Una encuesta de los años 80 reveló que solo la Biblia ha tenido mayor ascendiente en la vida de los norteamericanos que las novelas de Ayn Rand, la superventas literaria, defensora a ultranza del mercado, que ha trascendido fronteras defendiendo las bondades del egoísmo y una crítica mirada hacia la masa que vive de los impuestos que pagan otros. Por Renato Cristi.
Pregunta: ¿qué tienen en común Hugh Hefner, Farrah Fawcett, Ted Turner, Alan Greenspan y Angelina Jolie? Respuesta: Ayn Rand. En la vida de todos ellos ha tenido gran influencia “Santa Ayn”, como la canonizó en 1967 el National Review, principal semanario del conservantismo en Estados Unidos. Aparte de numerosos ensayos políticos y filosóficos, artículos de prensa y libretos cinematográficos, Rand escribió dos espectaculares novelas: El manantial (1943) y La rebelión de Atlas (1957). A pesar de su dudosa calidad literaria, han tenido un enorme éxito de ventas. En Estados Unidos vende cientos de miles de ejemplares cada año.

Más notable aún es su sostenido impacto cultural. Una encuesta de los años 80 reveló que sólo la Biblia ha tenido mayor ascendiente en la vida de los norteamericanos. En la actualidad, la retórica de la oposición republicana al gobierno de Obama, particularmente la del Tea Party, ha girado en torno a una idea central según la cual la sociedad se divide en dos clases: la sacrificada elite creadora de riqueza y la gran masa indolente que explota ese talento empresarial por medio de impuestos y programas sociales redistributivos. La autora de esa idea es Rand.
Jennifer Burns, historiadora de la Universidad de Virginia, ha publicado Goddess of the market: Ayn Rand and the american right (Oxford University Press, 2009). Se trata de una biografía intelectual de extraordinario rigor teórico y cuya oportunidad histórica es innegable.
Alisa Rosenbaum –el verdadero nombre de esta heroína– nace en San Petersburgo en 1905. Su familia es judía y de clase media. Realiza estudios universitarios en la universidad estatal de Leningrado, donde cursa estudios de pedagogía social marxista. Al graduarse se matricula en el instituto estatal de cine y en dos años ve un total de 164 películas. En 1926, su familia la envía a casa de parientes en Chicago, donde inventa su nuevo nombre, y luego se traslada a Hollywood. Allí conoce accidentalmente a Cecil B. de Mille y, gracias a su patrocinio, se inicia como guionista en la industria cinematográfica.
En la Unión Soviética había leído a Nietzsche, en quien ve al mejor antídoto contra el aborrecido socialismo. El primer libro que adquiere en Hollywood es Así habló Zaratustra, del que febrilmente absorbe lo que percibe como una celebración de la auto-creatividad, del ateísmo y de las bondades del egoísmo.
En 1932 vota por Roosevelt porque promete abolir la Prohibición. Pero ya en 1936 lo percibe como a un socialista, y esto la impulsa a escribir una novela que pueda encender una mística en pro de la moral capitalista y del individualismo posesivo. En notas personales de la época explica: “el propósito principal del libro es una defensa del egoísmo en su real significado, el egoísmo como una nueva fe”.
Aparte de Nietzsche, su proyecto épico se inspira en sus lecturas de Spengler, Ortega y Gasset y Mencken. Su favorito es Mencken, quien es el primero en identificarse como libertario y se convierte en uno de los principales adversarios intelectuales del New Deal. En 1940, Rand participa activamente en la fracasada candidatura presidencial del republicano Wendell Wilkie.
Fenómeno de ventas

El manantial aparece en 1943 y, aunque los críticos lo crucifican, se convierte en un instantáneo éxito lo de librería. Vende 100.000 ejemplares en un año. Su protagonista, Howard Roark, es el heroico arquitecto que lucha por la integridad de su obra frente a un estado colectivista que pretende alterar su proyecto original para satisfacer el bienestar social de las masas. Roark defiende sus decisiones alegando que sus derechos creativos se sobreponen al derecho de la colectividad. Para Roark, “la integridad del trabajo creativo de un hombre es más importante que cualquier esfuerzo caritativo”. En 1949, El manantial se filma en Hollywood con Gary Cooper como Roark.
Su segunda novela, La rebelión de Atlas, profundiza su ataque al altruismo, que identifica con el ethos cristiano, y defiende la idea de un capitalismo no regulado. La redistribución es perjudicial para la economía, pero además es inmoral en cuanto constituye un hurto contra los ricos. Ludwig von Mises le envía un fervoroso encomio: “ha tenido usted el coraje de decirles a las masas lo que ningún político les ha dicho: son ustedes inferiores, y cualquier alivio en su condición, que dan por sentado, se lo deben al esfuerzo de hombres mejores que ustedes”.
El momento estelar de su vida es la invitación que recibe de Gerald Ford para asistir, en la Oficina Oval, al juramento de su discípulo más distinguido, Alan Greenspan, como presidente del Consejo Económico. Su muerte en 1982 la libra de lo que habría sido su momento más oscuro: en medio de la crisis financiera de 2008, Greenspan reconoce ante el Congreso americano, que “había un error en su ideología”.
Pero ya antes, a partir de 1986, la reputación personal de Rand sufre gran daño por revelaciones acerca de su adicción a las anfetaminas, una deficiente higiene personal y un intenso affaire con Nathanel Branden, su colaborador más cercano y veinticinco años menor que ella. Lo escabroso del caso es que, a la fuerza, tanto su marido como la mujer de Branden consienten el adulterio.
Sus críticos han puesto en duda la explicación que dio respecto a su meteórica carrera artística: “no recibí ayuda de nadie, y nunca pensé que alguien debía ayudarme”. Su narcisismo no le permitió reconocer la deuda que contrajo con su familia en Chicago. Tampoco reconoció la educación gratuita que recibió en la Unión Soviética ni el acceso universitario que facilitaron los bolcheviques a mujeres y judíos. Sin el subsidio de instituciones estatales creadas bajo el auspicio New Deal, no habría podido subsistir como autora durante los difíciles años de la depresión en Estados Unidos.
La rebelión de Atlas fue reeditada en 2003 en Argentina y ha vendido más de veinte mil ejemplares. En Chile es probable que nuestra cultura de la solidaridad erija un cordón sanitario en torno a su obra.