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Artículo correspondiente al número 258 (7 al 20 de agosto de 2009)
Javier Cercas revisa el golpe de Estado de 1981 en España y, de paso, reivindica la política como una actividad en la que hay que traicionar el pasado para ser leal al presente. Un texto admirable. Por Marcelo Soto.
Una verdadera hazaña es la que ha hecho Javier Cercas al reconstruir el golpe de estado del 23 de febrero de 1981 en Madrid en su libro Anatomía de un instante. Que quede claro: no se trata de una novela de no ficción al estilo de Capote ni de un reportaje de nuevo periodismo en la senda de Wolfe. No. Es algo mucho más complejo: una especie de ensayo mezclado con crónica, con un toque de memorias y mucho de reflexión política, construido como si fuese un relato orquestal, una suerte de sinfonía o drama shakesperiano.
Sin apartarse un ápice de la búsqueda de la verdad –todo en el libro está documentado y cada frase ajena o punto de vista indica su fuente al final del texto-, Cercas centra la historia en tres personajes, tres caracteres que sintetizan los dramas, contradicciones y pecados envueltos en la transición española desde la dictadura franquista a una monarquía parlamentaria.
El autor, como buen novelista, ve lo que los historiadores pasan de alto: esos aspectos de la realidad que superan la ficción, las imágenes del pasado, las motivaciones insospechadas y los anhelos frustrados que se esconden en cada gesto de los protagonistas del llamado 23-F, un suceso que a punto estuvo de arruinar la naciente democracia española, si bien no faltan las voces que señalan que el golpe, pese a fracasar, consiguió buena parte de sus objetivos (calmar las demandas independentistas, fortalecer la monarquía y avanzar a una guerra total contra el terrorismo).
Ese día, los diputados debían votar por el sucesor de Adolfo Suárez a la presidencia, quien había dimitido debido al caos político y la pésima situación económica en que se encontraba el país. Poco antes de las siete de la tarde irrumpió en el Congreso el teniente coronel Tejero, junto a un grupo de efectivos armados. A punta de balazos, ordenó a los parlamentarios tirarse al suelo. Todos los representantes hicieron caso –entre otros, Felipe González, líder de los socialistas, y Manuel Fraga, cacique de la derecha–.
![]() Anatomía de un instante.
Javier Cercas. 463 páginas. Mondadori. Barcelona, 2009. |
Todos, salvo tres personajes, a quienes Cercas, siguiendo a Weber, llama “héroes de la retirada”: el mismo Suárez; su vicepresidente, el general Gutiérrez Mellado, y Santiago Carrillo, jerarca del Partido Comunista. Había razones para estar asustado y desobedecer podía ser una invitación a la masacre, pero estos tres hombres que, como dice el autor, estaban políticamente muertos y humanamente rotos, decidieron mantenerse en sus puestos y darles cara a los golpistas.
Por varias razones. Porque no tenían nada que perder (los tres habían sido calificados de traidores en sus respectivos sectores; los tres eran prácticamente cadáveres políticos o se aprontaban a serlo), pero sobre todo –según Cercas- porque en ese instante se encontraron a sí mismos, expiaron sus culpas, se salvaron y de ese modo salvaron al país. Tal como dice Borges, “cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”.
El autor de Soldados de Salamina reconstruye cada minuto de las 17 horas y media que duró el golpe, desde la irrupción de Tejero hasta la rendición, luego de que el rey Juan Carlos condenara la acción. La intentona, organizada por el general Armada, –con una que otra ayuda de los servicios de inteligencia y un apoyo mayoritario de los principales capitanes del ejército, que al final echaron pie atrás– estuvo llena, y todavía contiene, zonas oscuras, sospechas que no han podido probarse, apoyos en la sombra, volteretas y zancadillas.
Para empezar, sostiene el narrador, en ese tiempo casi toda España estaba buscando una solución más o menos forzada y más o menos ajena al reglamento constitucional para salir del pantano político en que estaba. Desde luego la derecha y el ejército, que se sentían traicionados por Suárez, un dirigente criado en el franquismo que apenas llegado al poder había comenzado a desmontarlo y había cometido la osadía de legalizar al PCE. La monarquía, por su parte, temía que el descrédito del sistema terminara debilitando a la corona; desde todos los sectores, incluida la izquierda, surgían voces que buscaban terminar con el mandato suarista y nombrar una autoridad, que podía ser militar, que encabezara un gobierno de unidad nacional.
La actuación del rey, que en la noche hizo un famoso discurso televisado llamando a respetar la constitución, no es ajena a las dudas y de hecho los golpistas invocaron su nombre y estaban convencidos –o quizás habían sido engañados– de contar con su apoyo. Cercas, por último, subraya el hecho de que, al conocerse las primeras noticias, nadie salió a la calle a protestar; no hubo manifestaciones a favor de la democracia sólo hasta cuando ya era evidente que el golpe había fracasado.
Por todo lo anterior, el escritor destaca el gesto solitario de estos tres personajes, “un gesto de coraje, un gesto de gracia, un gesto de rebeldía, un gesto soberano de libertad”, que de alguna forma posee la clave, quizá la cifra, de la transición española. Para Cercas, tal proceso “consistió en un pacto mediante el cual los vencidos de la guerra civil renunciaron a ajustar cuentas con lo ocurrido durante cuarenta y tres años de guerra y dictadura, mientras que, en contrapartida, tras cuarenta y tres años ajustándoles cuentas a los vencidos, los vencedores aceptaban la creación de un sistema político que acogiese a unos y otros y que fuese en lo esencial idéntico al sistema derrotado en la guerra”.
Igual que en Chile, muchos intelectuales españoles tienden a echar pestes sobre la transición –porque es una especie de traición al pasado-, pero Cercas la defiende y en esa defensa hay algo íntimo y conmovedor. “El franquismo fue una mala historia, pero el final de aquella historia no ha sido malo”, dice el cronista, que nunca esconde dónde están sus simpatías, sin caer tampoco en el panfleto. Sucede quizá que Anatomía de un instante, más que un texto sobre el golpe de 1981, sea un libro sobre lealtades y filiaciones, sobre el hecho de ser padre y ser hijo en una sociedad que hace 70 años estuvo en guerra, dividida en dos bandos irreconciliables. Al seguir a estas tres figuras heroicas en la derrota, el autor está buscando a su padre, que como gran parte de la población, mantuvo silencio durante el franquismo y luego se convirtió en suarista y demócrata convencido. Quiere entenderlo, para entenderse a sí mismo. Y a España.