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| “Shakespeare es el mayor desafío" |
El escritor Jaime Collyer, que tiene una larga trayectoria trasladando obra del ingles al español, revela las particularidades del oficio.-¿Como ha sido tu experiencia en traducciones? -Partí en España, el 87. El director editorial de Mondadori-Madrid, Julio Ollero, me encargó traducir una novela acerca de Cristóbal Colón. Fue providencial, la marraqueta bajo el brazo con que llegó al mundo mi hijo, que estaba por entonces dentro de su madre. A mí me encantó la experiencia y nunca más dejé de hacerlas, mientras seguí en España. Era un trabajo solitario y un ejercicio con la palabra, calzaba con mi escasa vocación gregaria y mi vocación literaria. De hecho, he vuelto a hacerlas cada tanto, para Sudamericana, Andrés Bello y el CEP en Chile, y para Seix-Barral en Madrid, cuando estuve de vuelta en 2006. Es un trabajo muy higiénico, relajado y, en España al menos, bien pagado. Se puede vivir de ello si traduces un libro cada dos meses, que era mi ritmo de labor, a razón de unas diez a quince carillas diarias, por las mañanas. Cortázar decía que la traducción de ficciones –yo he traducido ficciones, libros de cocina y lo que me dieran– es un buen ejercicio para un narrador porque debe reescribir en su idioma un argumento que otro autor ya confeccionó. A mí me encantaba traducir ficción, narrativa, novelas, cuentos. Las traducciones que me repateaban eran las de temas científicos o turísticos, que son muy monocordes. Quizás más fáciles para el común de los traductores, pero monocordes, sin gracia. Y por cierto que hay autores más complejos que otros. En el 98 traduje el Otelo de Shakespeare. Es lo más difícil que he hecho: traducir a Shakespeare es el mayor desafío al que un narrador puede enfrentarse. Es un compendio de lenguaje epocal, giros personales, juegos de frases, datografía histórica y referencias cultas, guiños al lector y, además, construcciones sintácticas inimitables, propias sólo de Shakespeare. -¿Qué te parecen esas traducciones que hacen, sobre todo en España, llenas de modismos? -No me gusta nada esa propensión eurocéntrica y me parece que distorsiona claramente el producto y las intenciones del autor. Un ejemplo muy nítido de esa clase de errores lo dio Camilo José Cela cuando le encargaron traducir los subtítulos de la película Lenny de Bob Fosse. El Lenny Bruce de Cela resultó como un stand up comedian yanqui en una tasca madrileña de la posguerra civil, un asco, estropeó por completo la labor de Bruce. Pero hay cosas muy buenas que también se hacen en España. La versión de Lolita en Anagrama es muy lograda y no era fácil. También, las traducciones de Henry Miller que ha hecho Carlos Manzano. Las traducciones de Kundera, hechas del checo, son de lo mejor y no pecan de esa adhesión malsana al coloquialismo del momento, como hacía Cela. -¿Qué importancia tiene para un autor que su obra sea traducida a otra lengua? -En el 96 me tradujeron Gente al acecho al inglés, en EE.UU. y ello posibilitó por sí mismo que fuera recepcionado en el New York Times y una muy buena reseña crítica en el suplemento dominical del diario. Fue un espaldarazo irremplazable. Entiendo que la academia sueca, cuando considera autores de otras lenguas aparte del sueco, suele examinar las versiones en inglés de esos autores. Así que la importancia del inglés es indispensable si uno quiere ganarse el Nobel. -Pensando en el reciente éxito de Bolaño, ¿por qué crees que es tan difícil entrar en EEUU para un autor no inglés? -Es una cuestión de porcentajes. El 3% de todo lo que se publica anualmente en EE.UU., entiéndase el 3% apenas, son traducciones, autores de otras lenguas. En ese 3% están García Márquez y Kundera, y todos los demás. Es muy difícil posicionarse en ese mercado, lo de Bolaño es una hazaña mayor, posmortem, posiblemente influida por una muy buena labor de su agente literario y, desde luego, porque Bolaño es un genio. Los genios siempre llegan, aunque sea después de muertos. -¿Se puede vivir de las traducciones? -Se puede y hasta se puede alimentar con infinita dignidad a un hijo recién nacido en un país europeo. Hay unas tarifas más o menos fijas en el mercado editorial, al menos en el español o el argentino, que te permiten planificar tu rendimiento y tus ingresos. En el 2006 eran, si mal no recuerdo, unos 15 a 20 euros por página. Haciendo diez carillas diarias de lunes a viernes, se podía llegar a ganar una suma razonable; para el alquiler, la comida, y para financiar la media jornada que debía dejarme libre para escribir mis propias cosas. |
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