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Artículo correspondiente al número 264 (30 de octubre al 14 de noviembre de 2009)
El guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, uno de los mejores escritores latinoamericanos en activo, habla de su nuevo libro, El material humano, que revisa el pasado reciente de su país, marcado por la violencia política. Además, crítica las posturas racistas del premio Nóbel guatemalteco Miguel Angel Asturias y recuerda su amistad con Paul Bowles. Por Marcelo Soto.
Roberto Bolaño tenía un don especial para el comentario afilado, capaz de definir en un par de líneas todo un perfil literario, y por lo mismo no es ocioso transcribir lo que dijo sobre Rodrigo Rey Rosa: “no es un maestro de la resistencia sino una sombra, una raya que atraviesa veloz el espacio de la normalidad. Su elegancia nunca va en demérito de su precisión. Leerlo es aprender a escribir y también es una invitación al puro placer de dejarse arrastrar por historias siniestras o fantásticas”.
Nacido en 1958 en Guatemala, Rey Rosa es un escritor cuyo talento es inversamente proporcional al tamaño de su fama. Un desconocido para el público masivo, se trata sin duda de uno de los narradores más finos, más elegantes, más perfectos de la lengua española de hoy y conversar con él es todo un descubrimiento. Reacio a hablar de más, contesta casi con timidez el teléfono desde su casa en el país centroamericano y al principio cuesta un poco sacarle más de un par de frases, en las que exhibe un cuidado uso del castellano.
La idea era hablar de su último libro, el notable El Material Humano, quizá uno de sus textos más personales y en el que enfrenta de manera más radical el problema de la violencia política en Guatemala (que vivió una guerra interna no declarada entre 1960 y 1996). Citando a Adorno, el autor dice que “uno se siente culpable de tener aire que respirar en este infierno”. La frase, en rigor, puede hacerse extensiva a la historia reciente de muchos países latinoamericanos.
Rey Rosa ha vivido en carne propia las convulsiones políticas del continente –su madre fue secuestrada en los 80– y su nuevo libro intenta descifrar aquella amalgama en la cual es difícil distinguir lo correcto de lo impropio. El escritor comenzó a investigar los archivos de la policía guatemalteca desclasificados en 2005 y la sospecha de que los responsables del plagio podían estar en el que creía su propio bando termina envenenando el ambiente, asemejándolo a esos mundos cerrados de Kafka. Así, el relato deja en el lector la impresión de haberse asomado al abismo.
-El material humano es una mezcla de crónica, diario de vida y denuncia política, pero a la vez afirmas que es una obra de ficción. ¿Cuál fue su origen?
-Nació como una investigación, pero de pronto me di cuenta de que para desarrollarla tenía que convertirla en novela, porque no tenía los elementos para llegar al fondo de las cosas. Empecé a investigar estos Archivos de la policía guatemalteca, descubiertos en 2005. Todo eso es verdad, es literal. En un momento me di cuenta de que había material para un libro de ficción, más que para una crónica. De hecho la persona que me invitó, que me permitió entrar al archivo, me lo había advertido: me dijo que el material allí era tan complejo y delicado que era más conveniente tratarlo como ficción. Tuve que cambiar muchos nombres para no causar más molestias de las necesarias.
-Esta novela es bastante especial en tu trayectoria, porque se enfrenta de manera bien directa y potente a la historia reciente de Guatemala. Mencionas el caso de tu madre, que fue secuestrada. ¿Averiguaron quién estaba detrás del secuestro?
-No. En ese momento era imposible seguir una investigación porque la policía era la primera sospechosa, ya que secuestraba tanto como la guerrilla. Ocurrió en 1981, y era casi un suicidio investigar. No se hacía, porque era como condenar a muerte al rehén.
-¿Cómo viviste esa experiencia tan radical?
-Pues, es algo que no puedes evitar, como si te cortaran una pierna. No es algo que uno esté preparado nunca para saber cómo va a reaccionar, pero hay que sobrevivir. Es una cosa fatal.
-El el libro destaca tu visión sobre el mal en América latina, una especie de laberinto siniestro que se extiende por la sociedad, el Estado, la policía…

Rodrigo Rey Rosa.
Anagrama, 179 páginas. Barcelona, 2009.
-Yo creo que el bien y el mal están entrelazados de una manera que no podemos separarlos, aunque, claro, hay unos que tienden más a un lado que a otro. Es algo tan complejo que creo que es imposible de desentrañar. En esta novela, por ejemplo, aparece el personaje Benedicto Tun, que fue el creador de todo el sistema de seguimientos y espionaje de la policía guatemalteca. Para mí era un caso que podía representar la encarnación del mal; sin embargo, al encontrarme con sus descendientes, descubrí una especie de nobleza o bondad que nunca hubiera imaginado. Pocas veces he estado tan asustado ante un encuentro, cuando descubrí que su hijo vivía y lo llamé por teléfono. Fui con muchísimo miedo a entrevistarme con este hombre y era una de las personas más cultas y decentes que he conocido en el medio abogadil guatemalteco, donde no hay muchas cosas buenas. Yo esperaba encontrar un personaje siniestro, y por el contrario aparece una persona culta, con una formación humanista y una sensibilidad evidentes, que trabajaba en actividades de ayuda a las víctimas del conflicto armado. Una de las experiencias más intensas que saqué de la escritura de este libro sería esa: que escarbando en la realidad no todo es blanco y negro, hay un punto que cuesta mucho dilucidar entre el bien y mal… No es tan fácil saber de qué lado estás jugando en determinado momento.
-¿Se relaciona ese concepto con la obra de Roberto Bolaño, quien ha abordado temas como la oscuridad, el mal en la vida política latinoamericana?
-Pienso que Bolaño es un poco más dualista. En ciertos momentos históricos la gente se tiene que decantar por uno u otro bando. Pero la guerra en Guatemala nunca fue una guerra declarada donde existieran dos grupos, a menos que estuvieras en las líneas de combate. Aquí siempre todo fue muy turbio. Creo que en ese sentido es diferente a lo que plantea Bolaño. Si estás en una guerra abierta ya sabes quién es el enemigo, no sé si eso se traduce en el bien o el mal, pero hay bandos claros. En Guatemala todo es mucho más solapado, complejo. Mi país es un caso particular: si uno analiza, si tira líneas genealógicas de los movimientos, ve que todos están mezclados; la izquierda y la derecha tienen relaciones incestuosas.
-En el libro, siempre hablas de Guatemala como si fuese una mujer difícil, no sabes si quedarte o escapar.
-Para mí de joven era claro que había que irse. Luego volví por curiosidad, cuando hubo una especie de cambio de giro en el país, donde parecía que todo iba normalizarse... pero al poco tiempo volvió a lo mismo de siempre. Para mí en estas decisiones empieza a funcionar la inercia, y creo que me he quedado por inercia y por una curiosidad tal vez literaria. Guatemala es mi material, digamos, y no me hace falta buscar otro afuera.