La generación post Bolaño Artículo correspondiente al numero 285 (24 de septiembre al 7 de octubre)
La publicación de Estrellas muertas, estupenda novela de Alvaro Bisama, viene a confirmar la irrupción de un grupo de autores que está renovando las letras nacionales. Por Marcelo Soto.
Alvaro Bizama
Se dice que los grandes autores son como árboles: algunos dan tanta sombra que todo a su alrededor palidece; otros, en cambio, son fértiles y generosos, y junto a ellos crece una rica vegetación. Atinada o no la comparación, podría ponerse en el primer tipo a Neruda o a García Márquez; en el segundo, a Borges y Bolaño. Precisamente en este último caso, la influencia del creador de 2666 y Los detectives salvajes –uno de los narradores esenciales de las últimas décadas- ha derivado en una saludable oleada de prosistas jóvenes que está renovando las letras nacionales. En un medio que suele ser grisáceo y monocorde, ellos aportan color, diversidad, entusiasmo y talento.
La novela Estrellas muertas, de Alvaro Bisama (nacido en 1975), representa en cierta forma el arribo de esta generación, en la que la huella de Bolaño no es una carga sino una vertiente rica en afluentes. El libro es breve y se lee en una tarde, pero tiene un estilo tan propio, tan suelto y maduro, que deja la sensación de estar asistiendo al encuentro de una nueva voz en el panorama de la ficción local.
Estructurada en 84 capítulos cortos, la narración comienza cuando una pareja se junta en un café de Valparaíso. Queda poco que decir. Ambos saben que el fin está cerca, pero no conocen el idioma para nombrarlo. Pocas cosas son más difíciles que poner término a una relación y Bisama narra el asunto con propiedad.
Pero la historia va por otro lado: cuando ella reconoce en un diario a una vieja amiga de la universidad, en la sección de crónica roja, la necesidad de hablar sobre ese ángel caído se hace incontenible, una manera de romper el silencio, de esquivar el momento de la ruptura. “Yo conozco a esa mina, huevón. Es la Javiera”, dice ella y comienza a contarle a su novio -que ya ha dejado de serlo- la vida de la chica de la foto, a la que ambos conocieron en la escuela de Literatura, aunque realmente está hablando de lo que ellos mismos fueron y no pudieron ser.
Estrellas muertas, cuyo título parece aludir al Estrella distante de Bolaño, es un relato sobre lo que fue ser joven en los 90, en la provincia, en escuelas universitarias adormecidas: un espacio particularmente sombrío, en el que las drogas y la política, ambas en sus formas más radicales, eran las únicas vías que ofrecían el espejismo de una salida. Estrategias extremas que en realidad no conducían a ninguna parte.
Trama y urdimbre. Matías Celedón. Mondadori, 142 páginas. Santiago, 2006.
La vida privada de los árboles. Alejandro Zambra. Anagrama, 117 páginas. Santiago, 2007.
Locuela.
Carlos Labbé. Periférica, 249 páginas. Santiago, 2009.
Camanchaca. Diego Zúñiga. La Calabaza del Diablo, 115 páginas. Santiago, 2009.
Si Bolaño en Estrella distante narró el apagón durante los primeros tiempos del régimen de Pinochet, Estrellas muertas describe un panorama igual de oscuro en los años de la transición. Si el primero intenta contestar la pregunta ¿qué hacías en los días del golpe?, el segundo se pregunta más bien ¿dónde estabas cuando murió Kurt Cobain?
La novela de Bisama –quien realiza un doctorado con una tesis precisamente sobre Bolaño- no es la única obra destacada de este ascendente grupo de narradores. La punta de lanza la tiene Alejandro Zambra, autor de dos novelas excelentes, Bonsái y La vida privada de los árboles. Creador de una obra breve pero maciza, de un mundo enrarecido pero exquisitamente cercano, entrañable, Zambra (1975) ha puesto su nombre entre los más destacados prosistas latinoamericanos menores de 40. Este año el sello editorial de Universidad Diego Portales publicará una colección de sus ensayos literarios bajo el signifi cativo título No leer.
Alejandro Zambra
Si Bisama y Zambra son nombres más o menos consolidados, hay otros escritores de promisorio futuro, que deben confirmar las expectativas creadas por sus primeros libros. Es el caso de Diego Zuñiga (1987), autor de la hermosa Camanchaca, la historia de un chico que viaja con su padre y la familia de éste por el norte chileno: una sucesión de postales, casi milimétricas en su economía, que dan cuenta del desarraigo y la desolación, y en las que el desierto es más un paisaje mental que físico.
Otro debut auspicioso fue el de Matías Celedón (1981), quien con Trama y urdimbre en 2006 dio vida a una narración inclasifi cable, dotada de una poderosa singularidad, algo impenetrable y oscura, pero colmada de hallazgos, de brillos inesperados, como un espejo trizado. Un recorrido que tiene mucho de laberinto por las zonas más perturbadas de la familia chilena. Celedón prepara la publicación de una nueva novela, cuyo nombre deja en claro cuáles son sus obsesiones: Lo filial.
Por último, también es digno de mención el esfuerzo de Carlos Labbé (1977) por impulsar un proyecto narrativo tan experimental como intrigante. Labbé arma rompecabezas literarios, mezcla géneros, desafía las convenciones, como bien dan cuenta sus novelas Navidad y Matanza (2007) y Locuela (2009). Este año, editorial Sangría anuncia la colección de cuentos Caracteres blancos, que debería confi rmar las promesas de sus anteriores libros.
La literatura puede ser una carrera de obstáculos y, como en la hípica, los pronósticos son reservados, pero a estos cinco nombres hay que seguirles la pista. Dependerá de ellos seguir o no en competencia, pero por ahora las apuestas los favorecen.