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Artículo correspondiente al número 268 (24 de diciembre de 2009 al 28 de enero de 2010)
Confesión y otros escritos. Pierre Drieu la Rochelle. Ediciones Universidad Diego Portales. 79 páginas.
La figura de Pierre Drieu la Rochelle es una de las más enigmáticas de la literatura francesa del siglo pasado. En los años 20 se relacionó con los surrealistas y fue compañero de ruta y gran amigo de André Malraux y Louis Aragon, se casó con una bella judía, para luego pasarse a las filas fascistas y declararse admirador de Hitler. Mujeriego y sofisticado, tras la derrota del nazismo declinó la ayuda de sus viejos camaradas. En vez de partir al exilio, se suicidó en 1945. Con un excelente prólogo de Mauricio Electorat, este libro recoge fragmentos de sus diarios y textos dispersos, que dan cuenta de un prosista de excepción, atormentado por sus orígenes burgueses y la debilidad, tanto física como moral, de su estirpe. “Mi sensibilidad es enteramente culpa… Acepto todo de los otros, nada de mí mismo”, reconoce.
Lo mejor del año
Fuera del bombo que lograron los libros de Dan Brown o Isabel Allende, un puñado de títulos logró destacar por su efectiva mezcla de ficción y crónica, una combinación que en las manos adecuadas puede ser dinamita.
Missing. Alberto Fuguet. Alfaguara, 386 páginas.
Perdonen la expresión, pero Fuguet la rompió el 2009 con esta novela que incluso sus detractores –que los sigue teniendo- debieron reconocer como una pieza de alto vuelo. Entrañable y conmovedora, escrita con urgencia, con pasajes de tormenta y calma engañosa, es un rompecabezas que va armando la historia de una redención: el escritor cuenta la búsqueda de su tío Carlos, perdido en Estados Unidos, pero en el fondo lo que relata es otra cosa. Cómo la literatura puede vencer la soledad. Eso raras veces sucede y por lo mismo el autor de Mala onda ha hecho algo casi milagroso, que merece no sólo nuestro aplauso sino nuestra gratitud. Además, ha permitido que una vida aparentemente sin destino como la de Carlos recupere, por fin, el sentido extraviado.
El material humano. Rodrigo Rey Rosa. Anagrama. 179 páginas.
Extraña mezcla de novela, informe político, autobiografía y relato de detectives, El material humano comienza cuando el autor decide revisar los archivos de la policía guatemalteca, descubiertos luego de décadas de guerra interna. Lo que empieza como un relato digno de Kafka, con la enumeración de los detenidos por sospecha durante la dictadura en ese país, termina siendo un viaje personal hacia los miedos y sentimientos de culpa que son comunes a todo latinoamericano que haya vivido bajo regímenes de fuerza en las últimas décadas. El escritor, cuya madre fue secuestrada, intenta averiguar quiénes estuvieron tras el rapto, para descubrir que nada es como parece y que tanto la izquierda como la derecha tienen las manos sucias. La conclusión no es nada edificante, y permite conocer a uno de los mejores escritores latinos de hoy.
Anatomía de un instante. Javier Cercas. Mondadori, 463 páginas.
El 23 de febrero de 1981 el congreso español es interrumpido a punta de balazos y bravuconerías por un grupo de soldados. “Al suelo todo el mundo”, grita un militar. Las metrallas apuntan a los parlamentarios, que no dudan en obedecer. Todos se esconden sumisos, salvo tres personas: el presidente Adolfo Suárez, el general Gutiérrez Melado, miembro del gobierno, y Santiago Carrillo, del PCE. En este acto de valentía, Cercas observa la clave de la transición española. Un momento de heroísmo de tres personalidades ya derrotadas políticamente, que sin embargo entendieron que para que la democracia naciente fuese un éxito había que traicionar el pasado y de esa manera ser leal al presente. El autor recrea el intento de golpe (que fracasó luego de que el Rey lo condenara) y todas las dudas que quedaron. Ningún político debería dejar de leerlo.
La segunda mano. Germán Marín. Mondadori, 215 páginas.
No es fácil leer a Marín (su prosa, a menudo, parece dictada desde otra época), pero una vez que se han pasado las primeras páginas, la voz del autor se vuelve hipnótica y alcanza una rara cualidad literaria. En esta novela recrea la vida de su primo Miguel Sessa, militante de Patria y Libertad, muerto en agosto de 1973. Siempre afincado en sus recuerdos, a la memoria que se niega a dejar en el olvido, como luchando estoicamente contra la muerte, Marín describe los excesos ideológicos de la época, el fanatismo convertido en moneda corriente, la carrera de ciegos hacia el abismo que fueron esos tiempos. Y para hacerlo realiza una efectiva proeza verbal: hace hablar a su primo desde la ultratumba, como si un artefacto radiofónico hubiese logrado captar las voces de los muertos. Allí hay algo tenebroso, pero sumamente revelador.
Clasicos para redescubrir
Recién editados, estos tres títulos envejecen como un gran vino de Burdeos. Se leen tan gratamente que no nos damos cuenta y su recuerdo queda en la memoria por largo tiempo. Salud.
El agente confidencial. Graham Greene. DeBolsillo. 310 páginas.
Una de las grandes novelas de espías de todos los tiempos, no ha perdido un ápice de actualidad. El debate entre la acción o el pacifismo, entre tomar partido a riesgo de mancharse de sangre o aislarse de los eventos del mundo para convertirse en un hombre sin atributos, sigue siendo candente. Greene cuenta la historia de un profesor de literatura, que apoya al bando republicano durante la guerra civil española y que viaja a Londres a conseguir carbón para encender el conflicto y evitar la derrota. Pocos relatos han retratado mejor las penumbras del idealismo y de la pasión política, a las puertas del terror y las traiciones morales a las que conduce el maximalismo. El propio Greene dijo que esta era una novela de entretenimiento, y vaya que tenía razón, sin imaginar en todo caso que su llama seguiría viva 70 años después de escrita.
El gran Gatsby. Francis Scott Fitzgerald. Alfaguara. 226 páginas.
“Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados sin descanso hacia el pasado”. La frase final de esta novela de 1925 debe ser una de las más famosas de todos los tiempos, lo mismo que el consejo paterno que recibe el protagonista al principio del relato: “siempre que sientas deseos de criticar a alguien recuerda que no a todo el mundo se le han dado tantas facilidades como a ti”. La traducción de José Luis López Muñoz actualiza -y quizá simplifica- un relato que siempre figura entre las mejores novelas del siglo XX (junto a Ulises), y que puede leerse varias veces sin disminuir su atractivo. La historia de un millonario de pasado oscuro que regresa a Nueva York para conquistar a un viejo amor es tan perfecta que cualquier cosa que digamos de ella es accesoria. El encanto y el poder de su belleza, lejos de opacarse, crecen con los años.
Las hermanas Grimes. Richard Yates. Alfaguara. 232 páginas.
Si Vía Revolucionaria podía leerse como el derrumbe de las ilusiones del matrimonio, Las hermanas Grimes sería el fracaso de los anhelos de emancipación. Sarah y Emily Grimes representan algunos de los caminos que tomó la mujer en el siglo XX en el afán de sacarse de encima los prejuicios del sexo: la primera se casa con un guapo novio, pero termina alcoholizada; la segunda intenta liberarse aunque su destino es igualmente desolador. Puede sonar macabro, pero Yates siempre salva de alguna manera a sus personajes, por muy tristes que sean sus destinos. El autor parece decirnos que el misterio de la vida permanece inasible y que ser fiel a uno mismo es sólo el soporte, no la garantía de la satisfacción. Escrita como si fuese un edificio luminoso, lleno de puertas que dan a rincones oscuros, esta es sin duda una obra maestra.