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Artículo correspondiente al número 263 (16 al 29 de octubre de 2009)
Candidato al Premio Nacional de Literatura 2010, Poli Delano publica una antología de sus relatos y prepara el segundo tomo de sus memorias. Aquí habla de su amistad con Bolaño, de su gusto por el box, de su encuentro con Bukowski y de una que otra pelea, ganada o perdida. Todo un sobreviviente. Por Marcelo Soto.
Poli Délano se parece cada vez más a uno de sus héroes, Ernest Hemingway. El pelo y la barba blanca le dan un aire de viejo guerrero que viene de vuelta de varias batallas. Aficionado al boxeo desde adolescente –aprendió a pelear en los barrios de Nueva York–, Délano es quizá el último representante de una estirpe de escritores recios, aficionados a gastar las calles del mundo antes que los rincones de una biblioteca, cuya obra tiene una clara impronta vital, nacida de sus propias experiencias.
El autor de Gente solitaria no es rencoroso, pero tiene buena memoria. No olvida ni perdona. “Tuvimos algunas buenas peleas por mis columnas”, me dice, sonriendo, al recordar sus tiempos de articulista de un diario del que fui editor. “A veces se me pasaba la mano”, reconoce, sin ánimo beligerante.
Detrás de esa coraza ruda –sus brazos siguen siendo intimidantes, pese a que por estos días se apoya en un bastón–, el escritor esconde un lado amistoso, incluso tierno. Varias veces durante la conversación se emociona –sobre todo, al recordar a su hija Bárbara, poetisa de gran talento, muerta en el accidente de Aeroperú en 1996–, pero también en ciertos momentos sube la voz. En especial, cuando habla de política y, tal vez sin darse cuenta, golpea una y otra vez el hombro del interlocutor para subrayar una frase.
En el fondo, es un humanista, cualidad que se aprecia en sus relatos, en los que por muy sórdidos que sean los ambientes, el narrador nunca deja de ponerse de parte de los personajes. En eso se parece a Bukowski, escritor al que conoció y cuyo encuentro originó una famosa crónica de Délano que ha sido ampliamente reproducida, en varios países y lenguas.
Adelantándose a todos, Délano ha comenzado una campaña –auspiciada por un grupo de escritores- por el Premio Nacional de Literatura 2010, carrera en la que asoma como uno de los favoritos. Al mismo tiempo, lanza un libro de cuentos, Por las calles del mundo, que recopila sus relatos ambientados en lugares tan diversos como Kyoto, Guanajuato y Pekín y prepara el segundo tomo de sus memorias, cuya primera parte, Memorias neoyorquinas, acaba de lanzar con buena acogida. De todo eso, y de sus batallas perdidas y ganadas, hablamos con Poli durante una tarde en el Rhenania, uno de los pocos restaurantes que quedan de ese Santiago antiguo y provinciano, anterior a las autopistas.
-¿Qué significa para ti postular al Premio Nacional?
- A mí no me importa la gloria. La gloria no viene por los premios. Si uno escribió algo bueno y queda, esa es la máxima victoria a la que uno puede aspirar como escritor. Pero el galardón económico es importante para una persona como yo, que ha tenido una vida dedicada a las letras, oficio que no sirve para ganar dinero. Es una buena jubilación. En ese sentido me interesa.
-¿A quiénes ves como tus contrincantes más duros? ¿Germán Marín?
-Yo no lo consideraría un contrincante (se ríe). Puede que lo sea, pero para mí no es un competidor… Hay otros candidatos fuertes, como Antonio Skármeta, la Diamela Eltit. Lo importante sería que el premio volviera a ser anual. De lo contrario hay mucha gente que se va quedando sin él, como le pasó a Fernando Alegría, María Luisa Bombal, Enrique Lihn, Jorge Teillier.
Recuerdos de un patiperro
El título del nuevo libro de relatos de Délano está sacado de un tango, llamado Garras: “no pude más en mi afán por llegar, era un duende errabundo / que se perdió sin poderte encontrar por las calles del mundo”, recita de memoria el autor, que describe las historias incluidas en el volumen como cuentos patiperros.
Se trata de una colección que fue publicada antes en Buenos Aires, en una tirada de 8 mil ejemplares, y que a Chile llega ampliada. “En la edición argentina no entró un cuento que es muy largo sobre Nueva York, Aria para la cuerda del sol, y aquí sí entró. Me interesaba mucho que estuviera, es uno de los cuentos míos que más me han sorprendido. Cuando lo releí hace poco me pareció que lo había escrito otra persona. ¿Cómo pude escribir esto tan bueno? ¡Qué acierto! Ya no me pasa eso, no tengo tanta inspiración”, dice.
-Alguna vez dijiste que nunca ibas a escribir una autobiografía. ¿Qué te hizo cambiar de opinión?
-Te explico: me divierte escribir novela, pero memorias no. No me gusta mandarme las partes, no ando poniéndome para la foto. Cuando la gente me pregunta por mi autobiografía, les digo: ¡por favor! No es una autobiografía, son memorias. No soy tan importante como para contar la historia de mi vida. Son recuerdos relacionados con lo que he escrito, para ir mostrando sin decirlo que soy un autor que parte de la experiencia vivida. La autobiografía es algo muy pretencioso, muy grandilocuente. La novela es un llamado del arte, una cosa que no se puede evitar, pero escribir memorias se puede evitar. Yo nunca había querido hacerlo y pensaba que nunca lo iba a hacer. Me costó mucho empezar, pero después fluyó.
-En el primer volumen, los pasajes más logrados transcurren en Nueva York, cuando eras un chico experimentando la violencia racial. ¿Era dura la vida en la calle?
-Yo entré a una escuela pública, del sistema estatal, y la violencia se manifestaba en las guerras a combos y patadas entre blancos y negros, portorriqueños, latinos. La cosa racial era fuertísima. Había una discriminación muy fea y a mí padre no le gustó eso y me cambiaron de colegio. Me pusieron en un colegio privado, liberal, donde tenía compañeras negras, mulatas, judías, de todo, y nunca hubo odiosidad entre las distintos tipos de personas. Era un colegio muy agradable. Pero en la calles era duro. Cada vez que nos mudábamos, había que pelear para que te respetaran.
-Allí conociste a la sobrina de Lauren Bacall.
-Es verdad. Mi primer amor.
-¿O sea que casi fuiste pariente de Humphrey Bogart?
-Desde entonces le digo mi primo. Bogart era mi ídolo. Había visto películas como El callejón sin salida, Angeles con cara sucia. Me gustaban los duros. Conocí a la sobrina de la mujer de Bogart, era compañera de mi curso. Me enamoré de ella primero mirándole las piernas en una clase de gimnasia. Era muy linda. Todavía tengo por ahí una foto. Era preciosa. Yo tenía 12 ó 13 años, fue el primer amor preadolescente. Un amor doloroso, de no poder dormir en la noche, no poder comer, enamorado totalmente.
Entre Mao y la URSS
Poli Délano siempre ha sido bueno para beber y comer, pero ahora se cuida un poco. “Para no engordar evito algunas cosas. Eso sí, prefiero tomar whisky antes que vino. El vino me da sueño, el whisky me estimula, aunque tenga más calorías”. Para caminar, el escritor de 73 años se apoya en un bastón, herencia de un par de caídas que le están pasando la cuenta: “me voy a operar de la cadera y tengo algunos problemas en la rodilla. Tuve un accidente en California, hace 30 años. Yo vivía en México y había un encuentro de escritores chilenos en el exilio, en Los Angeles. Estaba en el muelle de Santa Mónica, con el escritor Armando Cassigoli. Le quise hacer una broma: “te voy a tirar al agua”, le dije y me lo eché al hombro a lo bombero, y corrí con él por el muelle y Cassigoli debe haber creído que lo iba a tirar al mar y empezó a patalear y yo perdí el equilibrio. Era un muelle antiguo, de madera, lo he visto montones de veces en películas, le tengo un gran rencor. Me caí y se cayó Armando encima mío, con mi pierna torcida, me reventó los tendones. Dos horas después estaba en un hospital de donde salí enyesado, con muletas, y en vez de partir a Nueva York donde tenía que participar en una mesa redonda sobre la violencia con Arthur Miller, tuve que devolverme a México a operar”.
-A fines de los 50 estuviste en China, justo antes de la Revolución Cultural. ¿Vas a tocar esa época en los próximos tomos de sus memorias?
-Esa es la idea. En China se dice que un tipo que va una semana escribe un libro, un tipo que va un mes escribe un artículo, y un tipo que está más de un año no escribe nada. Porque cada vez se entiende menos. Yo estuve entre 1959 y 1960, y fueron años importantes en mi vida. Era una China con una pujanza increíble. Me sorprendió que Mao, en un continente como ese, se convirtiera en un factor de centralización de las almas, de unión. Piensa que hay 52 naciones en China. Y convirtió un mundo disgregado, humillado y salvaje en una potencia.