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Artículo correspondiente al número 231 (27 de junio al 10 de julio de 2008)
Su precio ha escalado a niveles insospechados, al punto que la humanidad empieza a recibir señales de que la era de esta fuente de energía podría llegar a su fin. Por Guillermo Tagle
Con muchas las incertidumbres con las que el hombre debe lidiar en su vida: de qué vivir, cómo les irá a sus hijos y a sus empresas, etc. Desde que nace hasta que muere, el ser humano vive administrando expectativas e incertidumbres. Cuando las expectativas son pesimistas, el futuro se ve sombrío, se consume menos, se emprende menos, se hace y crece menos. Por el contrario, cuando hacia adelante todo parece mejor, se alienta el emprendedor, se inician proyectos, se consume, se crean bienestar y riqueza. El hombre sólo puede tener una certeza: que un día tendrá que morir. Respecto de lo que ocurre hoy en el mercado del petróleo, hay un parecido con lo anterior.
Hace unos 150 años el ser humano descubrió el petróleo. Poco a poco fue investigando y descubriendo formas de utilizarlo. Como combustible, calefacción, energía, transporte, salud, etc. Con el tiempo, la humanidad se fue haciendo cada vez más dependiente de este recurso, que parecía ilimitado, pero que luego de años de crecimiento y de la incorporación al consumo de los países más populosos, el mundo empieza a estar frente a un “jaque mate”.
El precio del petróleo ha escalado a niveles insospechados, al punto que la humanidad empieza a recibir señales de que la era de esta fuente de energía podría llegar a su fin. Los países productores se niegan a incrementar la producción, incluido Estados Unidos, que mantiene reservas “estratégicas” sin explotar, por su preocupación de que las existencias se empiecen a agotar antes de que hayan surgido sustitutos eficientes.
Si tenemos en cuenta que el hombre ha habitado el planeta por miles de años y probablemente lo haga por miles más, cuando se estudie historia en 500, 1.000 o 2.000 años, habrá una parte que estará marcada por un “breve” período que se inicia en la mitad del siglo 19, en el que el uso de un recurso permitió mejorar en forma explosiva la calidad de vida, hasta que, luego de un par de siglos, esa fuente se agotó y fue sustituida.
El incremento inelástico del consumo ha llevado el precio a niveles desorbitados, lo cual probablemente se mantenga hasta que surjan alternativas. Esto no va a ocurrir sin un período de fuertes ajustes, cambios y reestructuración de las formas de vida, en todas sus dimensiones (lo que vemos hoy en los noticiarios es un buen preámbulo). Nadie sabe si será esta crisis la que provoque el cambio radical hacia nuevas fuentes de energía, pero mientras más tiempo se mantenga el precio en los niveles actuales, más probable es que esta vez sí lo sea.
Que algún día (antes del fin de los tiempos) el petróleo se va a acabar o al menos no tendrá una explotación sustentable, es una verdad tan cierta como que un día nos vamos a morir.
Por ello, lo único claro es que siendo esta la realidad, todos los esfuerzos y herramientas de que como país dispongamos para enfrentar esta crisis deben estar orientados a desincentivar el consumo y a iniciar la investigación y el desarrollo de fuentes alternativas, como son la nuclear, la solar, la eólica o la hidráulica. Destinar recursos a suavizar los efectos de losprecios actuales en la población es necesario y fundamental, pero sólo con mecanismos que aseguren que la ayuda llega a los más pobres, no con mecanismos que faciliten la vida a los automovilistas, para seguir contaminando y atochando las calles. Un estudio del FMI en países emergentes concluye en que el 42% de los recursos destinados a subsidiar el petróleo llega directo al 20% más rico de la población, mientras que sólo el 10% llega al 20% más pobre. A buen entendedor, pocas palabras.