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Artículo correspondiente al número 234 (8 al 21 de agosto de 2008)
Reconocer los errores permite enmendar el rumbo, pero no evita tener que pagar los costos que se derivan de dichas equivocaciones. Por José Ramón Valente
Se dice que errar es humano, que todos cometemos errores y que el reconocimiento de tal acción es el primer paso, si no suficiente, en la búsqueda de un remedio al mal causado. Eso no siempre funciona así.
La economía chilena no ha estado exenta últimamente de episodios errados. A comienzos del año pasado, el Banco Central tomó la decisión de recortar la tasa de interés de modo de estimular una economía local que, a su juicio, se proyectaba alcanzaría hacia fines de 2007 una inflación bajo el 3% y una tasa de crecimiento que, si bien sería mayor a la del año anterior, necesitaba un impulso monetario que la llevara a crecer a un ritmo más dinámico. Tal juicio, y así fue reconocido por José de Gregorio, fue un error por parte del Central; un error que lo obligó a revertir ágil, aunque tardíamente, la baja en la tasa de interés, en circunstancias que las expectativas de inflación de los agentes de mercado se encontraban profundamente desancladas con las del Banco. Pero todos sabemos que el reconocimiento de un error no evita que el desacoplamiento de las expectativas permanezca, por lo que la lucha hacia una vuelta a la confianza en la meta ha sido ardua y se ha traducido en un fuerte aumento en la tasa de política, lo que inevitablemente tendrá efectos sobre el crecimiento y el nivel de desempleo. Ello en la medida en que las personas y las empresas se vean enfrentadas por un período más largo de tiempo a tasas de interés más altas, que los lleven a modificar sus conductas de consumo o se vean en la dificultad de acceder a créditos que les permitan comprarse una casa o iniciar nuevos proyectos de inversión.
Pero los errores en la economía chilena no terminan ahí. Tal como lo han reconocido tanto el ministro de Hacienda como el director de Presupuestos, la agresiva ejecución presupuestaria del primer semestre (que de acuerdo a cifras recientemente publicadas sería mayor a 10% durante los primeros seis meses de este año) ha puesto presiones adicionales sobre los precios al inyectar miles de millones de dólares en un momento en que la economía mostraba signos de un exceso de gasto. Este error de apreciación no sólo ha hecho más difícil la tarea de estabilización del Central, sino que también le genera el dilema a Hacienda de tener que ajustar el presupuesto del próximo año de manera mucho más restrictiva de lo que lo habría tenido que hacer si no hubiese ayudado a alimentar la hoguera infl acionaria, como bien lo dijo De Gregorio. El ajuste en el gasto público, por más que sea bienvenido por las cifras económicas, genera costos reales importantes, y no responde más que al costo de un error previsible, de haberse manejado con más mesura el bolsillo fiscal.
Y entonces, ¿qué sacamos con el reconocimiento y posterior corrección del error? Por supuesto que esto permite enmendar el rumbo. Sin embargo, los errores que se cometieron en el pasado llevarán inevitablemente a la economía chilena a crecer a un ritmo más lento el próximo año, con una inflación mayor a la anhelada y tasas de interés que se mantendrán en niveles altos, por un período más largo de lo deseado. El dilema entonces es cómo evitar que errores previsibles de hoy nos causen un dolor de cabeza mañana.
José Ramón Valente es director ejecutivo de Econsult.