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De las buenas biografías del cantante, Frank Sinatra. El álbum es la mejor presentada y con mayor colaboración familiar. No hay distancia ni crítica hacia los claroscuros del personaje pero ¿quién necesita eso cuando puedes leer el telegrama que Grace Kelly le envió en 1954? Por Marisol García.
Los hay que pesan cinco kilos o tan pequeños como un cassette. Con todo tipo de discos añadidos y con prólogos de figuras de la alta política mundial. Llenos de fotos antes inéditas y con revelaciones que sorprenden hasta a sus esposas. De un tiempo a esta parte, el subgénero editorial de los libros sobre músicos constituye un universo de enorme diversidad, en el que la oferta no sólo está marcada por el rigor investigativo sino, sobre todo, por el atractivo de su presentación. Pese a ello, nunca habíamos visto un libro del brillo de Frank Sinatra. El álbum, la reciente joya de la casa española Global Rythm (distribuida en Chile por editorial Océano). La vista y el tacto pueden pasarse horas estimulados por esta producción de lujo que, sin embargo, dista de ser un libro para la mesa de centro que lucimos sin haber leído siquiera la solapa.
Frank Sinatra. El álbum es un libro y no un objeto. El recorrido biográfico por la trayectoria de La Voz es riguroso, con los datos justos para comprender su ascenso, y testimonios nunca antes recopilados de gente cercana: sus hijos Frank Jr., Tina y Nancy (“Conservó ese afán de sobrevivir toda su vida. Cada vez que le hacían una zancadilla, él se levantaba”, dice ella), los arregladores Billy May y Quincy Jones, el cineasta Billy Wilder, y amigos tan reconocibles como Dean Martin y Ronald Reagan. La mirada de indisimulada admiración del cantante hacia este último y su esposa durante una de las campañas electorales de Reagan aparece en el libro frente a una carta de saludo de cumpleaños de George Bush desde la Casa Blanca. Libros que analicen el conservadurismo político de Sinatra existen por montones, y esta no es una edición que busque entre líneas, sino un acopio transparente (y complaciente) de sus logros. Si vale los más de 40 mil pesos con que hoy figura en tiendas es por la presentación visual que se ha elegido para desplegar lo reunido por el Frank Sinatra Estate.
El título de este libro en inglés fue The Sinatra treasures, y parece más ajustado que el que se ha elegido en español. Se despliegan ante el lector una sucesión de auténticos tesoros familiares: treinta facsímiles extraíbles (insertos en sobres de papel mantequillla) con recuerdos como un guión de 1944 para uno de sus shows televisivos, una temprana carta suya de admiración dirigida a Cary Grant y un telegrama de agradecimiento de parte de Grace Kelly, varias fotos autografiadas para fans y entradas para conciertos a lo largo del mundo (incluyendo, ay, esa gira a Argentina de 1981 que bien podría haberlo dejado también en Chile). Un pequeño álbum fotográfico con estampas nunca antes vistas de su adolescencia y juventud revela que ya en esas imágenes en sepia, dentro de trajes algo grandes y de tela barata, sin guardaespaldas alrededor, Sinatra transmitía el encanto que sus capacidades en la música y la actuación convertirían en leyenda. “No sólo era cuestión de talento”, revela Quincy Jones en el prólogo, “también de educación y trabajo duro. Frank era un tipo de mundo, espabilado; un monstruo de la música con sus raíces en las grandes orquestas de jazz [...], pensaba y cantaba como un instrumento de viento”.
Charles Pignone, el recopilador y editor de todo el material, era la persona justa para la tarea. Existe en Estados Unidos una Sociedad Sinatra, de la que Pignone es presidente. Su cercanía con la familia del cantante lo convirtió, hace un tiempo, en su archivista oficial. Un CD adjunto elige pistas alternativas a la de un “grandes éxitos”: son actuaciones radiales, tomas descartadas, monólogos breves durante algunos shows y una regrabación de High hopes para la campaña electoral de John F. Kennedy. Fetichismo, si se quiere, pero del más elegante.
Recuerdos sacados del baúl
1. Afiche de la pelIcula Ocean’s Eleven de 1960, primer filme del Rat Pack sobre un grupo de veteranos que urden un plan para robar cinco casinos. La cinta no entusiasmó a los críticos, pero fue un gran éxito comercial.
2. Partitura de My way. Aunque terminó por definirlo, no era su canción preferida. La letra –adaptada al inglés por Paul Anka de un tema de los franceses François y Reveaux- le parecía autocomplaciente y egocéntrica. La grabó en 1968 con arreglos de Don Costa. No fue un éxito instantáneo, pero con el tiempo se convirtió en el himno de Sinatra, un sello distintivo de sus conciertos.
3. Pases a los camerinos para la función de tarde y noche. Sólo había una cosa mejor que ver a Sinatra cantar: ir a los camerinos. Estos codiciados pases para compartir con el artista después del show se repartían entre familiares y amigos. Era un gran anfitrión y sabía complacer a sus invitados.
4. Invitación del Golden Nugget para jugadores, septiembre de 1983. Cuando Sinatra actuaba en Atlantic City siempre causaba furor. Aparte de cantar para la “chusma”, como dice esta invitación, montaría ese año un espectáculo exclusivo junto a Dean Martin para apostadores de alto vuelo, que todavía se recuerda.
5. Carta de agradecimiento de Jerry Lewis, del 6 de septiembre de 1976. Sinatra siempre se las arreglaba para participar en la “telemaratón” que Lewis organizaba cada año contra la distrofia muscular. En 1976 no sólo actuó sino que preparó una sorpresa: invitó en secreto a Dean Martin, quien estaba peleado con Lewis. Al subir al escenario, los ex amigos se reconciliaron.
6. Telegrama de Grace Kelly del 26 de marzo de 1954, felicitando a Sinatra por su Oscar por su actuación en "De aquí a la eternidad".
7. Entrada para “La Voz en Argentina”, 10 de agosto de 1981. Poco después de haber ofrecido un concierto en África, contra el racismo y el apartheid, Sinatra puso rumbo a Buenos Aires, donde cantó poco más de una hora. En una jornada dedicada a los hits, empezó con Fly me to the moon y terminó con My way. No pasó por Chile.

