Panoramas "La nueva narrativa fue un fenómeno único"
Artículo correspondiente al número 270 (26 de febrero al 11 de marzo de 2010)
Página 2 de 2
-Estuviste poco más de un año como editor, ¿por qué renunciaste?
-No tenía mucha vocación de editor, y el fenómeno ya estaba armado. Además de Contreras y Fuguet, publiqué a Arturo Fontaine; Diamela Eltit. Cosas de Darío Oses y Sergio Gómez que dejé seleccionadas. Al cabo de año y medio me fui, no me sentía cómodo en el papel de editor, yo soy un escritor. Me ha tocado estar en cargos directivos, en Planeta y en la escuela de Literatura de la Diego Portales y nunca me ha gustado mucho. Me siento mejor en otro ámbito más solitario. Estar del otro lado del escritorio y ser editor era un horror, allí descubrí que los escritores son seres abyectos y despreciables, narcisistas. Muy frágiles en lo emocional, rastreros. No tengo un gran concepto de ellos, pero algunos son buena gente. Por cierto, me incluyo en esos defectos.
-Carlos Orellana, que te sucedió en Planeta, escribió un libro de memorias sobre su trabajo como editor y fue bien duro con los autores. De ti, decía que pasabas de la simpatía absoluta a la furia…
-Sí, que era una especie de neurótico explosivo. Y parece que sigo siendo así. El libro de Carlos, que es muy exacto y puntilloso en lo que dice, me pareció un poco lastimero, muy leal en los datos pero un poco auto absolutorio. Da la sensación de que él fue un modelo de rectitud y de que se quedó al margen de todas las manipulaciones a las que fue sometido por parte de los escritores. Y ese tonito me pateó un poco.
-Orellana hablaba de la vanidad de Fuguet.
-No creo que sea el más vanidoso. Hay otros mucho más vanidosos. En general creo que los escritores son egos hipertrofiados, en un escenario donde no hay mucha salida para sus textos, donde nadie se hace millonario con la escritura, donde compiten todos por una torta muy pequeña, donde están todos pugnando por ser trasnacionalizados y conocidos en el exterior y patéticamente esperan que sus novelas se conviertan en películas de Hollywood, y eso no ocurre.
-¿La nueva narrativa fue una época de fiesta para los autores locales?
-A pesar de lo que digo sobre Valente, El Mercurio apoyó muchísimo la movida, y esa fue labor de Marcela Gatica, que consiguió ahí una caja de resonancia. El Mercurio tuvo el buen ojo de advertir que esto iba a movilizar el escenario editorial, porque se vio rápidamente con los libros de Fuguet, Fontaine y Contreras, que las cifras de venta se disparaban, 20 mil, 40 mil ejemplares. Y era un fenómeno de ventas que se traducía en fenómeno sociológico: en el verano siguiente todo el mundo estaba leyendo esos libros en las playas de Chile. Había un fermento que lo capitalizamos en el momento preciso. Fuguet dijo: “estuvimos en el momento justo cuando había que estar”. Yo creo que sí. También había buenas cosas. Siempre he creído que La ciudad anterior es una buena novela. No todo el mundo está de acuerdo, pero fue lo mejor que leí en esos años. Se publicó mucha morralla también.
Confesiones
“El Premio Nacional es una joroba. Te sirve para pagar los cigarrillos y las cuentas de luz por el resto de tu vida. No tengo candidato”.
“Es vergonzoso ver a los escritores llamando al comando de Piñera para anotarse o dar apoyos de ultima hora. Distinto el caso de Roberto Ampuero, quien hizo una opcion hace dos años y fue muy congruente”.
“Cada vez que me toca acercarme a una vaca sagrada, me entra la timidez. Cuando vino McEwan no fui a verlo. Me provoca una especie de terror”.
-Al rato el boom se desinfló y se comenzó a criticarlo, se dijo que era un invento, que era mediocre, falso, etc.
-Es curioso, yo creo que fui el único que proclamó su existencia, que decía que había algo, que era relevante, y que era mucho más que un fenómeno de mercadotecnia. Pero era el único que lo decía. Hasta Carlos Orellana proclamaba que era un invento, que era una curiosa forma de barrer contra la propia casa: ¡un editor que proclama que sus autores son un invento! Yo creí firmemente en el fenómeno y todavía creo. Es evidente que hubo algo. Nunca había pasado nada parecido en Chile, hay que asumir de una vez por todas que ese fenómeno fue único. Nunca había habido en Chile libros como los que se hicieron en esa época, tantos libros al año, y que vendieran tantos ejemplares y con un aparato crítico que los recepcionaba. Fue un momento de profesionalización post Pinochet, y después de eso se inició el proceso de corrosión del fenómeno: por una parte, los académicos seriotes que decían que esto no era lo fundamental, que había autores mucho mejores, Diamela Eltit, etc. Luego también salieron los editores que hicieron drenar la vaca lechera hasta el límite y empezaron a focalizarse en gente que vendía, Marcela Serrano, Roberto Ampuero, Hernán Rivera Letelier. Entonces, entre esas dos polaridades, los académicos seriotes que querían literatura minoritaria y exquisita, y los editores que querían más vacas lecheras que dieran mucha más leche, quedaron al medio los escritores del comienzo que se fueron desinflando y se convirtieron en lo que son hoy, unos escritores más o menos instalados pero que venden dos mil o tres mil ejemplares. Y algunos de ellos incluso se fueron para la casa y dejaron de escribir.
-El nivel de exigencia para publicar también bajó.
-Carlos Orellana publicó gente como Carlos Cerda o José Miguel Varas, que son bien excepcionales, pero no dieron los mismos resultados. El fenómeno había caído en una zona de oscuridad comercial. Se colaron algunos nombres que parecían escritores emergentes y probablemente eran amigos de Carlos y que no dieron ningún resultado y eran muy malos, como José Rodríguez Elizondo, que no tenía nada que hacer.
-El desgaste de la nueva narrativa coincidió con la llegada de Bolaño.
-Bolaño subió la vara, reformateó las cosas. Bolaño se empieza a conocer a partir del 96. Por ende ese emplazamiento que se nos hace a quienes fuimos editores, que Bolaño fue ignorado por nosotros, no es así. Bolaño estaba encerrado en su casa escribiendo y lanzó su obra después. Era imposible que fuera parte del fenómeno porque no se sabía que existía. Cuando aparece Bolaño, coincide con los dos factores tensionando el fenómeno: los académicos serios y los editores mercanchifles, y al centro queda una gente que deja de constituir una novedad. Por otro lado, pasa mucho eso en Chile, los fenómenos se funden rápidamente y Bolaño con su calidad intrínseca revitaliza el escenario por sí solo. Como un fenómeno aislado.
-¿Supiste de Bolaño cuando ambos vivían en España?
-No. Pero hay un derrotero paralelo. Los dos participábamos en concursos literarios, pero no nos conocimos. Lo vine a conocer cuando estuvo en Chile a fines de 1997, cuando dejó a todo el mundo muy crispado. Nos topamos por azar en una cafetería y hablamos de fútbol; él era del Barça yo del Real Madrid. Eso fue todo lo que hablamos. Nadie nos presentó, estábamos incómodos. Ahí me di cuenta de que era un individuo tímido, igual que yo. Bolaño siempre me gustó mucho, y cuando murió ocurrió esto mismo que pasa con Piñera, después que ganó todos son piñeristas, liberales. Con Bolaño también pasó que cuando se murió todos eran bolañistas y lo habían leído. Y todos era partidarios de este autor de verdad y no de esas bazofias de la Nueva Narrativa. Pero es falso. Algunos de estos bolañistas de última hora están en la Universidad Diego Portales y yo los escuché en los pasillos denostar a Bolaño. Lo criticaban sistemáticamente. Y murió Bolaño y eran bolañistas rabiosos.
Hitos de un fenómeno explosivo
1989 En España, Jaime Collyer publica El infiltrado. En Chile, Carlos Franz lanza Santiago Cero.
1990 Se edita la colección de relatos Sobredosis de Alberto Fuguet, que se transforma en éxito de ventas.
1991 Collyer asume como editor en Planeta y publica La ciudad anterior, de Gonzalo Contreras y Mala onda, de Fuguet. Ambas se empinan en las listas de best sellers y venden 30 mil a 40 mil ejemplares. Marcela Serrano inicia su exitosa carrera literaria con Nosotras que nos queremos tanto.
1992 Arturo Fontaine publica Oír su voz, que pasa 39 semanas en los ránkings de venta. Collyer escribe en revista APSI una columna en que proclama el valor de la nueva narrativa chilena y llama a desbancar a la vieja guardia.
1993 Roberto Ampuero gana el premio Revista de Libros con ¿Quién mató a Cristián Kunstermann?
1994 Hernán Rivera Letelier publica La reina Isabel cantaba rancheras.
1997 El ensayo y la crónica ganan terreno entre las preferencias de los lectores, desplazando a la ficción. En un seminario, Fuguet dice que la nueva narrativa estaría “en decadencia”. Roberto Bolaño visita Chile y critica la escena literaria nacional, en especial a Diamela Eltit y José Donoso, a cuyos discípulos llama “donositos”.
1999 La tercera novela de Gonzalo Contreras, El gran mal, no alcanza la repercusión esperada. Lo mismo pasa con Cuando éramos inmortales, de Arturo Fontaine. Se comienza a hablar del desplome de la nueva narrativa.