Artículo correspondiente al número 259 (21 de agosto al 3 de septiembre de 2009)
Se publican en español las obras de Alice Munro, Amy Hempel y Paula Fox, autoras imprescindibles que desnudan como nadie la fragilidad de la vida. Por Marcelo Soto.
Alguien dijo que los críticos no saben diferenciar la margarina de la mantequilla. Leí la frase en una revista española de rock en 1985 –creo que era una entrevista al grupo inglés The Clash- y se me quedó grabada en la memoria, aunque nunca pude recuperar aquella publicación para confirmar la fuente. Pero me parece una definición perfecta. Recuerdo esa declaración de principios mientras reviso la obra de tres autoras norteamericanas extraordinarias, que están entre lo mejor de la literatura actual y que sin embargo no tienen la misma repercusión que algunos de sus colegas masculinos. Este desinterés no sólo habla del machismo típico de la prensa, sino también de la ceguera de los comentaristas literarios.
Alice Munro
Las escritoras a las que me refiero son Paula Fox y Amy Hempel, de Estados Unidos, y la canadiense Alice Munro. Las tres están vivas. Y las tres son notables.
Munro nació en 1931 en Ontario y su último libro se llama La vista desde Castle Rock. A diferencia de la mayoría de sus relatos, los que conforman este volumen tienen un componente autobiográfico, aunque siguen siendo más que nada construcciones ficticias. Rascacielos de la imaginación cuyos ornamentos tienen algo inventado. Y al final son tan reales como la vida.
Decir que esta escritora que a sus 78 años se mantiene tan espléndida como encantadora –Antonio Muñoz Molina dijo que era una mujer que no es que haya sido una belleza, sino que lo es- debiera haber ganado el Nobel hace rato parece una verdad del porte de una catedral. Nadie como ella ha penetrado en los resquicios del matrimonio y del amor no correspondido. Nadie como ella puede escribir de una manera tan profunda sobre la ligereza de la relaciones humanas. No por nada la llaman “nuestra Chéjov” en Canadá.
Amy Hempel
Así, por ejemplo, describe los anhelos de la maternidad: “Mary cree que no vivirá mucho tiempo, vayan a donde vayan. Tose en verano tanto como en invierno, y cuando tose le duele el pecho. Tiene orzuelos y calambres en el estómago, y el período le viene rara vez, y cuando le viene, puede durarle hasta un mes. Pero espera no morir mientras James sea de un tamaño que permita llevarlo en la cadera o siga necesitándola, como sucederá durante un tiempo. Sabe que llegará el día en que se apartará como hicieron sus hermanos, en que se avergonzará del lazo que lo une a ella. Eso es lo que Mary se dice que sucederá, pero como cualquier persona enamorada, no puede creerlo”.
Por su parte Paula Fox, nacida en 1923 en Nueva York, es puro fuego. Luego de leer Personajes desesperados, probablemente la más fiera descripción del derrumbe de Estados Unidos en los años 60, uno se preguntaba si era capaz de llegar más hondo y la respuesta está en Pobre George, su primera novela, recién publicada en español. La caída hacia el fondo del pozo de las convenciones burguesas que realiza el protagonista –un profesor atrapado por la mediocridad y la frustración- prefigura buena parte de la narrativa moderna.
Paula Fox
Con ecos de Kafka, en este relato la normalidad se resquebraja de manera simple e irreversible cuando un adolescente irrumpe en la casa de una pareja de clase media educada y servil. La escena conyugal es como un espejo roto: “durante sus últimos años de vida, la señora Mecklin había desarrollado cataratas en ambos ojos. Sus gafas especiales le aumentaban los ojos y su mirada parecía destilar desdén y amargura. El último regalo que George le hizo fue una baraja de naipes cuyos símbolos agrandados le permitían jugar al solitario. Ella hacía trampas sin ningún disimulo”.
Si Munro es el final del camino y Fox el piso que se derrumba antes de llegar, Amy Hempel son los recortes del mosaico, esos fragmentos sin los cuales es imposible armar el conjunto. Leerla es como zambullirse en mar abierto. Mientras más profundo nadamos, más anhelamos sobrevivir. Y más lejana se aprecia la superficie.
En Cuentos completos, Hempel logra que asomen los reflejos y las sombras, vistos como con una escafandra desde el fondo de la piscina. Acaso el punto de vista femenino como nunca nadie lo había descrito. “Yo tenía un pasado, y ese pasado incluía un matrimonio, un trabajo y unas amistades. Pero hacía mucho que me había deshecho de todo eso”, dice la narradora de Ofertorio, un relato insuperable en su manera de atrapar el erotismo y la futilidad de las relaciones humanas.
La vista desde
Castle Rock.
Alice Munro. RBA, 297 páginas