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Libros
Kafka por partida doble
Artículo correspondiente al numero 280 (del 15 al 29 de julio de 2010)

 

Se publican un libro sobre el escritor checo con ilustraciones del genial Robert Crumb y un estupendo ensayo y traducción a partir de los diarios del autor de La metamorfosis. Ambos, imperdibles. Por Marcelo Soto

 

 

Se habla mucho de las posibilidades que el cine le otorga a la literatura y de hecho a veces no es necesario leer un libro entero para saber de qué se trata. Basta con ver la película. Eso no es malo, sobre todo cuando la pantalla permite mostrar facetas impensadas de una novela, como el Moby Dick, de Melville, adaptado por John Huston o El proceso, de Kafka, en la inolvidable versión de Orson Welles.

Y si eso puede decirse del cine, lo mismo pasa con el cómic, un género a menudo subvalorado pero de gran potencial creativo. Hemos visto recientemente excelentes historietas inspiradas en la obra maestra de Proust, En busca del tiempo perdido, y en la novela La ciudad ausente, de Ricardo Piglia, por nombrar dos casos ejemplares, y ahora llega a nuestras manos un magnífi co volumen sobre la vida y la obra de Kafka con los magistrales dibujos de Robert Crumb.

Crumb, por si no lo saben, es uno de los más insignes dibujantes del cómic undergroud estadounidense, responsable de personajes tan populares como El gato Fritz así como de la serie American splendor, que hizo junto al incomparable Harvey Pekar; ambos títulos, por cierto, llevados a la pantalla grande.

Pocos artistas tienen un trazo tan expresivo y a la vez tan sutil como el de Crumb, quien llevó al papel y a la tinta las obsesiones de Kafka con una cualidad casi mágica. Nadie que haya leído antes La metamorfosis o El proceso volverá a imaginarlos del mismo modo después de ver los dibujos de este genio del cómic. Expresivas, tenebrosas, sangrientas y al mismo tiempo tiernas, sin perder de vista cierto hálito monstruoso, sexual y nefasto, las viñetas del dibujante de Filadelfi a son magistrales en su espontaneidad y sublimes como expresión de arte. Estamos en presencia de un auténtico autor, al que deberían dedicarle –si es que ya no lo han hecho– retrospectivas en el Moma o en la Tate Modern.

El libro, editado por La Cúpula, se llama simplemente Kafka y cuenta con textos de David Zane, que repasan la compleja existencia del autor checo intercalada con sus principales trabajos literarios. Como pocas veces, en Kafka la línea roja que separa la vida de la creación es difusa como una neblina y uno de los grandes logros del volumen es que, en vez de complicarse con esa dualidad, la hace propia y la lleva hasta el paroxismo. Un libro que ningún admirador del escritor debería menospreciar.

En forma coincidente, acaba de aparecer en librerías otro estupendo aporte al estudio de una de las figuras más enigmáticas y portentosas del siglo XX. Si el medio cultural chileno fuese menos provinciano, es probable que la publicación de un libro como Kafka en primera persona, de Carla Cordua, hubiese sido recibido como un verdadero acontecimiento. Pero acá ha pasado casi inadvertido.

Se trata, a todas luces, de una genuina contribución a las perspectivas interpretativas de la vida y la obra del escritor nacido en Praga en 1883 y muerto en 1924. La filósofa chilena, sin temor a quemarse las pestañas, enfrenta un tema que en otras manos podría haber sido esquivo. Sucede que ella tiene mucho que decir acerca de uno de los escritores sobre los que más tesis y estudios se han escrito en el mundo.

Cordua no sólo ha traducido y seleccionado parte de los diarios de Kafka, sino que ha escrito un texto explicativo, que en poco más de 40 páginas no deja tema ni asunto por tratar, incluidas todas las controversias y especulaciones que ha originado el personaje. Hay que decir, por cierto, que la traducción de Cordua es soberbia y se lee como si hubiese sido publicada en su idioma original, que tal vez sea el mayor elogio que pueda hacerse de un traductor.

Los cuadernos personales de Kafka son un mundo aparte, un laberinto a través del cual Carla Cordua se conduce en medio de la oscuridad, armada de una vela que apenas ilumina el camino. Pero ella parece ver más que otros que han hecho el mismo trayecto. “No sólo sufrió escribiendo –dice la académica sobre el narrador checo– sino que llenó sus diarios y sus cartas, de quejas y reproches dirigidos contra sí mismo por no poder escribir, por no quererlo, por dejarse distraer de ello, por desconfiar de sus fuerzas para hacerlo, por hallarlo inútil en las circunstancias adversas de su existencia. Lo único peor que sufrir escribiendo, sostuvo Kafka, es no querer escribir ahora y encontrar inaceptable lo escrito la noche antes, esto es, padecer por no haber sufrido suficientemente”.

Si al acercarse a su vida ofrece ángulos iluminados, igual de lúcidas son las observaciones que entrega sobre sus libros. “En El proceso y El castillo los personajes de Kafka persisten en sus propósitos de avanzar sin que nada de lo que les va ocurriendo justifique su porfiada dedicación a lograr sus propósitos, pues no progresan hacia la justicia ni son admitidos en el castillo. Se diría que estas narraciones excluyen toda posibilidad de una acción productiva de resultados pero que, al propio tiempo, los fracasos y el sinsentido no arredran ni derrotan a los personajes. Los hombres parecen tan destinados al fracaso como a la esperanza sin fundamento; son humildes, en el fondo, y no se dejan ofender por la falta de éxito que les consume sus fuerzas y sus vidas. En suma, serán destrozados por la interminable fricción entre medios y fines, entre la esperanza, por un lado, y el curso de las cosas que la ignora, por otro, sin jamás contar con triunfos ni con las fuerzas que ellos son capaces de desatar en los individuos que los obtienen”.

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