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Artículo correspondiente al número 238 (3 al 16 de octubre de 2008)
La crisis, como una gangrena que progresa lentamente, está afectando a otras economías desarrolladas y al sector real de la economía. Por José Manuel Silva
La crisis financiera norteamericana es seguramente la mayor de su tipo desde el reventón del año 1929. En una semana todos los bancos de inversión de Wall Street dejaron de existir. Lehman Brothers tenía pasivos por más de 600 mil millones de dólares y Washington Mutual, por más 100 mil millones de dólares. Sus acreedores y accionistas perdieron todo. En general, las crisis bancarias han costado a los países entre 10 y 15 puntos de PGB. En este caso, esa cifra supera el trillón de dólares. Es más, la crisis, como una gangrena que progresa lentamente, está afectando a otras economías desarrolladas y al sector real. Suponemos que los errores de política económica que convirtieron a la crisis financiera del 29 en depresión mundial no se repetirán (restricción monetaria + proteccionismo + estatismo). Sin embargo, la probabilidad de recesión es hoy muy alta.
El colapso del mercado interbancario y de la emisión de efectos de comercio está afectando seriamente a las empresas productivas en su financiamiento de corto plazo. Todo esto se da en un trimestre electoral en que los tomadores de decisión están en otra. El presidente Bush sufre del síndrome del pato cojo en su versión aguda. Y todo hace pensar que el fuerte ciclo de inversión que gozó el mundo en los últimos cinco años se parará en seco. Asimismo, los consumidores de Estados Unidos han visto su patrimonio neto caer fuertemente, justo en un momento en que su tasa de ahorro está históricamente baja y muchos de ellos se aproximan inexorablemente a su edad de jubilar. Por lo tanto, su nivel de consumo estará deprimido por muchos trimestres.
Es poco probable que en un mundo donde se dejan de construir 2 millones de casas y se dejan de hacer por lo menos 3 millones de autos y la inversión se desacelera fuertemente, no caiga la demanda por materias primas. Esto ocurrirá y los precios de éstas caerán aún más porque se desharán posiciones especulativas basadas en ellas. Ello afectará a una parte relevante de los mercados emergentes. Lo bueno: descenderá la inflación, que dejará de ser un problema, y los bancos centrales podrán bajar las tasas de interés.
El próximo año no será tan fácil para Chile y sus habitantes como los cinco años previos. La disponibilidad de crédito para las empresas se verá reducida. Especialmente para las Pymes. Los consumidores deberán apretarse el cinturón (además de los dientes) y ello afectará al comercio, uno de los sectores más dinámicos de la bolsa chilena en los últimos años. Los bonos nominales, tanto del Tesoro chileno como del norteamericano, aparecen como una de las mejores alternativas de inversión.
Chile tiene un colchón de seguridad de 30.000 millones de dólares para estos años de vacas flacas. Las empresas en general no parecen estar muy endeudadas. Los bancos y el sistema financiero están sanos. Puede haber bolsones de sobreendeudamiento a nivel de los consumidores, lo que se puede agravar si la creciente inflexibilidad laboral se traduce en una mayor cesantía. Sin embargo, el país está preparado mejor que nunca para enfrentar un huracán. No se puede decir lo mismo de algunos países del vecindario, especialmente Argentina, Bolivia y Venezuela. Ello hará subir la temperatura geopolítica. Esto, en un año electoral. Esperemos que nuestra clase política se dé cuenta de por qué Chile es el país mejor preparado de esta región para enfrentar una crisis y qué hacer para mejorar/profundizar las instituciones que han permitido aquello.