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Artículo correspondiente al número 286 (8 al 21 de octubre de 2010)
El escritor habla de su novela , La vida doble, que lleva varia semanas entre las más vendidas. Una obra envolvente y de inquietantes consideraciones políticas que describe el submundo de la violencia en la historia chilena reciente. Su mejor libro. Y el más arriesgado.

El mal, qué duda cabe, es uno de los grandes temas de la literatura universal. Shakespeare, el Dante, Dostoievski, Conrad, Borges y Bolaño son algunos de los autores –por nombrar unos pocos– que han explorado las profundidades de la perversión, un aspecto tan espinudo que muchos escritores prefi ere pasar por el lado. ¿Se puede escribir, por ejemplo, una novela sobre Hitler o sobre un asesino en serie y empatizar con esos monstruos? ¿Se puede compadecerlos?
Arturo Fontaine, hasta cierto punto, piensa que sí. Su última novela, La vida doble (Tusquets) ingresa en ambientes turbios, opacos, de la historia reciente chilena. Narrada en primera persona, la protagonista es Lorena, una militante de un grupo terrorista, Hacha Roja, en los tiempos de Pinochet, que luego de ser detenida por los servicios del régimen y salvajemente torturada, pasa a colaborar con sus captores. No sólo eso. Pasando de la adoración al odio persigue a sus ex compañeros, muchos de los cuales resultan asesinados.
Aparte de ingresar en terrenos pantanosos, Fontaine toma otros riesgos. Quizás el mayor de todos sea narrar los hechos desde la perspectiva de la protagonista. Con esta opción, el relato gana intensidad: en algunos pasajes se lee como una excelente novela de suspenso. Cautivante y muy bien armado, sobre todo al recrear la escenografía de la violencia, el libro plantea algunas preguntas políticamente incorrectas: ¿puede alguien como Lorena quedar impune de las atrocidades que cometió? ¿Se pueden expiar culpas tan atroces?
De estos temas hablamos con el escritor, que es conocido también por su faceta de director del Centro de Estudios Públicos. Una conversación larga y distendida con el novelista (no con el infl uyente director del CEP) en su biblioteca, mientras se escuchan las suites para violonchelo de Bach. Imposible pensar en una mejor banda sonora para temas tan peliagudos.
-La duda que surge al terminar tu novela es si es posible redimirse o perdonarse cuando se ha caído tan bajo. ¿Lo ves así?
-Un personaje que haya hecho lo más horrible tiene derecho a seguir viviendo, yo no estoy por la pena de muerte. Y si tiene derecho a seguir viviendo, tiene derecho a una esperanza de futuro, no puede vivir atrapado por lo que hizo. Todo ser humano tiene derecho a futuro, a construir una vida, a inventarse una nueva vida. No puedes decirle a una persona: tú fuiste un asesino serial, luego no tienes nada que hacer en el mundo. No. Puede que lo tengas encerrado 30 años, pero en esos 30 años algo podrá hacer con su vida. Eso es justamente lo que Freud analizó en su texto sobre duelo y melancolía. La melancolía, el estar siempre recordando, te paraliza la vida. Hay un momento para eso, cuando se produce la muerte de un padre, hay un momento para el dolor pero no puedes hacer que la sombra de esa persona o de ese pasado haga sombra de tu propio yo y te aplaste; como la sombra de un árbol impide que crezca una flor.
-Tu postura es quizá distinta a la de Bolaño, quien ha escrito sobre asesinos, narcotraficantes, torturadores. Los ve como malos-malos y los condena. Tú pareces ser más comprensivo.
-Yo creo que el ser humano, al conocer a otro ser humano, lo quiere y, si lo quiere, tiene derecho a vivir. No puede ser que el pasado le impida vivir. Hay un lugar, un tiempo, para el dolor, para el arrepentimiento, para el autocastigo, y Lorena lo hace intensamente, pero eso no significa que ella no tenga derecho a vivir. Por eso, al final quiere amar. Yo no la excuso. Es darle el derecho a amar a una persona. Lo contrario hubiese sido construir un mal demasiado maquinal. ¿Qué hace que Macbeth no sea simplemente un asesino serial? La culpa. Es reflexivo, sabe lo que está haciendo, que es horrible. Esa culpa nos hace simpatizar con ese villano. Es un ser humano, no una máquina de matar. Shakespeare le da cierta dignidad. Los villanos que más nos interesan tienen un lado humano. No son malos a tiempo completo. Esos malos a tiempo completo están bien cuando uno tiene 12 años. El tipo más malo tiene momentos de ternura. Así es la vida. A mí me interesa eso, la literatura tiene ese aspecto compasivo, es un acto de simpatía por el otro. De ponerse en el lugar de otro. Sin eso no puedes leer una novela, o ver una película.
-¿Por eso Hannibal Lecter es tan fome?
-Al final no es interesante. El mal químicamente puro no es real.
1. La investigación
-Para realizar este libro hiciste una larga investigación. Tengo entendido que empezaste investigando el asesinato de Juan Alegría, que tuvo como objetivo inculpar a un inocente del crimen de Tucapel Jiménez.
-Investigué ese caso y otros; también, la Operación Albania. En fin, investigué varios casos que me parecieron interesantes y hablé con muchos partícipes de esos casos y hablé con otra gente de los organismos represivos y pude conocer hermanas, hijos, mujeres, ...o sea, realmente hice un intento por entender ese mundo. También conversé con personas que estuvieron en movimientos revolucionarios armados, y con otras que padecieron la tortura y que combatieron. Y en ese sentido en el libro hay una indagación de la mentalidad de los combatientes y de la mentalidad de las unidades antiterroristas.
-¿Hablaste, por ejemplo, con Herrera Jiménez, ex militar y agente de inteligencia que ha reconocido su participación directa en crímenes realizados bajo órdenes superiores?
-Hablé con varios, conocidos y desconocidos. Es muy distinto cuando conversas con alguien para hacer un reportaje que cuando estás haciendo una novela, en la que no va aparecer la persona identificada con nombre y apellido… A veces, de toda una larga conversación de tres horas lo único que me quedaba era una frase, un garabato bien puesto. Y eso me bastaba para lo que yo buscaba, que no era que el hombre me diera su testimonio exacto de lo que pasó en el crimen que él cometió, sino que me ayudara a recrear una atmósfera.
-¿Fuiste a Isla de Pascua, donde vive Marcia Merino, uno de los modelos que sirvió para el personaje de Irene?
- Yo he estado en Isla de Pascua varias veces.
-¿Pero fuiste a conversar con ella?

-No voy a revelar con quién de las mujeres conversé. Hay tres mujeres famosas, que tienen una historia que sirvió de base de la novela: Luz Arce, Marcia Merino y María Alicia Uribe. Fue una conversación o varias conversaciones largas, donde de nuevo a mí no me interesaba el detalle del testimonio real. Dos de ellas escribieron libros que están citados: Luz Arce y Marcia Merino. A mí lo que me interesaba era cómo una mujer vivió esto, el ojo femenino. Las relaciones, los odios, los amores que se produjeron allí. Una cuestión de atmósfera. Mi protagonista es una mezcla de ellas tres. Estas cosas, este tipo de traiciones, ocurren. Probablemente algo parecido puede estar sucediendo hoy en día en Afganistán. En Argentina ocurrieron cosas análogas, en Uruguay... No me cabe duda de que en Colombia están pasando cosas parecidas. Lo que estamos viendo con el Frente Manuel Rodríguez en estos días, estas denuncias mutuas, también son parte de ese mundo.
-El libro Los fusileros, de Cristóbal Peña, retrata cómo estos movimientos empiezan a entrar en una degradación en los 90; con la democracia se trastocan sus objetivos y el ambiente se llena de sospechas y traiciones.
-Es un tema muy complejo. En Colombia también ha ocurrido eso, a raíz del narcotráfico; en El Salvador la guerrilla se enturbió, Roque Dalton fue asesinado por sus propios compañeros. La vida en la clandestinidad es muy difícil y se desliza con facilidad hacia una zona moralmente sucia. A eso hay que agregar que la porquería del antiterrorismo se va metiendo adentro, te va afectando. Eso está retratado en la novela: la dificultad de la vida clandestina real.
-¿Tuviste como modelo novelas claves sobre el terrorismo, como las de Dostoievski, Conrad, Greene?
-Yo había leído todas esas novelas; algunas las releí, pero traté de hacer algo diferente. También cito la novela Qué hacer, de Chernishevski, que Lenin tomó como modelo. Un revolucionario de verdad es una especie de monje consagrado a la revolución. Lo que muchas veces no se considera en los análisis de estos movimientos es el atractivo, el valor que tiene el sacrificio. El terrorismo o los movimientos armados no surgen por problemas económicos. Surgen por una variedad de causas: religiosas, políticas, étnicas, una derrota militar, una causa nacional... hay una cantidad de factores. Pero lo que hay en común es el increíble atractivo que tiene el sacrifi cio. En el caso de los combatientes suicidas del Islam esto llega a un límite: el sacrifi cio físico. Eso tiene un imán en la vida humana, pero se tiende a ignorar. Se tiende a pensar en el sacrifi cio como en un puro costo.
-¿Cuando entrevistaste a estas personas; qué impresión te dieron? Militantes de izquierda que colaboraron con los servicios de inteligencia, o agentes que después declaran a la justicia y acusan a sus superiores… Vidas dobles.
-A ver, yo hago una división total entre los que fueron agentes de los aparatos represivos y los que fueron combatientes; son dos situaciones distintas.
-¿No hay un afán de igualar las dos barbaridades?
-Son muy distintas: una cosa es actuar en función de un sistema, siendo un funcionario, donde el individuo se excusa a sí mismo señalando que hay una orden que no puede desobedecer. Simplemente es un instrumento de una institución. Esa es una ética muy distinta de la de una persona que libremente adscribe a un movimiento armado por una determinada convicción política. El funcionario tiende a entenderse como una pieza en un engranaje donde él ha actuado en contra de sus convicciones, apelando a una convicción mayor que es la orden, orden que él no tiene derecho a evaluar. Así es como funcionan los organismos militares. Es otro cuadro de situación en el que el individuo dice: “si esto no lo hago yo, lo haría otro, igual; si me niego, voy a ser degradado y esto igual va a ocurrir, va a haber otro”. Ese tipo de lógica es muy distinto de la lógica del revolucionario que tiene una actitud proactiva, con la que él busca la situación y sale a buscarla, porque el acto de violencia va a encender la mecha de la revolución.
-Otro aspecto que explora el libro es la impunidad en que quedan muchas personas que cometieron atrocidades.
-Claro, creo que en parte lo que se explora aquí es qué ocurre cuando uno se interna en las cavernas de la impunidad, qué pulsiones secretas se desatan, hasta qué punto nos desconocemos: la impunidad hace despertar algo que no sabemos que está en nosotros.
-Varios personajes de tu novela terminan libres de polvo y paja.
-La impunidad existe, es un hecho, lo estamos viendo hoy: hay impunidad. Hay personas que logran quedar impunes y es casi inexplicable por qué. Por qué algunos sí y otros no. A veces es porque han traicionado, como se sugiere en la novela en varios casos. La traición es una escapatoria. Otras veces sucede por otras razones.
-Mencionas personajes que fueron torturadores y que terminan siendo detectives destacados durante la transición y que trabajan por la democracia y los DDHH.
-Como mucha gente. Obvio, ¿tú crees que no ha pasado eso? Está lleno de casos como ese. Está lleno de personas de organismos de seguridad que después se transformaron en feroces agentes para desarmar las organizaciones de las cuales ellos mismos habían sido parte.
-¿Compartes la idea de José Zalaquett de dar incentivos a los que puedan entregar información sobre detenidos desaparecidos?
-No quiero entrar en temas de contingencia.
-Pero este es un tema que está totalmente ligado a tu novela.
-Conozco la propuesta de Pepe, pero no voy a opinar de esas cosas ahora. Es muy complejo.
-Como miembro del directorio del Museo de la Memoria… ¿no quieres exponer tu postura frente al tema?
-Digamos que estoy en contra de la impunidad. Eso es lo único que puedo decir como norma general, pero entrar a analizar cada caso y qué corresponde en cada situación escapa al ámbito de la novela, que es de lo que estamos hablando. Pero lo que sí es importante recalcar es que en ningún momento he querido equiparar o poner en una suerte de empate moral a ambos bandos. Para nada. La novela no muestra eso, sino lo contrario. Obviamente no es una novela de tesis, es una novela de acción, cada uno la lee y saca sus conclusiones, y cada lector trae su mirada. La ficción sugiere. Es una suerte de laboratorio, donde ocurre un experimento imaginario. Es muy difícil que un personaje real se pare como un personaje de fi cción; generalmente tienes que agregarle mucho. Te lo digo no sólo por mí, yo le he preguntado eso a muchos grandes novelistas y me han dicho lo mismo.
-¿Cuánto tiempo te llevó la investigación?
-Bastante, demasiado. Este enigma que es Lorena me tenía tan atrapado que yo podría haber seguido eternamente buscando explicaciones, tratando de entender, hasta que me fui dando cuenta de que la cosa iba más bien por el contrario.
-¿Te obsesionaste con Lorena?
-Claro. Me fue atrapando el misterio de ella, hasta que comprendí que la salida estaba por un cierto desasirse de ella. Creo que ella descubre al fi nal, de una manera sutil, tenue, que al reconciliarse con su dolor ella podía trascenderlo; al renunciar a la intención de justifi carse y de entenderse, y aceptar su misterio, se abría la posibilidad de este suspiro de esperanza en que la novela termina. Pero llegar a eso me costó mucho, y mientras tanto yo seguí investigando, investigando, en espera de encontrar algo que me permitiera entenderla.
-Lorena, junto con delatar y perseguir a sus ex camaradas, entra en un desenfreno sexual. ¿Están ligados ambos aspectos?
-Freud sostiene que las dos grandes pulsiones, que la civilización reprime y canaliza, son la violencia y la sexualidad. Esta situación de impunidad, a la que ella ingresa y en la cual ella quema quien ha sido, es una situación primitiva en la cual se desatan la violencia y la sexualidad de una manera inesperadamente atrayente. Y donde la exploración no tiene límites. Esta impunidad no sólo es frente a la violencia sino también frente a la sexualidad. Ella hace un viaje por toda una sexualidad, prohibida así como hace un viaje por formas de violencia también prohibidas. Estos dos ejes, sexo y violencia, me parecía natural que los explorara una mujer que sufre un proceso de conversión tan radical.
-¿Eso lo investigaste? Porque es casi un mito urbano que los agentes de la CNI armaban fiestas desbocadas durante los tiempos más duros.
-Algo hay siempre en estos casos. Esto no es tan propio chileno: yo investigué situaciones parecidas en otros países, tuve la suerte de conocer a algunos agentes de otros países, y esto es muy similar, se da la misma situación. Eso es lo interesante. No es que salgan a buscar monstruos, es que el padre de familia común y corriente se transforma en monstruo en una situación determinada en la cual quedan metidos en estas cavernas de la impunidad; entonces se desata en cualquiera algo que no sabíamos que estaba ahí, que la propia persona no sabía que estaba ahí hasta que se encuentra en esa situación. Ese es el tema. El tema no es que haya monstruos, porque monstruos siempre habrá y son una minoría. El tema es qué ocurre cuando las reglas del Derecho no están y en cambio lo que hay es un sistema que garantiza la impunidad. Ahí surge algo en cualquiera que es inesperado, cruel, etc. Ese es el valor que tienen las reglas en un estado de Derecho, que ponen un límite. Y en ese sentido Freud tenía razón: hay una labor civilizadora en la canalización de estas pulsiones básicas, que cuando no está pasa lo que ocurrió.
-En la novela el escritor le paga a la protagonista para recibir información. ¿Tú llegaste a esos extremos?
-Eso está dentro de los secretos profesionales (risas).
2. Culpas y causas
-Cuando entrevistaste a estas personas, ¿te hiciste amigos de ellas? ¿Llegaste a niveles de intimidad?
-Por lo menos, de bastante cercanía, como para que me contaran cosas bien increíbles que me contaron. Yo me propuse que, en la novela no hubiera nada que no tuviera una base real. Todo lo que relaté de violencia está basado en relatos reales.
-La parte en que describes los operativos de seguridad está muy bien lograda, es casi una novela de suspenso.
-Todo eso es real. Así más o menos funcionaba la cosa. Hoy es más sofisticado, gracias a la tecnología. Pero básicamente el principio es el mismo. Lo investigué, porque no tenía la menor idea de cómo funcionaba todo esto, cómo se seguía a la gente, cómo se hacía el espionaje. Y eso tuve que investigarlo, y lo aprendí. Tuve que aprender muchas cosas, por eso me demoré tanto.
-¿Por qué usaste aquel epígrafe de Borges: “lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres”? ¿La maldad está en todos?
-La frase de Borges dice que lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos. Es decir todos somos culpables.
-¿Con eso acaso se difumina la culpa y al final nadie es culpable?
-No. No lo veo así. Lo que hace un hombre lo podría hacer cualquier hombre. Eso no significa que ese hombre no sea culpable, ese hombre es culpable, pero lo que quiere decir es que lo que ha hecho ese hombre lo podría hacer otro. Y es ahí donde entra el estado Derecho. Por eso te digo que no es que los hombres que actuaron en organismos represivos hayan sido todos monstruos o anormales. Incluso ha habido teorías sicológicas, equivocadas diciendo que quienes se incorporan a movimientos armados o terroristas tienen algunas fallas sicológicas, o algunas características sicológicas particulares. Yo pienso que eso no es así. Incluso los combatientes suicidas son personas promedio, no creo que correspondan a un tipo sicológico determinado. Ni el que está en la unidad antiterrorista ni el que esté en el frente armado tienen tipologías sicológicas determinadas. Es mucho más complejo y más sutil. Detrás de quienes están en movimientos armados hay una causa, que puede ser nacionalista, religiosa, puede tener distintas explicaciones, pero es una interpretación global del mundo lo que explica esa entrega y obviamente que hay algunos que son inestables sicológicamente, pero también los hay en la banca, en la abogacía, en el periodismo... en cualquier actividad humana hay gente poco equilibrada.
-Ese deseo de interpretación global, ¿lo ves también en los mapuches radicalizados?
-Por cierto. El nacionalismo es una expresión de esa voluntad de pertenencia a un colectivo. Y el etnonacionalismo que es lo que estamos viendo hoy día, es una forma de obtener una especie de sentido de vida en un colectivo, que tiene la característica de ser un colectivo que viene de antes y se proyecta en el futuro. De alguna manera, mi vida insignificante y fugaz se valida en este río étnico del cual formo parte, apela a algo muy profundo. Los seres humanos no sólo queremos reproducirnos a través de los genes, sino que también hay formas culturales que quisiéramos perpetuar, y eso abre espacio a este tipo de movimiento. Es un tema que me interesa mucho. Eso es lo que está detrás, pero no es un característica sicológica: es muy fácil decir que quienes pertenecen a estos grupos son paranoicos. Eso no es así. Y por eso importa tanto el estado de Derecho, porque el estado de derecho limita este tipo de pulsiones y las canaliza y las restringe. Cuando el estado de Derecho se retira, estas pulsiones se desatan. Y aparece alguien en nosotros mismos, que desconocemos.
3. El pasado
-Uno de los puntos claves de tu novela es la traición, ¿dirías que la traición marca de manera velada la historia chilena reciente? ¿Estás de acuerdo con Javier Cercas, quien dice que hay que traicionar el pasado para ser leal al presentes en épocas de transición política?
-No creo que la palabra traición en el sentido que la usa Cercas se aplique a la traición en esta novela. En esta novela la palabra traición tiene más de condena. Siento que la traición de mi libro está más cerca de lo que hace el Dante, en Infierno, donde pone a Lucifer como el gran traidor. Para Dante la traición es el mal. En el orden del infierno, los pecados más leves están vinculados a la sexualidad; las faltas que realmente lo llevan a uno a estar más cerca del demonio, en los círculos más profundos del infierno, tienen que ver con la inteligencia; en último término, con la traición. Para Dante la traición es la quintaesencia del mal, y la traición es la que define al demonio, que es el gran traidor. El tema de la traición está puesto en el corazón del mal en mi novela, que es una exploración del mal.
-¿Crees que ese tipo de traición es comparable en un plano intelectual a la que se ve en política?
-Creo que comprendemos la traición porque, en distintos grados y de distinta manera, está en toda nuestra vida. Todos sabemos lo que es la traición desde el parvulario; es una de las experiencias que aprendemos en las etapas más tempranas de la vida lo que es la traición. Así que es un término universal. Pero es distinto a la concesión que hace la política. Me parece que hay que hacer esa diferencia. Ahora, el tema del pasado es algo que está muy presente en la novela, y a eso apunta Cercas también. En el sentido de que el olvido total y la memoria total paralizan a la vida humana. ¿Qué hacer con el pasado?
-Uno no puede recordar todo el tiempo…
-Tampoco puedes olvidar todo, hay un equilibrio que no es fácil de encontrar, y creo que Lorena hacia el final logra dar ese paso. Cuando ella está en Suecia, al final de su vida, está luchando por encontrar una manera de lidiar con su pasado sin huir de él, y se castiga, pero llega un momento en que ese autocastigo la ancla, le impide vivir, al final se abre una ventanita… creo yo. No se puede negar lo que ella hizo pero hay un momento en que la persona, después de castigarse, de arrepentirse, de hacer reparaciones, hay un momento en que la persona debe aceptar su dolor y al aceptarlo lo trasciende. El traidor llora. La traición es la forma humana más intensa del mal.