Artículo correspondiente al número 262 (2 al 15 de octubre de 2009)
Reencontrarse con los ex compañeros de curso se está convirtiendo en un clásico. Asados, comidas o paseos a la playa, bien organizados, dan cuenta del valor de retomar viejas amistades. Por Mauricio Contreras
Primera sentencia: aunque no lo admitan, pocos se resisten a dejar de participar en una celebración de 10, 15, 20 ó 25 años de haber salido del colegio. Es posible que uno no pueda asistir por tener otros compromisos y tope de fechas, pero en general la tónica es de un entusiasmo por ir y ver a los amigos con los cuales uno forjó su vida escolar.
La definición del tema de esta columna está marcada por la experiencia personal que viví como ex alumno del Colegio Manquehue. Un colegio bueno para que la patota se reúna y que ha fomentado que sus canchas y quincho sean los lugares de encuentro para estas actividades. Recuerdo que cuando cumplimos los diez años de egresados se juntó gran parte de la generación de 1991, promediando cerca de 100 ex alumnos, cifra considerable si tomamos en cuenta que en total eran 120.
Con los años, Facebook y los correos electrónicos han facilitado el contacto para ubicar a los amigos a los cuales uno les perdió la pista. No son pocos los que se apoyan en Google para detectar en qué rumbos laborales anda un ex compañero del que no se sabe hace años. Tampoco falta el que que se fue a Chiloé o que vive fuera de Chile, pero que calzará sus viajes para poder asistir al asado.
Uno de los aspectos que genera mayor risa en estas reuniones son los cambios físicos que se experimentan con el correr de los años. Aparecen los que eran gordos en otra dimensión: flacos como palo; y los que eran delgados, con una abultada panza que da cuenta de que los placeres de la vida los acompañaron. Para qué hablar de las canas: algunos ya no tienen pelo negro y como contrapartida hay otros que están iguales que cuando teníamos 18.
Las historias en torno a estas celebraciones están matizadas por la producción y gestión de cada una de ellas. Los organizadores despliegan su arsenal de contactos para dar con el mejor dato de la carne, las cabañas apropiadas en el lago o en la playa e incluso no falta el que se pegó el pique al colegio y pidió los libros de clases para compartirlos con los asistentes.
Este último tema puede constituirse en la vedette de la ocasión. Ver las notas en Matemáticas o las expulsiones descritas por comer chicle durante Biología hace que volver a juntarse con los compañeros de toda una vida sea, hoy por hoy, un gran panorama y una excelente ocasión para disfrutar de la buena vida.