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"Mientras la cabeza me dure, voy a seguir escribiendo"
Artículo correspondiente al numero 274 (23 de abril a 7 de mayo de 2010)

Luego de las sacudidas del terremoto, Jorge Edwards hace una pausa y adelanta en estra entrevista su nueva novela -que mezcla la vida de Montaigne con sus propios recuerdos-, se refiere a la política cultural de Piñera y analiza por qué la crítica en Chile lo trata mal. "Si me joden mucho, me voy a España", amenaza. Por Marcelo Soto; Fotos, Verónica Ortiz.

 

Jorge Edwards estaba en su dormitorio, la madrugada del pasado 27 de febrero, cuando la cama empezó a moverse como si fuese un velero en medio de una tormenta. Nunca fue más certero el apelativo de “el buque” con que suele llamarse al edifi cio frente al Santa Lucía donde el escritor vive desde hace décadas. “Fue aterrador. Luego comprobé que nada grave había pasado, salvo algunas cosas que se cayeron y algunas grietas en las paredes, y traté de seguir durmiendo. No había nada más que hacer”, cuenta el autor de El peso de la noche.

Hace poco Edwards recibió la nacionalidad española, lo que –sumado a un letrero que dice Se vende justo al lado de su departamento en el quinto piso– alimentó la versión de que el escritor estaba pensando tomar maletas y mudarse a Madrid, una ciudad en la que siempre se ha sentido a gusto. “Si me joden mucho acá, me voy a España”, advierte Edwards, quien por el momento descarta dejar Santiago, aunque espera pasar temporadas cada vez más largas en Europa. De hecho, ahora mismo parte a una especie de gira de 45 días por Estambul, Canarias y Oslo.

“A mí me habían hablado varias veces que si yo quería me hacían los trámites para tener pasaporte español. Vargas Llosa lo tiene, y otras personas que conozco. Yo voy tanto a España que es engorroso cada vez que llegas tener que formar una cola enorme. Después, si te quedas más de tres meses, te piden permiso de residencia. Es un lío. En cambio, con el pasaporte español uno puede quedarse donde quiera, porque es un pasaporte de la Unión Europea. La última vez que me ofrecieron la posibilidad, la acepté, mandé una carta y aprobaron la solicitud. Está concedida legalmente, es una decisión del Consejo de ministros españoles y el rey tiene que acatarla. Tengo que hacer unos trámites finales para que me den los papeles. Por ejemplo, decir en qué lugar quiero votar. Estoy muy viejo para eso, pero si me joden mucho acá, y me joden bastante, me voy a España”, insiste, no sin antes aclarar que a sus 78 años se siente en plena forma creativa: “mientras la cabeza me dure voy a seguir escribiendo”.

Edwards está cansado del clima intelectual del país. “Hay mucho energúmeno, una actitud muy confrontacional, muy áspera. Y también mucho embrollo burocrático para todo”, explica. Y da un ejemplo: “mañana doy una conferencia en una universidad y me han pedido miles de cosas, y cuando pensé que había terminado, me dicen que mande quince páginas explicando la conferencia. ¡Quince páginas! Y todo por el mismo precio, que era bastante poco. El asunto es que estoy terminando una novela, prefiero el suicidio a 15 páginas… En España todo es más simple y puedo vivir de las cosas que me piden. A cada rato me piden cosas. Y si estás es España y te piden algo de Noruega, no cuesta nada viajar y volver. En cambio, acá es difícil”.

Su nueva novela

El día de esta entrevista, 14 de abril, Edwards le puso punto final a su nueva novela, La muerte de Montaigne, que recrea los últimos días del francés, y que mezcla memorias, ensayo y ficción. “Mi tema es la libertad”, dice el escritor. “Toda la vida he leído a Montaigne. Tiene una actitud de tolerancia, de humor, muy interesante para mí, me siento identificado con el personaje. Finalmente he escrito una novela ensayo que podría llamarse Montaigne y yo. Aparece Montaigne en relación con la política chilena de hoy. Le mandé la primera versión a Carmen Balcells, está bien entusiasmada”.

-¿Por qué le interesa esta parte de la vida de Montaigne?


- En la novela hay dos cosas que me interesaron: hay una actuación diplomática de Montaigne muy sutil, en que ayuda a la sucesión dinástica en Francia, porque el problema es que el heredero legítimo al trono era protestante, y entonces España, el Vaticano, y todo el bando católico francés estaban en contra. Era una guerra a muerte. Y Montaigne le aconseja a quien va a ser Enrique IV: “acérquese a los católicos, en lo posible hágase católico. Pero sea usted un católico equilibrado, no un fanático. Deles libertad para ejercer su religión a los protestantes”. Es una movida diplomática extraordinaria. Y la hace de una manera extraordinaria, también. Montaigne era un mujeriego poco activo, le gustaban las mujeres pero no era muy dado a llegar al acto físico, lo encontraba aburrido. Alguna vez dijo: “tuve suerte porque sólo me contagiaron tres enfermedades venéreas en mi vida, más bien leves, y me salvé”. Por vecindad, en el campo, él conoce a una amante de Enrique IV, antes de que fuera rey, que es católica moderada. Montaigne influye mucho en ella, y ella influye en el futuro rey porque está en la cama con él. Bastante curiosa la historia. Entonces, la relaciono a cada rato con mi propia vida, con Chile. La novela salió divertida, bastante legible, salió moderna, porque es un juego entre el ensayo, las memorias y la ficción.

Cuba y Fidel

“La muerte de este ejecutivo chileno es sospechosa. Cuando hay suicidios en Cuba es para preocuparse, porque muchas veces son otra cosa. Pero te hago una comparación: en los 60, la hegemonía cultural la tenían Fidel Castro, el Che Guevara, ellos eran los héroes de la década, ahora no. Hoy Fidel Castro no es héroe para nadie. Es un cambio cultural profundo y definitivo. No es que Fidel haya perdido algo, como dicen algunos analistas por aquí; no, perdió todo. Fidel Castro ya no es nadie. Tiene poder, pero no influencia. No tiene influencia moral, política, cultural, ninguna. Yo creo que la guerra de la historia finalmente la perdió, es un dictador como cualquier otro”


-En cierta forma Motaigne es un personaje que supo hacer una transición, el tipo de personajes que destaca Javier Cercas en Anatomía de un instante, sobre la transición española.


-Supo hacer una transición con mucha inteligencia y un sentido de la libertad enorme y con poca afición a la política. Porque cuando ya era rey, Enrique IV lo llamó a la corte y la carta de contestación de él es sensacional. Yo hago un capítulo con esa carta, que dice: “mire, he estado feliz de servirlo a usted y si fuera a la corte no le cobraría nada. Si se me acabara la plata se lo diría con toda franqueza y sería servidor suyo por menos plata que mucha de la gente que está al lado suyo. Lo único que quiero ahora es leer y escribir, he llegado a esta etapa de mi vida, y no quiero otra cosa, así que por favor excúseme”. El rey se picó. No le gustó nada la respuesta. Las invitaciones del rey eran órdenes. Y Montaigne se quedó en su casa. Entonces yo tomo a Montaigne en esa opción final.

“Hasta ahora no hay política cultural”

-Fue muy comentado su apoyo a Piñera en segunda vuelta, pero hasta ahora no ha dicho por quién votó la primera vez. ¿Por Marco Enríquez?

-No, por Piñera. No me convenció votar por MEO.

-¿Por la gente cercana a Fidel Castro que lo apoyaba?


-No me gusta Marambio para nada, la verdad. Si Marambio dice que Fidel es su papá, yo le dijo que se vaya a freír espárragos, no estaba dispuesto a apoyar a un chico inexperto como MEO que tiene jefe de campaña a un gallo que dice que Fidel Castro es su papá… Aparte, MEO no me pareció coherente. Yo pensé que era conveniente una alternancia, mientras eso no implicara un retroceso social. La derecha necesita hacerlo bien para ser una opción política a futuro. Pensé votar en blanco, pero no me gustaba. No lo dije en la primera vuelta, pero después pensé en mis lectores. Tenía que ser honesto con ellos.

-Su opción también debe haber provocado cierto ruido afuera, ¿no?

-Sí claro, me llevaron a España y participé en un debate televisivo con José Joaquín Brunner. Después me llevaron a una entrevista en televisión en que el entrevistador era muy fregado, me quería agarrar por un lado o por otro, de por qué ahora estaba aliado con los pinochetistas, etc. Yo no me pasé a la derecha, yo soy igual a lo que era antes. Voté así porque en ese momento me parecía que me representaba mejor. Ahora me sonríen más los de la derecha, encuentran que escribo muy bien (risas). En mi círculo de amistades hubo gente que me dijo “oye, lo que hiciste me gustó, pero no me atrevo a hacerlo”. Tenían envidia de que yo haya podido y ellos no.

-¿Es optimista frente a la política cultural del nuevo gobierno?

 


-Hasta ahora no hay política cultural. Hoy estuve con Fernando García, el compositor, y me dice “está todo mal hecho, hay una serie de leyes que hizo Pinochet que siguen en pie”. Es algo que viene de atrás y que la Concertación mantuvo. Por ejemplo, a un músico le dan una beca sólo desde que está en la universidad, pero no se saca nada, porque los músicos se forman a partir de los 8 años de edad. Mi mamá contaba de un concierto que dio Claudio Arrau en La Moneda en la época de Ramón Barros Luco, y mi mamá tenía 6 años, por algún motivo fue con alguna tía, y fue fantástico, decía mi mamá. Y al fi nal del concierto, Barros Luco le dio una beca a Arrau para estudiar en Alemania. Tenía 11 años. Llegó con su madre a Alemania, los alojó en su casa el profesor, que era discípulo directo de Liszt. Esa fue la formación de Arrau, porque no había estas normas ridículas de hoy: ahora tendría que haber estado matriculado en una universidad para que le pudieran dar la beca. Una lesera. Y así hay muchas cosas que no funcionan.

-Usted ahora es miembro del Consejo de Cultura. ¿Se lo pidió el presidente?

-Luciano Cruz Coke me llamó un día y nos juntamos aquí, en la Plaza Mulato, una mañana, y me dijo que Piñera me mandaba a decir que fuera miembro del consejo en representación del ministro de Educación, que es Joaquín Lavín. “A ver si puedo hacer algo, pero no tengo mucho tiempo”, le dije a Luciano. Y después me llamó Lavín, preocupado por conocer mis impresiones. Le hice mis comentarios y eso fue todo.

-¿Le pidieron algún énfasis?

-Lo que encargó Piñera a Luciano fue una cosa: fomento a la lectura. En eso estoy de acuerdo. Porque creo que aquí se han dado centenares de becas a gallos para que escriban libros de poemas, y no han escrito nada. En cambio, hay que apoyar que en la música haya público, que para los libros haya lectores, para el teatro, espectadores.

-¿Cree que se deberían modifi car los fondos concursables?

-Luciano en algún momento habló de los fondos concursables; es una parte del presupuesto del ministerio de Cultura. Entonces, naturalmente, él no querría disminuirlos, sino aumentarlos, pero piensa que hay que cambiar la forma de usarlos. En los últimos años se ha estimulado excesivamente que haya toda clase de artistas y de poetas en Chile, y no es esa la idea. Los artistas son la excepción. En el artista tiene que haber una calidad y una jerarquía. Lo que es democrático es que todos tengan acceso, que los niños puedan leer libros y puedan ir a los conciertos, hay que actuar por ese lado, no por el lado de que todos sean poetas. Hay una plaga de malos poetas en este país. Una maleza poética y literaria.

-¿Qué le parece esta polémica por el Teatro a mil, que recibió mil millones de la presidencia de Bachelet?

-Yo no he visto una obra del Teatro a mil. Me pregunto si vale la pena. Yo soy viejo y eso te permite comparar: cuando yo tenía 18 años, iba al teatro y vi grandes clásicos, Pirandello, Moliére, Shakespeare, Camus, eso era muy educativo, muy estimulante, volvías a casa a leer las obras. Ahora todo es ruido, se apuesta en general por cosas muy espectaculares y circenses, que quizá no tienen gran valor. ¿Vale la pena gastar tanta plata para pasear una muñeca gigante por Santiago? No estoy seguro. Tengo mis dudas.

-¿Cuál es el legado cultural de la Concertación?


-Creo que la situación cultural en Chile es pobre, atrasada. Hay pocos libros, pocas librerías, el teatro es muy espectacular pero no es gran teatro. Yo voy a París desde hace años, y siempre hay 20 obras que se están dando al mismo tiempo, Becket en un lado, Moliére en otro, Shakespeare en otro, hay cosas modernas y antiguas, y todas las salas llenas de bote en bote, viejos, niños, empleadas, choferes de taxis. Estamos tan lejos de eso. La Concertación ha hecho muy poco por la cultura, cosas muy vistas y demagógicas, pero nada perdurable.

Premio nacional

“Si le toca a un prosista, encuentro que tiene sentido que se lo gane Isabel Allende, es un fenómeno literario universal. Al pobre Enrique Lafourcade habría que darle el premio para que no sufra más. Está mal de salud. Los escritores chilenos son especialistas en sufrir, son sufridores, como Marín y la Diamela. Salvo Skármeta, que anda feliz y contento. Hay poca alegría, poca gracia, poca espontaneidad en el mundo literario chileno”
-¿Cómo le ha parecido este primer mes de Piñera?

-Arturo Fontaine le puso un cuatrito, yo le pongo un 4,5. Evidentemente han cometido torpezas, básicamente por el hecho de no haber estado en el gobierno mucho tiempo, pero esta cosa de Chilevisión es jodida, es complicada y se veía venir. Pudo haberse evitado. Yo era amigo de su padre, de Pepe, trabajamos juntos en mis primeros años en la diplomacia en temas económicos, porque yo estudié Derecho y algo de Economía, y cuando ingresé a la diplomacia descarté protocolo, porque tienes que estar en comidas, en banquetes, te invaden la vida personal. En la sección económica, en cambio, tú hacías bien un trabajo y te ibas para la casa. Así podía escribir en la noche. Entonces en París me tocó trabajar preparando la visita de Frei Montalva a Francia con Pepe Piñera y con Raúl Sáez, viendo préstamos para Chile, el intercambio comercial. A Piñera mismo no lo conozco mucho, vamos a ver cómo sale. He conversado con él un poco. El se entusiasmó con la columna en que le di mi apoyo y me llamó por el celular, pero fuera de eso, nada más.

-¿Cuál piensa que es la mirada de Piñera sobre el mundo intelectual?


-El admira y respeta mucho a Vargas Llosa. Pero lo respeta porque es famoso, lo que respeta es la fama de Vargas Llosa; no creo que conozca su obra. Si me preguntas, yo puedo olfatear que a Piñera los intelectuales entre que lo desconciertan y no le gustan. El último presidente de Chile que tuvo afición espontánea por el arte y la cultura fue Jorge Alessandri. Ocupaba el palco presidencial del Municipal cada vez que había un concierto, una ópera, tenía esa cosa como de simpatizar instintivamente con la gente de letras. Eduardo Frei padre hacía unos almuerzos de intelectuales, un poco de relaciones públicas, escribía cosas re malas, pero escribía. Lagos hizo esas conferencias en la Moneda. Tenía una cierta sensibilidad cultural, pero nada muy relevante.

-Como ex diplomático, ¿qué le ha parecido el manejo del gobierno en el tema?


- Acá se cree que la diplomacia no es profesión, pero tiene sus complejidades y sutilezas. Durante los años de la Concertación hubo diplomáticos que eran unos adefesios, que hicieron tonterías extraordinarias y muchas barbaridades. Por ejemplo: cuando nombraron a un ex director de Gendarmería de agregado cultural en Madrid. Algunos creen que eso no tiene consecuencias, pero a mí los escritores españoles me decían: “esto es una afrenta. No puede ser que de Chile nos manden a un gendarme”. El tipo era buena persona, pero son gestos y símbolos y los españoles lo tomaron muy mal. Parece que Piñera tiende a nombrar más diplomáticos de carrera, y eso es positivo. Pero Sarkozy lo invitó y no tiene embajador en París. Lo va a tener que nombrar el fin de semana, mandarlo a París y seguramente el gallo no va a saber nada del tema.

-¿Cómo evalúa su actuación en sus primeras giras?

-He visto mucho gesto para caer simpático, le habla de fútbol a Lula. Bueno, el tipo es rápido, y tiene un sentido de la adaptación envidiable. Pero va a tener que entender que la diplomacia es una cosa compleja y que necesita una cierta sabiduría, y que en eso la experiencia es importante.

La crítica y los premios

-En Chile, fue bastante maltratada su última novela, La Casa de Dostoievsky.


-La trataron muy mal en Chile. Pero siempre alguien me dice que le gustó. Ayer me llamó desde Buenos Aires, Roberto Alifano, que fue secretario de Borges: “me llevé tu novela para un viaje y lo pasé fantástico”, me contó. Siempre me pasa algo así, pero aquí fue cerrada la cosa. Una barrera de artillería.

-¿A qué cree que se debió esa reacción?

-Quizá mi error fue que no dije que el protagonista no era Enrique Lihn, sino una mezcla de varias cosas, de varios personajes. No debí crear una duda con la identidad del personaje. En la novela digo que se rumorea que es medio maricón y que tiene una escena de pedofilia por ahí y varios dijeron: “no, el pedófilo es Edwards”. Lanzaron unas injurias de Derecho Penal. Lo cual además es de un machismo, de una homofobia increíble, porque si yo fuera maricón, qué tanto.

-¿Afuera tuvo mejor acogida?

-Hubo varias críticas españolas, mexicanas, que entre otras cosas afirmaron: Edwards a pesar de todo, a pesar de su edad, está en plena forma literaria. Eso me parece interesante, es algo que no se dice de García Márquez. Hay un divorcio con la crítica chilena. El crítico de La Tercera me sacó la cresta y todavía no entiendo por qué, y después elogió y dejó por los cuernos de la luna a una novela espantosamente mala de Antonio Gil.

-¿Le dan ganas de irse a España por eso?


-Hay algo de eso. Hay simpatías y cariños de lectores, pero el clima de la crítica oficial es bastante negativo para mí. Y es curioso: desde que saqué el premio Cervantes, eso empeoró. Como que sacó pica.

-¿Si La Casa de Dostoievski no hubiese sacado el premio Planeta Casa América, la respuesta hubiese sido distinta?


-La crítica le tiene una antipatía parida a los premios y si te llegas a sacar un premio, te dan las penas del infierno. Te voy a contar como saqué ese premio. Entregué mi novela a la Carmen Balcells. De repente me llamó de Buenos Aires, un editor de Planeta, Ricardo Sabanes. “Oye Jorge, ¿por qué no te presentas al Premio Planeta?” Le dije: “No sé. Si llego a sacar ese premio, aquí me van a sacar la cresta”. Un día me pregunta: “¿puedo ir a Santiago a verte?” Y vino. El sentado aquí, yo acá. Y me dice: “hombre, si tienes el premio en la mano, por la siguiente razón: porque el miembro del jurado que representa a Planeta te quiere dar el premio de todas maneras; el que representa a Casa América también te quiere dar el premio, son dos votos de cinco. Pero Alvaro Pombo ya leyó tu novela y le encantó, también te quiere dar el premio, así que lo tienes”. Entonces yo le dijep: “espérame un poco, déjame pensarlo”. Sabanes vino en la tarde, mis dos hijos vinieron a comer, y les comenté el asunto: “no sé, me van a joder”. “No seas tonto”, me dijeron, “son 200 mil dólares”. Y me lancé. En fin, me saqué el premio y me sacaron la cresta. Como yo pensaba.

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Comentarios

1 Comentarios

Cristal Deluz :

Publicado Viernes 14 de Mayo, 2010 - 10:42 hrs

Oiga, Edwards, si le molestó el nombramiento de un arquitecto como Agragado Cultural en Madrid, qué les pareció la gestión de Arturo Gatica en el mismo cargo a sus amigos los intelectaules españoles??

 

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