Artículo correspondiente al número 266 (27 de noviembre al 10 de diciembre 2009)
En los relatos de En tierras bajas, la premio Nobel Herta Müller entrega una sucesión demoledora de postales sobre el desarraigo. Por Marcelo Soto.
Si los relatos que componen En tierras bajas, uno de los libros más reconocidos de Herta Müller (la autora rumana-germana que recibió el Nobel este año) fuesen una película, serían los de una cinta en blanco y negro o más bien, una donde el color
predominante fuese el gris, con tonos oscuros y opacos. Un filme centrado en los detalles que deforman la realidad, en los rincones monstruosos que aparecen cuando las cosas se observan de cerca y pierden de esa manera el sentido de la perspectiva. Ambientados en pueblos donde no se mueve una mosca, estos cuentos transcurren en zonas de la Europa oriental destrozadas por la guerra, la hambruna, las dictaduras, las corrientes migratorias forzadas. El amor y la ternura han desaparecido y sólo queda una tierra baldía. Dios y la religión son ruinas.
En tierras bajas.
Herta Müller. Siruela,182páginas. Barcelona, 2009.
En el relato homónimo, por ejemplo, la narradora es una niña que aprende desde pequeña que para sobrevivir hay que olvidarse de las expectativas. Su madre le cuenta que luego de casarse “estábamos tan cansados que tu padre se durmió en cuanto hubo vomitado en el water. No me tocó en toda la noche... Fuimos a recoger cerezas, tu padre y yo. Y nos peleamos mientras las recogíamos, y en el camino de vuelta a casa no intercambiamos ni una palabra. Tu padre tampoco me tocó mientras recogíamos cerezas en el enorme viñedo sin gente. Se plantó como estaca a mi lado y no paraba de escupir huesos de ciruela húmedos y viscosos, y en ese momento supe que me daría muchas palizas en la vida”.
Escritos en una prosa que podría catalogarse de poética, austera, mínima, de frases cortas que se suceden como una condena, los cuentos de Müller no son precisamente una lectura fácil. Cada párrafo esconde una imagen, una visión que se encadena a la siguiente y alcanza así un nuevo signo, en un conjunto escurridizo que combina tanto el realismo brutal como el humor negro y la estética de los sueños. Hay logros especialmente notables, como Peras podridas, sobre una niña que descubre la infidelidad del padre; La ventana, poderosa recreación del despertar sexual, o Crónica de un pueblo, que dibuja el absurdo cotidiano de los regímenes estalinistas.
Cada vez que se entrega el Nobel, surge la polémica sobre la justicia de su elección. Habrá que decir que el premio nunca ha sido un certificado de inmortalidad. Lo que sí se agradece es que de tanto en tanto la elección de la Academia Sueca sirva para dar luz sobre literaturas poco conocidas, como la de Müller, que entrega al lector un mundo, encapsulado gracias a las palabras, que de otra manera difícilmente hubiese experimentado.