinas, un texto que –pese a una edición descuidada– exuda vitalidad. Por Marcelo Soto.
En el medio editorial chileno es común escuchar quejas contra la piratería y el IVA. Se dice que los piratas están arruinando el negocio y que los impuestos que debe pagar el libro provocan que sea un producto caro. Ambas cosas tienen su cuota de razón (sobre todo, respecto al lastre del comercio ilegal), pero suelen ocultar otro hecho lamentable: el nivel a menudo veces mediocre de la edición local.
Lo anterior surge al observar un lanzamiento importante, como es el primer tomo autobiográfico de Poli Délano. El libro se llama Memorias neoyorquinas y reúne variados méritos, aunque una edición poco prolija impide que su alcance sea mayor. Hay errores infantiles (en la contraportada se lee “Memorias neoyoquinas” y se inserta una cita del propio texto que no es correcta) y en general se aprecia cierto descuido en la publicación de la obra. Alguien como Délano, autor de Gente solitaria y un notable cuentista, merecía un trato más riguroso.
Pese a tales fallas –que podrían haberse evitado con una mínima dedicación del editor-, estas memorias, cuyo título es engañoso, contienen una saludable vitalidad y se leen en una tarde. Délano posee la virtud de escribir sin pretensiones, con una honestidad asertiva y atrayente, logrando que las páginas vuelen.
Puede que esta misma sencillez, esta falta de preciosismo en la prosa, por momentos haga caer el relato en un tono deslavado, algo tosco. Sin embargo, el lector sigue con interés las anécdotas, por muy mínimas que sean. Délano, en efecto, no habla de grandes aventuras ni de grandes personajes, sino de experiencias cotidianas que, no obstante su normalidad, exudan entusiasmo.
Las páginas más atractivas son las que transcurren en Nueva York, durante su infancia en la metrópolis, con historias como el primer amor, una muchacha que era prima nada menos que de Lauren Bacall. Por ese vínculo Délano estuvo a punto de conocer a Humphrey Bogart y, aunque el encuentro se haya frustrado, el episodio es digno de recuerdo.
Los hechos neoyorquinos ocupan menos de un tercio del libro y uno podría discutir si el título es adecuado, pero finalmente ese período es el que más perdura en la memoria del lector. El autor cuenta pequeños momentos de la niñez, sus amigos de la calle, las peleas y escaramuzas amorosas y lo hace con tal gracia –esa que no se nota, que llega sin aspavientos- que el estilo por momentos se vuelve invisible.
En otras partes del libro, el autor repasa sus inicios como escritor, su primer matrimonio y su viaje a China; va de un tema a otro, sin una dirección evidente. Un desorden que al final logra dar una idea más o menos nítida de la historia personal de este escritor, cuyas memorias, a diferencias de muchas otras, pueden describirse como vívidas, auténticas.