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Luego de las sacudidas del terremoto, Jorge Edwards hace una pausa y adelanta en estra entrevista su nueva novela -que mezcla la vida de Montaigne con sus propios recuerdos-, se refiere a la política cultural de Piñera y analiza por qué la crítica en Chile lo trata mal. "Si me joden mucho, me voy a España", amenaza. Por Marcelo Soto; Fotos, Verónica Ortiz.
Jorge Edwards estaba en su dormitorio, la madrugada del pasado 27 de febrero, cuando la cama empezó a moverse como si fuese un velero en medio de una tormenta. Nunca fue más certero el apelativo de “el buque” con que suele llamarse al edifi cio frente al Santa Lucía donde el escritor vive desde hace décadas. “Fue aterrador. Luego comprobé que nada grave había pasado, salvo algunas cosas que se cayeron y algunas grietas en las paredes, y traté de seguir durmiendo. No había nada más que hacer”, cuenta el autor de El peso de la noche.
Hace poco Edwards recibió la nacionalidad española, lo que –sumado a un letrero que dice Se vende justo al lado de su departamento en el quinto piso– alimentó la versión de que el escritor estaba pensando tomar maletas y mudarse a Madrid, una ciudad en la que siempre se ha sentido a gusto. “Si me joden mucho acá, me voy a España”, advierte Edwards, quien por el momento descarta dejar Santiago, aunque espera pasar temporadas cada vez más largas en Europa. De hecho, ahora mismo parte a una especie de gira de 45 días por Estambul, Canarias y Oslo.
“A mí me habían hablado varias veces que si yo quería me hacían los trámites para tener pasaporte español. Vargas Llosa lo tiene, y otras personas que conozco. Yo voy tanto a España que es engorroso cada vez que llegas tener que formar una cola enorme. Después, si te quedas más de tres meses, te piden permiso de residencia. Es un lío. En cambio, con el pasaporte español uno puede quedarse donde quiera, porque es un pasaporte de la Unión Europea. La última vez que me ofrecieron la posibilidad, la acepté, mandé una carta y aprobaron la solicitud. Está concedida legalmente, es una decisión del Consejo de ministros españoles y el rey tiene que acatarla. Tengo que hacer unos trámites finales para que me den los papeles. Por ejemplo, decir en qué lugar quiero votar. Estoy muy viejo para eso, pero si me joden mucho acá, y me joden bastante, me voy a España”, insiste, no sin antes aclarar que a sus 78 años se siente en plena forma creativa: “mientras la cabeza me dure voy a seguir escribiendo”.
Edwards está cansado del clima intelectual del país. “Hay mucho energúmeno, una actitud muy confrontacional, muy áspera. Y también mucho embrollo burocrático para todo”, explica. Y da un ejemplo: “mañana doy una conferencia en una universidad y me han pedido miles de cosas, y cuando pensé que había terminado, me dicen que mande quince páginas explicando la conferencia. ¡Quince páginas! Y todo por el mismo precio, que era bastante poco. El asunto es que estoy terminando una novela, prefiero el suicidio a 15 páginas… En España todo es más simple y puedo vivir de las cosas que me piden. A cada rato me piden cosas. Y si estás es España y te piden algo de Noruega, no cuesta nada viajar y volver. En cambio, acá es difícil”.
Su nueva novela
El día de esta entrevista, 14 de abril, Edwards le puso punto final a su nueva novela, La muerte de Montaigne, que recrea los últimos días del francés, y que mezcla memorias, ensayo y ficción. “Mi tema es la libertad”, dice el escritor. “Toda la vida he leído a Montaigne. Tiene una actitud de tolerancia, de humor, muy interesante para mí, me siento identificado con el personaje. Finalmente he escrito una novela ensayo que podría llamarse Montaigne y yo. Aparece Montaigne en relación con la política chilena de hoy. Le mandé la primera versión a Carmen Balcells, está bien entusiasmada”.
-¿Por qué le interesa esta parte de la vida de Montaigne?
- En la novela hay dos cosas que me interesaron: hay una actuación diplomática de Montaigne muy sutil, en que ayuda a la sucesión dinástica en Francia, porque el problema es que el heredero legítimo al trono era protestante, y entonces España, el Vaticano, y todo el bando católico francés estaban en contra. Era una guerra a muerte. Y Montaigne le aconseja a quien va a ser Enrique IV: “acérquese a los católicos, en lo posible hágase católico. Pero sea usted un católico equilibrado, no un fanático. Deles libertad para ejercer su religión a los protestantes”. Es una movida diplomática extraordinaria. Y la hace de una manera extraordinaria, también. Montaigne era un mujeriego poco activo, le gustaban las mujeres pero no era muy dado a llegar al acto físico, lo encontraba aburrido. Alguna vez dijo: “tuve suerte porque sólo me contagiaron tres enfermedades venéreas en mi vida, más bien leves, y me salvé”. Por vecindad, en el campo, él conoce a una amante de Enrique IV, antes de que fuera rey, que es católica moderada. Montaigne influye mucho en ella, y ella influye en el futuro rey porque está en la cama con él. Bastante curiosa la historia. Entonces, la relaciono a cada rato con mi propia vida, con Chile. La novela salió divertida, bastante legible, salió moderna, porque es un juego entre el ensayo, las memorias y la ficción.
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Cuba y Fidel |
-Hasta ahora no hay política cultural. Hoy estuve con Fernando García, el compositor, y me dice “está todo mal hecho, hay una serie de leyes que hizo Pinochet que siguen en pie”. Es algo que viene de atrás y que la Concertación mantuvo. Por ejemplo, a un músico le dan una beca sólo desde que está en la universidad, pero no se saca nada, porque los músicos se forman a partir de los 8 años de edad. Mi mamá contaba de un concierto que dio Claudio Arrau en La Moneda en la época de Ramón Barros Luco, y mi mamá tenía 6 años, por algún motivo fue con alguna tía, y fue fantástico, decía mi mamá. Y al fi nal del concierto, Barros Luco le dio una beca a Arrau para estudiar en Alemania. Tenía 11 años. Llegó con su madre a Alemania, los alojó en su casa el profesor, que era discípulo directo de Liszt. Esa fue la formación de Arrau, porque no había estas normas ridículas de hoy: ahora tendría que haber estado matriculado en una universidad para que le pudieran dar la beca. Una lesera. Y así hay muchas cosas que no funcionan.
-Usted ahora es miembro del Consejo de Cultura. ¿Se lo pidió el presidente?
-Luciano Cruz Coke me llamó un día y nos juntamos aquí, en la Plaza Mulato, una mañana, y me dijo que Piñera me mandaba a decir que fuera miembro del consejo en representación del ministro de Educación, que es Joaquín Lavín. “A ver si puedo hacer algo, pero no tengo mucho tiempo”, le dije a Luciano. Y después me llamó Lavín, preocupado por conocer mis impresiones. Le hice mis comentarios y eso fue todo.
-¿Le pidieron algún énfasis?
-Lo que encargó Piñera a Luciano fue una cosa: fomento a la lectura. En eso estoy de acuerdo. Porque creo que aquí se han dado centenares de becas a gallos para que escriban libros de poemas, y no han escrito nada. En cambio, hay que apoyar que en la música haya público, que para los libros haya lectores, para el teatro, espectadores.
-¿Cree que se deberían modifi car los fondos concursables?
-Luciano en algún momento habló de los fondos concursables; es una parte del presupuesto del ministerio de Cultura. Entonces, naturalmente, él no querría disminuirlos, sino aumentarlos, pero piensa que hay que cambiar la forma de usarlos. En los últimos años se ha estimulado excesivamente que haya toda clase de artistas y de poetas en Chile, y no es esa la idea. Los artistas son la excepción. En el artista tiene que haber una calidad y una jerarquía. Lo que es democrático es que todos tengan acceso, que los niños puedan leer libros y puedan ir a los conciertos, hay que actuar por ese lado, no por el lado de que todos sean poetas. Hay una plaga de malos poetas en este país. Una maleza poética y literaria.
-¿Qué le parece esta polémica por el Teatro a mil, que recibió mil millones de la presidencia de Bachelet?
-Yo no he visto una obra del Teatro a mil. Me pregunto si vale la pena. Yo soy viejo y eso te permite comparar: cuando yo tenía 18 años, iba al teatro y vi grandes clásicos, Pirandello, Moliére, Shakespeare, Camus, eso era muy educativo, muy estimulante, volvías a casa a leer las obras. Ahora todo es ruido, se apuesta en general por cosas muy espectaculares y circenses, que quizá no tienen gran valor. ¿Vale la pena gastar tanta plata para pasear una muñeca gigante por Santiago? No estoy seguro. Tengo mis dudas.
-¿Cuál es el legado cultural de la Concertación?
-Creo que la situación cultural en Chile es pobre, atrasada. Hay pocos libros, pocas librerías, el teatro es muy espectacular pero no es gran teatro. Yo voy a París desde hace años, y siempre hay 20 obras que se están dando al mismo tiempo, Becket en un lado, Moliére en otro, Shakespeare en otro, hay cosas modernas y antiguas, y todas las salas llenas de bote en bote, viejos, niños, empleadas, choferes de taxis. Estamos tan lejos de eso. La Concertación ha hecho muy poco por la cultura, cosas muy vistas y demagógicas, pero nada perdurable.
Premio nacional “Si le toca a un prosista, encuentro que tiene sentido que se lo gane Isabel Allende, es un fenómeno literario universal. Al pobre Enrique Lafourcade habría que darle el premio para que no sufra más. Está mal de salud. Los escritores chilenos son especialistas en sufrir, son sufridores, como Marín y la Diamela. Salvo Skármeta, que anda feliz y contento. Hay poca alegría, poca gracia, poca espontaneidad en el mundo literario chileno” |