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Artículo correspondiente al número 267 (11 al 24 de diciembre de 2009)
El autor de El símbolo perdido no necesita de este artículo. O sea, ¿de qué le van servir al hombre que ha vendido millones y millones de ejemplares estas simples reflexiones por las cuales hay que consumir sus libros lo antes posible? Pero igual, por si usted todavía tiene dudas, ahí van. Por Federico Willoughby Olivos.
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Antes que nada, mis descargos: no soy fanático de Dan Brown ni creo que su literatura vaya a salvar el planeta o algo así. Los libros no son para eso; los libros son para leerlos y es ahí donde Brown es inobjetable como autor. El tipo no sólo vende libros sino que logra que la gente lea. Conozco a varias personas que hasta la aparición El código da Vinci llevaban no meses, sino años sin haber abierto un novela y es más: sólo lo hacen cuando sale un nuevo título de este escritor. Y sí, quizá no sea un autor serio, pero leer es bueno, buenas cosas pasan leyendo; por eso, Brown merece mi respeto.
Mejor que turistel: el truco no es nuevo. Rodrigo Fresán lo hizo con Mantra, ese enorme ensayo/libro sobre el D.F. mexicano. Joyce, a un nivel más personal y profundo, con Dublineses y tambien Stieg Larson con su fenomenal trilogía Millenium. Todos ellos estructuran libros en que el entorno, más específicamente la ciudad, es finalmente el gran personaje de la historia. La idea de que el carácter central de las narraciones de Brown -Robert Langdon- sea un tipo que se gana la vida buscando símbolos, especialmente en las ciudades y sus monumentos, no es antojadiza. Todo lo contrario: es la excusa perfecta para generar los giros dramáticos e imprevistos que tanto agasajan a los lectores.
Lectura para el almuerzo: uno de los ganchos de la literatura de Dan Brown es que uno no sólo siente que está siguiendo las intrincadas aventuras de un personaje sino que también está en una clase. Exactamente. Cada una de sus páginas está llena de datos históricos, descripciones místicas y un montón de información que es tan inútil como fascinante. Tan sólo en las primeras páginas de El símbolo perdido podemos aprender cosas como el término “ciencias noéticas”; la idea de que en el fondo los padres fundadores de Estados Unidos eran fanáticos de los símbolos paganos; detalles sobre la logia de los masones y muchos secretos de la ciudad de Washington que vaya que suenan impresionantes cuando uno los menciona.
Ojo, esto es ficción: Dan Brown escribe novelas, no historia. Por eso, por mucho que parezca todo verdad y conecte de una manera fantástica, lo cierto es que un gran porcentaje de lo que escribe es un mentira acomodada para darle ritmo al argumento. Por ejemplo, en El código da Vinci señala que la orden de los Templarios fue creada por el Priorato de Sión, aunque de acuerdo a los registros el responsable fue un noble francés llamado Hugo de Payens, veterano de la primera cruzada. Ese mismo libro establece que el presidente francés François Mitterrand quiso de un modo explícito que en la construcción de la pirámide del Museo del Louvre de París se utilizaran 666 paneles de cristal. Según GlassWeb, la pirámide contiene 603 rombos y 70 triángulos de cristal, lo que en total suponen 673 piezas. Y lo mismo en Angeles y demonios, en que Langdon dice que tanto la comunión como la
idea de un sacrificio que redime los pecados del pueblo provienen de Quetzalcóatl y la cultura
azteca. En realidad, la cultura azteca y el mito de Quetzalcóatl son muy posteriores al inicio del cristianismo y el contacto de los europeos con las civilizaciones mesoamericanas no se da (por lo menos formalmente) hasta mediados del siglo XVI.
Fabuloso pop: hay un valor intrínseco en la literatura de Brown y tiene que ver con su tono entre cinematográfico y pop. Al empezar a leer El código da Vinci uno sabía que el libro tenía que ser película. La estructura de cada capítulo está hecha para la pantalla grande. Cada uno de ellos termina en nudos dramáticos que hacen que uno simplemente no pueda parar de leer. A ese factor hay que sumarle las constantes caricias a la cultura popular que hay en sus textos. Estas van desde menciones a Arthur. C. Clarke (el autor de 2001: odisea en el espacio) a coqueteos con artículos más modernos como el iPhone o la antimateria. De hecho, el propio Brown probó con la música pop y tiene 5 discos editados.
Millones de personas no pueden estar equivocadas: sus primeras novelas apenas vendieron unas 10 mil copias cada una, pero El código da Vinci rompió todo pronóstico. Se publicó en 2003; en su primera semana se encaramó al tope de la lista de best sellers del New York Times y terminó vendiendo un total de 81 millones de copias. Y claro, el éxito de El código da Vinci inició una brownmanía que hizo que sus novelas previas también alcanzaran el estatus de superventas y que él mismo se convirtiera en un prominente hombre de las letras. Porque okay, Dan Brown no es Hemingway ni Coetzee, pero igual la revista Time lo consideró una de las personas más influyentes
del 2005, lo mismo que hizo Forbes, que calculó sus ingresos de ese año en 76 millones de dólares (se estima que hasta ahora solo las ventas de El código da Vinci le han reportado 250 millones). Y con El símbolo perdido mal no le ha ido. En su primer día el libro vendió un millón de ejemplares en Estados Unidos, Inglaterra y Canadá.
Si no puede contra él, únase al club: asúmalo, van a hacer una película de El símbolo perdido (ojala que esta vez, sin Tom Hanks) y Brown va seguir sacando libros. De hecho, el autor anunció que tiene pensados al menos 12 libros más con Robert Langdon como protagonista. Uf. Por lo mismo, si todavía no lo hace, vaya y consiga una copia de El código da Vinci, Angeles y demonios o El símbolo perdido. No le va cambiar la vida, pero seguro que le dará un buen rato de lectura, y eso no es poco.