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Libros
La persistencia del miedo
Artículo correspondiente al numero 271 (12 al 25 de marzo de 2010)

 

El terremoto de Chile, un relato escrito en 1806 por el alemán Heinrich von Kleist, demuestra que las reacciones frente a un sismo poco han cambiado desde entonces. Por Marcelo Soto

 

Heinrich von Kleist (1777-1811) pertenece a esa estirpe de escritores extranjeros que, sin haber pisado Chile, escribieron sobre este país, una tierra exótica que para muchos occidentales parece estar literalmente en el fin del mundo. De hecho, uno de sus relatos más famosos, recientemente reeditado en una cuidada versión de Atalanta, se llama El terremoto de Chile, cuya lectura se hace imprescindible no sólo por su belleza literaria, sino por su actualidad.

En un estilo preciosista, refinado y encantador, el libro cuenta las desventuras de Jerónimo Ruguera, un joven encarcelado por mantener una relación y embarazar a la hija de uno de los nobles más ricos de Santiago. Corre el año 1647 y la muchacha, Josefa, se llevó la peor parte: condenada a morir en la hoguera, lo mejor que podía pasarle era que el virrey (sic) se compadeciera y cambiara el fuego por la decapitación. Los enamorados habían sido pillados en plena faena amorosa en un convento y el castigo, en una sociedad provinciana y ultra conservadora, debía ser ejemplar.

Desconsolado y fiel a su espíritu romántico, Jerónimo decide ahorcarse y acompañar así en el último viaje a su amada. Pero cuando se dispone a quitarse la vida, algo ocurre. “De pronto se hundió la mayor parte de la ciudad, como si cayera el firmamento enterrando bajo sus escombros todo cuanto respiraba. Jerónimo Ruguera quedó paralizado de espanto; y, como si su conciencia hubiera sido aniquilada, se aferraba ahora, para no caerse, a la columna en la que había querido morir. El suelo vacilaba sobre sus pies, todas las paredes se agrietaron, el edificio entero se inclinó para precipitarse en la calle, y sólo la caída impidió, al formarse una oportuna bóveda, el derrumbamiento total”, dice el narrador.

La historia sigue con la primera reacción de terror del protagonista, quien pasado el desconcierto se alegra de estar vivo y cae en una especie de éxtasis. Se reencuentra con Josefa y ambos son recibidos con amabilidad por una familia. Parecen reinar la amistad y las buenas intenciones, aunque también se observan actos de saqueo. “Se habló de cómo la ciudad, inmediatamente después del primer temblor importante, se llenó de mujeres que dieron a luz antes los ojos de los hombres, de cómo los monjes, con el crucifijo en la mano, iban de un lado a otro gritando: el fin del mundo ha llegado; de cómo un guardia que, por orden del virrey, exigía que se abandonara una iglesia recibió como respuesta: ‘¡Ya no hay virrey de Chile!’; de cómo el virrey, en los momentos más terribles, tuvo que levantar patíbulos para poner coto al pillaje; y de cómo un inocente, que se había salvado atravesando un edificio en llamas, fue precipitadamente capturado por el propietario, y colgado al punto”.

Sin embargo, igual que el pánico que provoca el terremoto, la solidaridad que genera después entre los desamparados también es pasajera. El desenlace es espantoso y viene a demostrar que, por muy feroz y terrible que sea la naturaleza, las peores miserias están en el corazón de los hombres.

Von Kleist fue un personaje singular, un inadaptado que terminó asesinando a su novia y luego suicidándose, hecho que conmocionó a la sociedad de la época. Así lo describió Jorge Teillier: “Metódico, ordenado, solía trazarse planes de vida, en los que nunca pudo encajar… Como Werther, muere suicidándose junto a la mujer que ama. Fue el suicidio una obsesión lógica toda su vida. La lógica, decía, es la peor enemiga del amor”. Este relato permite rescatar un talento único.

El secreto del mal
A medio siglo de su muerte, La peste, de Albert Camus, permite entender lo que las catástrofes naturales provocan en los hombres.

“Hay en los hombres más cosas que admirar que cosas que despreciar”. La frase aparece en la novela La peste, de Albert Camus, un autor que, transcurrido medio siglo de su muerte, mantiene una vigencia que sobrevive a modas y famas súbitas. Este libro de 1947 es una de sus piezas maestras y entre sus muchas lecturas permite entender el ambiente moral que queda en una región afectada por una catástrofe.

La novela, como sabemos, describe la enfermedad terrible que asola a una ciudad africana, cuando toda esperanza parece perdida. Sin embargo, pese a las muertes y al vandalismo, permanece el ejemplo de algunos hombres –doctores y enfermeros, sobre todoque se enfrentan al infortunio. Camus pone como ejemplo ético a quienes luchan por salvar vidas y no hacen otra cosa que legar a la posteridad “el testimonio de lo que había sido necesario hacer, y que sin duda deberían hacer de nuevo, contra el terror y su incansable arma, a pesar de sus desgarros personales, todos los hombres que, sin poder ser santos, y rechazando admitir las calamidades, se esfuerzan con todo en ser médicos”.

Cuando la peste se retira y la ciudad vuelve a la normalidad, la muchedumbre celebra. Pero cuidado, nos dice el autor, la amenaza sigue latente: “Oyendo los gritos de alegría que subían desde la ciudad, Rieux (el protagonista) se acordó de que aquella alegría siempre estaba amenazada. Pues él sabía lo que ignoraba aquella jubilosa multitud, y que puede leerse en los libros: que el bacilo de la peste nunca muere ni desaparece, que puede quedarse dormido durante décadas en los muebles y la ropa de cama, que espera pacientemente en las habitaciones, sótanos, maletas, pañuelos y papeles, y que tal vez llegase el día en que, para desgracia y enseñanza de los hombres, la peste despertaría a sus ratas y las enviaría a morir a una ciudad feliz”.

 

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