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Artículo correspondiente al número 270 (26 de febrero al 11 de marzo de 2010)
A 20 años del despegue del boom literario de los 90, Jaime Collyer recuerda su rol clave como editor e impulsor del movimiento. “En esa labor descubrí que los escritores son seres abyectos y despreciables”, afirma el autor, quien habla además de sus últimos proyectos literarios. Por Marcelo Soto; fotos, Verónica Ortiz
Jaime Collyer viene de vuelta. Si en los 90 proclamó la existencia de la Nueva Narrativa chilena y demandó “todo el poder” para los autores de su generación, hoy dice detestar la figuración literaria y su feria de vanidades. “Dejé de comprar la pomada”, declara en su casa de soltero en Ñuñoa, donde lleva dos años afincado, luego de una frustrante experiencia en Madrid. Su ideal de vida es ahora Charlie Harper, el relajado protagonista de Two and a half men.
No compra diarios y se mantiene informado apenas con los titulares de las radios en las mañanas. Critica la cultura digital que llama “tecnotrónica” y descarta de forma tajante el uso de twitter o facebook. “Las redes sociales de internet son un arma de doble filo. Estás completamento solo frente a la pantalla, con miles de amigos o seguidores, viviendo experiencias falsas. Una sociabilidad que no es real. Como decía un columnista de The Guardian, ¿qué tenía de malo la vieja taberna?”
Quizás el último intento de Collyer por asumir un rol de escritor globalizado haya sido hace un par de años, cuando se desprendió de todo –incluido su cargo de director de la carrera de Literatura en la Diego Portales– y se fue a la capital de España, con la idea de pasar la mitad del año allá y el resto del tiempo en Chile.
Arrendó un departamento minúsculo cerca de la plaza de toros de Ventas, confiado en trabajar como traductor, dedicarse a escribir y de alguna forma recuperar la intensidad de sus días de juventud, tal como recordaba la época en que vivió en la metrópolis hispana en plena movida de los 80. “Pero me sentí más solo que nunca. Todos mis amigos se habían ido. El Madrid que conocí ya no existía. En vez de estar inmerso en la vida de la gran ciudad, pasaba en mi escritorio o en bares, sin hablar con nadie”, admite.
Debió volver a Chile a la casa de su madre. Fue un golpe duro, del que se recuperó gracias a un consejo de su ex esposa: “cómprate una casa”. Fue así como llegó a su actual residencia, que estaba casi en ruinas y hoy luce austera. “Me he desconectado del glamour, del exceso de información y es lo más saludable que hay. Desintoxicante. Santiago es un escenario muy provinciano, muy isleño. Llevamos dos días con Beyoncé en las portadas de los diarios. En un país serio ocuparía un recuadro en las páginas interiores, pero aquí es noticia de primera plana”.
Le ha hecho bien a Collyer esta pausa, bajarse del tren. Se le nota tranquilo, medianamente satisfecho, consciente de sus limitaciones y logros. Sin expectativas desproporcionadas; ajeno al circo. Su último libro, La fidelidad presunta de las partes, habla de la buena salud por la que pasa su narrativa. Es una novela corrosiva sobre la deslealtad, tanto personal como política, que campea por estos días. En sus mejores momentos recuerda a los relatos satíricos de Evelyn Waugh.
“Tiene que ver con el filtro inglés de la realidad, a mí esa opción me identifica, está en McEwan, en William Boyd, en Graham Greene”, explica. “Hay temas que son de cierta gravedad que en América latina se abordan de manera solemne, y que en el mundo inglés son abordados con una distancia irónica. Creo mucho en esa idea de Borges que dice que una situación dramática aumenta en intensidad cuando se crea una distancia”.
En la novela de Collyer aparece una visión sarcástica del papel del escritor, una figura un poco patética sin mucho talento, que goza de su pequeña fama, pero al que las cosas no le resultan. ¿Es una alusión personal? “Sí. Creo que tiene que ver con el hecho de ser un escritor chileno. Hay un momento en que me lo tomé muy en serio, me pareció que se podía generar una obra trascendente, pero ahora no: me parece que la fama literaria es una chacota. Los escritores se viven con una cierta solemnidad, como decisivos. Sin embargo, al gran poder no le importa nada lo que digan o hagan los escritores”.
El autor de Gente al acecho acaba de terminar una nueva obra, sin título aún, que ya está en manos de su agente. “Es la historia de un meteorólogo que está destinado a un observatorio en la cordillera, y el tipo descubre una noche a través del telescopio un estallido en el cielo. A partir de ahí inicia una especulación, pero nadie más lo ha visto y sobre la marcha se le va descomponiendo el escenario: es un viaje a la locura personal provocado por el aislamiento”.
-Por estos días se cumplen 20 años de los primeros indicios de la Nueva Narrativa. En 1989, publicaste El infiltrado en España. Sobredosis de Fuguet aparece en 1990. ¿Qué papel jugaste en la gestación del fenómeno?
-Volví a Chile el 90, y el 91 me contactó Bartolo Ortiz, gerente comercial de Planeta y me propuso que me hiciera cargo de la edición. Se formó una tríada que fue muy eficaz: lo que hizo Bartolo en las ventas, Marcela Gatica en la prensa y yo en la producción de libros. Fue una troika, juntos éramos dinamita. Las cifras de venta estaban estancadas y Planeta estaba dedicada a reimprimir títulos que venían de España. Por ejemplo: Caballo de Troya, de JJ Benítez, y eso salía muy caro, porque había que pagar royalties a la casa matriz de España. Una editorial que no publica autores nacionales deja de ser una editorial, empieza a funcionar como una imprenta. El encargo tácito era buscar autores locales, y no me costó mucho, porque yo conocía la labor de mis colegas, llevábamos 17 años esperando una chance, trabajando en los talleres, bajo cuerda. Yo sabía que había muy buenos títulos inéditos dando vueltas, y entonces me dediqué a explorar esas posibilidades. Yo creo que un editor tiene que ser un espécimen alfa, tiene que ejercer un liderazgo espontáneo y aglutinar a su generación o a un grupo de autores. Creo que hace falta eso hoy en Chile. En la Nueva Narrativa hubo un factor aglutinador.

-¿Había cosas en el aire que anticipaban la explosión que vino después?
-Carlos Franz había publicado Santiago Cero; Diego Muñoz y Ramón Díaz venían auto editándose; Gonzalo Contreras había publicado un libro de cuentos, La danza ejecutada; estaban ahí los genes de la nueva narrativa. Marco Antonio de La Parra tenía una novela inédita que llegó a mis manos, que fue Cuerpos prohibidos; y ese fue uno de los primeros títulos que aparecieron, y ahí se empezó a armar el movimiento. Yo creo que el gran acontecimiento fue La ciudad anterior, de Contreras, ese fue el momento en que el fenómeno agarró vuelo. Había ganado el premio de Revista de Libros de El Mercurio, yo la contraté de inmediato. También publicamos Mala onda, de Fuguet.
-¿Cómo se bautizó la corriente? ¿Dirías que fue un movimiento explosivo o se planeó de algún modo?
-Entiendo que el término en sí apareció en boca de Diego Muñoz y Ramón Díaz en antologías o bien en boca de De la Parra en algún artículo, pero no prendió. Cuando yo escribí una columna, hoy célebre, en la revista APSI en 1992, utilicé el rótulo y se generalizó. Ese acto fue deliberado. Fue casi un truco publicitario.
-¿Lo hiciste con un afán polémico de levantar una escuela?
-Sí, claro. Rafael Otano era el editor de APSI y lo conversé con él. “Tengo ganas de armar algo, me parece que todo está muy estancado, muy anquilosado, no hay energía y hay gente que está publicando, hay que hacer algo para que se instalen, para convocar al lector”, le dije. Escribí la columna, muy rápido, era una columna bien insustancial. Era un manifiesto bélico, de ahí el título Casus belli. Estaba escrito en la tradición marxista. Por algo decía al final “todo el poder para nosotros”, que es lo que decía Lenin.
-¿Ahí te planteas en contra de la generación anterior, la de José Donoso?
-Había dos factores o poderes fácticos que me resultaban particularmente irritantes: uno era el frente que configuraban Donoso y su esposa, la dupla de gurúes dedocráticos, que asignaba destinos o futuros literarios. Me pareció que estaban haciendo cosas impresentables. Por ejemplo, Pilar Donoso proclamó a Leonardo Gaggero como una de las figuras en ciernes.
-Nunca más se supo de él…
-Y con toda razón, justificadamente. El otro factor era Ignacio Valente, el crítico todopoderoso en la Revista de Libros, de El Mercurio, que estaba distorsionando, sesgando el fenómeno por razones doctrinarias. Me parecía que eran dos factores nefastos. Yo venía de España, donde viví diez años en un momento de gran efervescencia, de liberación total en Madrid. Entonces, llegar a este lugar donde todo seguía atado, muy bien controlado, con todo el mundo haciendo reverencias y genuflexiones a los poderes fácticos, o sea a Donoso y a Valente, me pareció intragable. Un crítico no puede ser tan protagónico como para que se le considere el factor decisivo. El crítico es un elemento secundario, más bien una caja de resonancia. Ese es un mal de Chile: esta es una cultura autoritaria, donde esas voces secundarias se convierten en protagónicas.