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Una de monstruos

Artículo correspondiente al número 262 (2 al 15 de octubre de 2009)


El chileno Patricio Jara publica una fallida novela sobre un circo de fenómenos y un grupo de esclavos en el norte, para demostrar que la dignidad humana se encuentra en la diferencia.


El chileno Patricio Jara publica una fallida novela sobre un circo de fenómenos y un grupo de esclavos en el norte, para demostrar que la dignidad humana se encuentra en la diferencia. Por Marcelo Soto.


Patricio Jara, nacido en Antofagasta en 1974, ha dado evidencias de un talento para crear historias poco comunes, extravagantes en ciertos aspectos, con un dejo de película de terror de clase B, cuyo ejemplo más logrado hasta la fecha es El exceso (2006), una entretenida y convincente narración sobre los primeros experimentos de transfusión de sangre. Mezclando ficción con datos reales –del tipo de los que pueden chequearse en enciclopedias o diccionarios–, el autor alcanzaba una buena dosis de tensión y desenvoltura en un relato simple, de factura parecida a la de una crónica periodística cruzada con un folletín de suspenso. Como si un reportero policial contara la historia de Drácula o de Frankenstein.

Hay en la narrativa de Jara algo que recuerda a las viejas revistas de hechos insólitos; sin ser amarillista, es decididamente popular. Quiere entretener, quiere que lo lean... y para eso se vale de algunas de las herramientas del periodismo. Que a veces tales esfuerzos se apoyen en muletillas o en trucos es pasto de otro corral. Como en algunos escritores de su generación (Alvaro Bisama, Jorge Baradit), su estilo da cuenta de un gusto por todo aquello que huela a bizarro o freak y su nueva novela, Quemar un pueblo, sigue esa senda.

El libro tiene un débil inicio para luego ganar interés y densidad en los capítulos intermedios, llegando a un desenlace sin clímax. Como un acto interrumpido, Jara parece que en algún momento dejó morir el relato o no fue capaz de darle un giro que lo llevara a otro nivel. Así, se queda en la anécdota matizada con un par de comentarios histórico-sociales que no alcanzan espesor. En todo caso, hay un puñado de imágenes notables que bien podrían dar origen a una película y por lo mismo queda la duda de si acaso esto no fue un guión que mutó en otra cosa.


Quemar un pueblo.
Patricio Jara. Alfaguara, 142 páginas. Santiago, 2009.
Quemar un pueblo parte con la llegada a Cristo de la Roca –una de esas localidades fantasmas que malviven entre el mar y el desierto en el norte chileno- de un pequeño circo llamado Atracciones Internacionales. Corre el año 1876 y el lugar es dirigido por un prefecto corrupto y autoritario que intenta erradicar de la comunidad todo rastro de juerga, implantando la ley seca y clausurando los burdeles. Por supuesto, no ve con buenos ojos la llegada del espectáculo cuyos artistas son un tipo con dos cabezas, un hombre lobo y un niño con apariencia de rana. Les hace la vida imposible y les echa a perder el negocio. Al mismo tiempo, un grupo de negros pasa penurias en la cárcel local, sumido en el hambre y en intolerables condiciones higiénicas. El prefecto no hace distinción entre estos africanos y los “monstruos”: para él no son dignos de respeto ni de misericordia. Meras bestias sin alma. La misma brutalidad la ejerce contra un enorme oso que llega a la playa nadando, luego del naufragio de un barco que transportaba animales.

Surge entonces una corriente de empatía entre estos marginados, que deciden vengarse. Aunque para ello deban estar dispuestos a comportarse como energúmenos. Jara cuenta el asunto sin llegar a honduras, sin hacerse las preguntas que exige el relato, que termina escapándosele de las manos. Con todo, nos deja un puñado de escenas delirantes, que uno podría imaginar perfectamente en una cinta de Herzog, a la vez que describe con gracia la soledad imbatible del desierto y la de esos pueblos condenados a desaparecer sin pena ni gloria, hundidos en su propia miseria.

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