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Perdidos en la traducción

Artículo correspondiente al número 273 (9 al 23 de abril de 2010)

 

¿Cuánto pierde o gana una obra al ser trasladada a otra lengua? ¿Qué misterios esconde el proceso? Conversamos con escritores y especialistas para descifrar las claves de un tema que despierta grandes controversias. Por Marcelo Soto.

 

 
"No soy de aquellos que místicamente prejuzgan que toda traducción es inferior al original. Muchas veces he comprobado, o he podido sospechar, lo contrario”, decía Borges, quien consideraba al procedimiento de llevar un texto de una lengua a otra un problema indivisible con el “modesto misterio” de las letras. Si bien el escritor argentino pensaba que había obras casi intraducibles como el Ulises de Joyce, citaba el caso de Las mil y una noches, cuya versión resumida por el francés Antoine Galland podía considerarse superior al texto árabe.

La traducción es un tema complejo, que a veces da pie a actitudes grandilocuentes como la de desdeñar todo obra que no sea apreciada en su lengua original, como si el traspaso a otro idioma fuese una traición o un malentendido. “No comento obras de escritores rusos, porque no leo ruso”, decía hace no mucho un crítico local. Al mismo tiempo, el problema da origen a excesos como el de colmar de modismos una obra extranjera, con la idea, graciosamente contraproducente, de hacerla más accesible. ¿A quién no le ha pasado alguna vez que al leer una novela de un autor estadounidense encuentra expresiones que podrían escucharse en un bar de Madrid o de Buenos Aires?

Los traductores, en su afán por acercar un relato a los lectores de otros países, cometen barbaridades como hacer que Holden Caufield, el protagonista de El guardián en el centeno, se llene de palabras como “puñetas”, “tío”, “forrado”, “cacharro” antes de terminar el primer párrafo.

“Hay traducciones españolas horrorosas, son demasiado localistas, creen que el español de ellos es la lengua universal, o editan sólo pensando en España”, dice Marcela Fuentealba, editora de la revista literaria H, quien ha traducido a Samuel Becket y Charles Lamb. “También hay traducciones argentinas con los verbos argentinizados, que son intragables. Por ejemplo, si la acción es protagonizada por punkies de Whitechapel. Pero así como hay algunas que no se pueden leer, hay muchas traducciones españolas muy buenas”.

Matías Rivas, director de Publicaciones de la Universidad Diego Portales, piensa que en Chile y en otros países de la región hay una tradición de buenos traductores, que se ha ido perdiendo debido al desinterés de las casas editoriales. “Hace un tiempo hablé con Ricardo Piglia la idea de hacer una Biblioteca de Traductores Latinoamericanos, para recuperar ese legado. Muchas traducciones españolas terminan pareciendo de otra lengua. En cambio, en Chile existe una tradición nada desdeñable. Por nombrar un caso, Esquilo fue traducido por un cura chileno de manera notable. Otros ejemplos de buenas traducciones son El agente confidencial, de Conrad, traducida por Jorge Edwards y por supuesto la versión de El rey Lear de Shakespeare que hizo Parra. Lo opuesto a lo que compuso Neruda con Romeo y Julieta. Neruda no sabía bien inglés, y lo que hizo fue un mejunje de otras traducciones. Si se lo compara con lo que hizo Parra con Shakespeare, es muy pobre. Hay mucho que desarrollar en este campo. Me encantaría leer a un escritor estadounidense actual traducido por Alberto Fuguet”.

Rivas, que también es un destacado columnista literario, ha empezado a lanzar libros traducidos en Chile a través de Ediciones Universidad Diego Portales. Sin ir más lejos, hace poco publicó una exquisita versión de Vidas breves, de John Aubrey, traducida por Natalia Babarovic y Miriam Heard. “Traducir es un trabajo muy caro, pero te abre mercados afuera. Ediciones Diego Portales ha entrado a España gracias a los libros traducidos; luego puedo entrar con autores chilenos. Pero las editoriales nacionales son flojas. Senilidad, de ItaloSvevo, se publicó en una traducción horrorosa que se hizo en España, habiendo una hecha en Chile hace muchos años que es mucho mejor que la española. Me interesa promover una corriente de traductores chilenos que hagan un aporte”.

Jugando a las comparaciones, Rivas asimila el arte de traducir con hacer una película de cine. “Es un trabajo de equipo. Por eso mismo puede ser más caro que publicar un libro original. Hay traductores profesionales que cobran por palabra y trabajan solos. Pero las traducciones literarias son más complejas, porque participan editores, especialistas, escritores. Por ejemplo, si un poeta chileno traduce a un poeta norteamericano, le pongo al lado un experto en inglés no por desconfianza, sino porque hay detalles de la lengua que al poeta se le pueden escapar, así como ciertas sonoridades o ritmos sólo puede advertirlos un escritor”.

Respecto de la vieja polémica sobre la imposibilidad de la traducción, comenta: “yo no creo en eso de que hay cosas que no se pueden traducir. Los buenos escritores sobreviven a sus traductores. Si un libro escrito en otro idioma te habla como si hubiese sido escrito en español, eso habla de la calidad del libro. Y eso te puede pasar con Richard Yates o con Shakespeare. Ahora vamos a publicar un ensayo, Las cuatro vasijas, de Andrés Claro, un libro de 800 páginas sobre la traducción, que plantea que las traducciones han ido moldeando la cultura. Nosotros usamos muchas frases traducidas de otras lenguas que leímos en libros, como los niños que aprenden cosas de la tele”.



Lo que queda claro es que la labor del traductor es importante; a veces, incluso tan relevante como la del autor. “Cuando la traducción es buena ni te das cuenta que viene de otro idioma; cuando es mala, no se puede leer. A todos nos ha pasado eso de cerrar un libro por la mala traducción. Pero hay autores tan universales que, aunque obviamente pierden, siguen igualmente buenos al ser trasladados a otra lengua: Stevenson es un caso. Lo contrario pasa con Henry James, que es muy difícil, muy complejo en su escritura y en sus temas. El traductor puede ser traidor, obviamente, y también un artista, como el Lear de Parra. Borges era un traductor magnífico y muy libre”, dice Marcela Fuentealba. Y Matías Rivas agrega, medio en broma: “no hay duda de que Borges era un gran traductor, pero se dice que quien hacía las traducciones era su madre. El después las arreglaba. Y quedaban geniales”. Misterios de la lengua.



“Shakespeare es el mayor desafío"
El escritor Jaime Collyer, que tiene una larga trayectoria trasladando obra del ingles al español, revela las particularidades del oficio.

-¿Como ha sido tu experiencia en traducciones?

-Partí en España, el 87. El director editorial de Mondadori-Madrid, Julio Ollero, me encargó traducir una novela acerca de Cristóbal Colón. Fue providencial, la marraqueta bajo el brazo con que llegó al mundo mi hijo, que estaba por entonces dentro de su madre. A mí me encantó la experiencia y nunca más dejé de hacerlas, mientras seguí en España. Era un trabajo solitario y un ejercicio con la palabra, calzaba con mi escasa vocación gregaria y mi vocación literaria. De hecho, he vuelto a hacerlas cada tanto, para Sudamericana, Andrés Bello y el CEP en Chile, y para Seix-Barral en Madrid, cuando estuve de vuelta en 2006. Es un trabajo muy higiénico, relajado y, en España al menos, bien pagado. Se puede vivir de ello si traduces un libro cada dos meses, que era mi ritmo de labor, a razón de unas diez a quince carillas diarias, por las mañanas. Cortázar decía que la traducción de ficciones –yo he traducido ficciones, libros de cocina y lo que me dieran– es un buen ejercicio para un narrador porque debe reescribir en su idioma un argumento que otro autor ya confeccionó. A mí me encantaba traducir ficción, narrativa, novelas, cuentos. Las traducciones que me repateaban eran las de temas científicos o turísticos, que son muy monocordes. Quizás más fáciles para el común de los traductores, pero monocordes, sin gracia. Y por cierto que hay autores más complejos que otros. En el 98 traduje el Otelo de Shakespeare. Es lo más difícil que he hecho: traducir a Shakespeare es el mayor desafío al que un narrador puede enfrentarse. Es un compendio de lenguaje epocal, giros personales, juegos de frases, datografía histórica y referencias cultas, guiños al lector y, además, construcciones sintácticas inimitables, propias sólo de Shakespeare.

-¿Qué te parecen esas traducciones que hacen, sobre todo en España, llenas de modismos?

-No me gusta nada esa propensión eurocéntrica y me parece que distorsiona claramente el producto y las intenciones del autor. Un ejemplo muy nítido de esa clase de errores lo dio Camilo José Cela cuando le encargaron traducir los subtítulos de la película Lenny de Bob Fosse. El Lenny Bruce de Cela resultó como un stand up comedian yanqui en una tasca madrileña de la posguerra civil, un asco, estropeó por completo la labor de Bruce. Pero hay cosas muy buenas que también se hacen en España. La versión de Lolita en Anagrama es muy lograda y no era fácil. También, las traducciones de Henry Miller que ha hecho Carlos Manzano. Las traducciones de Kundera, hechas del checo, son de lo mejor y no pecan de esa adhesión malsana al coloquialismo del momento, como hacía Cela.

-¿Qué importancia tiene para un autor que su obra sea traducida a otra lengua?

-En el 96 me tradujeron Gente al acecho al inglés, en EE.UU. y ello posibilitó por sí mismo que fuera recepcionado en el New York Times y una muy buena reseña crítica en el suplemento dominical del diario. Fue un espaldarazo irremplazable. Entiendo que la academia sueca, cuando considera autores de otras lenguas aparte del sueco, suele examinar las versiones en inglés de esos autores. Así que la importancia del inglés es indispensable si uno quiere ganarse el Nobel.

-Pensando en el reciente éxito de Bolaño, ¿por qué crees que es tan difícil entrar en EEUU para un autor no inglés?

-Es una cuestión de porcentajes. El 3% de todo lo que se publica anualmente en EE.UU., entiéndase el 3% apenas, son traducciones, autores de otras lenguas. En ese 3% están García Márquez y Kundera, y todos los demás. Es muy difícil posicionarse en ese mercado, lo de Bolaño es una hazaña mayor, posmortem, posiblemente influida por una muy buena labor de su agente literario y, desde luego, porque Bolaño es un genio. Los genios siempre llegan, aunque sea después de muertos.

-¿Se puede vivir de las traducciones?


-Se puede y hasta se puede alimentar con infinita dignidad a un hijo recién nacido en un país europeo. Hay unas tarifas más o menos fijas en el mercado editorial, al menos en el español o el argentino, que te permiten planificar tu rendimiento y tus ingresos. En el 2006 eran, si mal no recuerdo, unos 15 a 20 euros por página. Haciendo diez carillas diarias de lunes a viernes, se podía llegar a ganar una suma razonable; para el alquiler, la comida, y para financiar la media jornada que debía dejarme libre para escribir mis propias cosas.


"Bolaño cambió la noción de la literatura latina en EEUU”

Natasha Wimmer, traductora de Los detectives salvajes y 2666 al ingles, habla de las razones del exito del escritor chileno en el mercado norteamericano.

-¿Cómo fue tu primer acercamiento con Bolaño y cuáles fueron las principales dificultades del proceso de traducirlo?

-La primera vez que leí a Bolaño (la novela, por cierto, era Los detectives salvajes), estaba completamente maravillada. La leí casi de un tirón. La principal dificultad de la primera traducción (también de Los detectives) era captar el ritmo muy variado de las frases. Al principio intenté buscar alguna lógica, pero al final me dí cuenta de que Bolaño tenía un ritmo muy suyo, orgánico y anti-retórico.

-¿Cuán difícil es para un autor que no escribe en ingles entrar en el mercado norteamericano?

-No creo que sea imposible, y Bolaño es un caso ejemplar. Pero la corriente —por lo menos hoy en día—fluye en la otra dirección: o sea, el resto del mundo siente la necesidad o el deseo de leer los libros traducidos del inglés, y en los Estados Unidos se siente menos urgencia por leer la literatura de otros países. Hay muchísimas razones para que sea así, pero no creo que dure para siempre, y mientras tanto hay muchas casas editoriales que luchan para sacar libros en traducción aunque ganen poco con la empresa. Y de vez en cuando—como en el caso de Bolaño—aparece algo que tiene una resonancia inesperada. -¿Cómo describirías el impacto que ha logrado Bolaño en EEUU y a qué crees que se debe su atractivo para el lector y los críticos de ese país? -Citaré a Bolaño y diré que su obra, como pocas, sobrevive a la traducción y los traductores, y en el proceso se revela como “algo… capaz de hablar a todos los seres humanos… no una bandada de pájaros sino el Ruiseñor.” Y si esto resulta demasiado poético, también creo que Bolaño capta un sentido de inseguridad y temor que refleja los vagos temores e inseguridades del público norteamericano en estos años.

-¿Es comparable la fama de Bolaño con la de otros autores latinoamericanos como García Márquez, Borges, Neruda o Vargas Llosa en USA? ¿Qué prejuicios tiene el lector estadounidense sobre la literatura latina?


-Creo que sí es comparable, aunque tenemos que esperar hasta que pase más tiempo para esta seguros. Si el lector estadounidense tenía algún prejuicio o preconcepción para con la literatura latina (o sea, que la literatura latina es todo realismo mágico y poemas de amor), creo que esa noción ha cambiado un poco desde la llegada de Bolaño. -¿Qué otros autores has traducido? ¿Existen grados de dificultad mayores o menores en unos u otros? -He traducido también a Pedro Juan Gutiérrez, Gabriel Zaid, Laura Restrepo y Mario Vargas Llosa, entre otros. Todos tienen sus dificultades particulares, pero en general lo más difícil son el lenguaje coloquial y la jerga, y por eso tuve bastantes dificultades con Gutiérrez y Restrepo, y también con el Bolaño de algunas partes de Los detectives salvajes.

-¿Tienes más proyectos relacionados con Bolaño?

-En este momento, acabo de terminar con la traducción de otro libro: Entre paréntesis, colección de sus ensayos y discursos. Y parece que también voy a traducir la novela El Tercer Reich–; o sea que ¡el proyecto Bolaño continúa!

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Comentarios

3 Comentarios

John Nadie :

Publicado Martes 9 de Noviembre, 2010 - 11:29 hrs

Cada vez que leo estos comentarios de traductores exitosos me baja una tremenda depresión, porque me siento injustamente discriminado. Yo soy bueno en lo que hago, probablemente no soy de los mejores, pero mi trabajo está lejos de ser mediocre. Tengo acreditaciones que lo avalan y tengo la disposición de enfrentar cualquier prueba. Pero Chile es un país corrupto y mediocre, donde no hay oportunidades. Los trabajos de calidad (donde el objetivo es la calidad) están plagados de apitutados que se esconden tras las redes sociales para impedir el acceso a la competencia calificada, y los demás trabajos son demandados por oferentes ignorantes que confunden un traductor con una máquina o con un digitador. Después de meses sin trabajo, me van y vienen pensamientos suicidas, porque no hay salida. Haga lo que haga no hay respuestas. Bajo los precios: "debe ser malo". Subo los precios: "no sea fresco". 
Hasta donde puede uno soportar. Acaso debe uno hacer una marcha solitaria frente a La Moneda o vender cuchuflies en una micro, para que a alguién le de lástima. Pero yo no busco lástima, tengo mucho orgullo para eso, yo sé lo que valgo, y busco que se me juzgue por eso, ni más ni menos. Yo no busco preferencias sobre otros, sino demostrar de que soy capaz y recibir la retribución justa por eso. Pero en esta cagá de país eso no se dá.

Raúl Prado Baldratti :

Publicado Domingo 8 de Agosto, 2010 - 15:50 hrs

¡Traduttore, traditore! 
 
Respecto a traducción de textos técnicos, siempre es necesario contar con amplia cultura general, experiencia y capacitación específica en el tema. 
 
Ejemplo: es típica la traducción hecha por una persona sin conocimiento del programa para computador Excel - electronic spreadsheet, como "hoja de dispersión electrónica", en vez de hoja de cálculo o planilla electrónica...

Daniel Castillo Apolonio :

Publicado Martes 13 de Abril, 2010 - 10:11 hrs

Aplaudo la labor realizada por los buenos traductores, pues no es tarea fácil, dado que al aprender una lengua distinta a la materna, es fácil comprobar que hay expresiones que pierden su sensibilidad original al pasar de un idioma a otro, también hay incentivos en esta época de caer en la trampa de hacer todo contra reloj, lo cual implica ganar velocidad muchas veces en desmedro de la calidad, para esto es más cómodo utilizar jergas locales que buscar palabras y expresiones que las pueda comprender una persona de un idioma en cualquier parte del mundo, esto al final atenta contra la difusión del autor.

 
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