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El último tabú


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Artículo correspondiente al número 269 (29 de enero al 25 de febrero)

Paul Auster publica una historia de perdición y culpa ambientada en 1967; un cóctel en que están presentes los temas favoritos del escritor norteamericano. La fórmula muestra signos de desgaste, aunque todavía funciona. Por Marcelo Soto


Invisible, la última novela de Paul Auster, es la clase de obras que fácilmente pueden ser destrozadas por la crítica. Con un toque de cinismo, no es difícil desnudar sus debilidades; la transgresión frívola que parece guiar de pronto al autor; el artificio de la trama; la descripción algo bochornosa de las escenas de sexo; la tosquedad en la armadura del algunos personajes; la repetición de ciertos tópicos de estilo que denotan inautenticidad.

Todo eso, sin embargo, puede perdonarse, porque la novela, después de unas primeras páginas dubitativas, alcanza un vuelo que impide dejarla de lado. Quizá por voyerismo o por malsana curiosidad, queremos saber qué pasa con Adam Walker, el protagonista, y su inconfesable secreto, ocurrido en la infancia. “Aquello prosiguió durante horas. Ambos érais muy jóvenes, inexpertos e infatigables, estábais llenos de emoción, enloquecidos por vuestros mutuas ansias, y como habías prometido que aquella sería la única vez, ninguno de los dos quería que terminara nunca”, escribe Auster.

Varios años después, y tras la muerte de un hermano menor, Adam está en Nueva York, estudiando en Columbia. La vida parece sonreírle, aunque es 1967 y el país está en guerra. El muchacho –igual que toda su generación- no puede distraerse del hecho terrible que sucede a miles de kilómetros de distancia en Vietnam. Esto provoca, por un lado, una sensación de culpa y, por otro, lo lleva a vivir de manera intensa, como si cada decisión fuese la última.

En una fiesta conoce a una pareja mayor, Rudolf y Margot, que encarnan la decadencia de la cultura que Adam detesta, pero ante la cual no puede sino sucumbir. Rudolf le hace una oferta que no puede rechazar: le dará una pequeña fortuna para que dirija una revista literaria a sus anchas. La propuesta tiene todas las luces de ser infame, pero el chico la acepta. Es su entrada en el infierno.

El problema de Adam radica en su ingenuidad. Igual que su país, está inmerso en el barro sin darse cuenta. La condena había sido escrita mucho antes, pero no la reconoce hasta que ya va camino al cadalso. Un viaje a París, tratando de huir del oprobio, será tan corto como inútil.

La novela, entonces, da un giro y salta hasta 2007, cuando los personajes ya están muertos o envejecidos. Un amigo de Walker de los tiempos de Columbia se ha convertido en un famoso escritor, quien recibe un día un sobre de su antiguo compañero con una novela inacabada, que son sus memorias. El contenido del libro es escandaloso y no está claro si deba publicarlo.

Invisible habla de culpas, del resentimiento, de la juventud perdida y de la literatura como un arma inútil para expiar los pecados del pasado. Hay algo poco convincente en algunos de sus pasajes, como si Auster, al pasar los 60 años, se hubiese puesto melancólico. La melancolía, se sabe, no es la mejor consejera y por momentos el relato transita entre la amargura y la autocomplacencia. El final, en todo caso, es tan sombrío como un mal sueño. “Un campo desolado se extendía frente a mí”, dice la narradora y uno no quiere imaginarse la terrible escena que está por presenciar.

 

Invisible.
Paul Auster. Anagrama, 282 páginas. Barcelona, 2009.

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