Bienvenido, te encuentras en Inicio arrow Guia + Cultura arrowFeria de vanidades

Herramientas

Imprimir este artículo

Comentar esta nota

Enviar a un amigo

Suscribir Sección vía RSS

Compartir Link Facebook Link Twitter

Califica este artículo


0 Votaciones

Otros artículos de la sección:

Libros
Feria de vanidades
Artículo correspondiente al numero 282 (13 al 26 de agosto de 2010)

 

Cuando vuelven a encenderse los ánimos y las rencillas debido al Premio Nacional de Literatura, vale la pena recordar que nada nuevo corre bajo el sol y que la máxima distinción a las letras locales tiene larga tradición de escándalos. Por Marcelo Soto.

 

Cuarenta kilos de prietas, treinta litros de vino, un cordero entero y cantidades apoteósicas de pebre y causeo. Tal fue el menú que celebró el Premio Nacional de Literatura para Pablo de Rokha, en 1965, luego de varias tentativas frustradas. Dicen que la fiesta duró hasta las cinco de la madrugada. Es probable que muchos de los invitados hayan terminado con algún grado de indigestión. No sólo por la mezcla de comidas y licores, sino porque el galardón llegó tarde para el autor de Los gemidos: rumiando amargura, el poeta se suicidaría tres años después.

¿Qué tiene el Premio Nacional de Literatura (PNL) que provoca tanta tirria? Ahora que una nueva elección se acerca (con Isabel Allende como favorita), sería oportuno echar una mirada al pasado de este galardón, que desde sus inicios ha estado marcado por la polémica. Para ello, nada mejor que el libro El club de la pelea, de Andrés Gómez Bravo, publicado hace cinco años sin la repercusión que merecía. Se trata de una crónica notable sobre las miserias, payasadas y escándalos que recorren la distinción creada en 1942. Puede leerse como un viaje al corazón de las letras locales; un corazón, claro, rodeado de bilis y mala leche.

1. Pesos pesados


Desde las primeras décadas del premio queda claro que se trata de un botín que se reparten dos o tres bandos, como si se tratase de una pelea por asaltos. El poeta Neruda y el crítico Alone –alias de Hernán Díaz Arrieta– son las figuras todopoderosas que mueven sus tentáculos para favorecer a sus seguidores. Es así como en 1944 se distingue a Mariano Latorre, caudillo del criollismo.

No son pocos los que piensan que Neruda manejó sus influencias entre los miembros del jurado para evitar que Vicente Huidobro ganara y dejar lista su propia candidatura para el siguiente round. Entre los indignados figuró Alone, para quien el ganador era autor de obras pesadas que son un castigo para el lector. Neruda, en cambio, lo llama “nuestro primer clásico”. Desde la primera entrega, en 1942, cuando lo obtiene Augusto D’Halmar, la gran perdedora sigue siendo Gabriela Mistral, cuya fama internacional no hace sino crecer hasta lograr el Nobel en 1945. Ese año, sin embargo, el PNL va para Neruda. Sus detractores acusan una desvergonzada campaña orquestada por el PC. El autor de Residencia en la tierra hace sus descargos: “varios escritores tienen que recibirlo todavía. No importa que ahora me ataquen por haber llegado mi turno”.

Aunque el poeta de los Veinte poemas alegue inocencia, es evidente que nunca dejará de hacer notar sus preferencias, en una especie de duelo contra Alone, quien hará lo propio. Como en un juego de niños presumidos, los dos gigantes muestran sus puños para ver quién tiene más bíceps. En 1946 el premio recae en Eduardo Barrios, aumentando el fuego de la polémica por la omisión de Mistral. Intentando cuadrar el círculo, algunos opinan que ya no puede obtenerlo, porque sería indecoroso que lo recibiera luego de conocer la gloria gracias a la Academia sueca. Habría que crear una distinción especial ella, alegan, una suerte de Premio de la Patria.

Al año siguiente la controversia no da visos de apaciguarse y de nuevo aparecen Neruda y Alone haciendo gallitos. El crítico ha sido nombrado jurado del PNL y la Sociedad de Escritores se opone rotundamente. Entretanto Neruda, sigilosamente, logra colocar entre los candidatos a un autor que nadie mencionaba, y que termina ganando, ante el desconcierto de todos: Samuel Lillo, su as bajo la manga.

En 1948 vuelva a ganar otro protegido de Neruda, Angel Cruchaga Santa María, en desmedro de Pedro Prado, apoyado por Alone, quien respecto al autor de Alsino se pregunta: “¿por qué no se lo dan? Primero, porque sin pertenecer a la extrema derecha –es un espíritu muy independiente y esquivo– tampoco lo puede reclamar la izquierda. Grave obstáculo”. La segunda razón sería que Prado no es pobre: “¿Premiar a un escritor rico? Jamás”, ironiza el crítico.

Un año después, afortunadamente, las plegarias de Alone son escuchadas y su favorito, con todos los méritos correspondientes, obtiene el galardón.

2. Humillados y ofendidos

En El club de la pelea, Andrés Gómez va armando una especie de puzzle, un rompecabezas o quizás el esqueleto de esa mansión siniestra que es la literatura chilena, en la que abundan los escritores de salón, los poetas menores, los burócratas de la literatura, un mar de mediocridad en el que se mueven como tiburones, desafiantes, los grandes nombres. Y cada gran escualo, por supuesto, nada junto a su bandada de pececillos.



La década del 50 comienza con una verdadera sorpresa: José Santos González Vera, quien cuenta con el apoyo de Alone, pero cuya obra mínima despierta la indignación de los pesos pesados, que muestran sus dientes. Pablo de Rokha lo llama “fotógrafo de plaza de provincia”, mientras Luis Durand, rumiando otra derrota, dice que todos sus libros “caben en un cuaderno de composición escolar”. Los siguientes premiados incluirán un par de indispensables (Gabriela Mistral, Manuel Rojas), nombres de indudable talento aunque resistidos (Francisco Antonio Encina, el propio Alone) y varias sorpresas que hoy nadie recuerda. Pero mantendrá, en general, un ánimo beligerante en el que se expresan las camarillas. Si un año le toca a un bando, el siguiente al otro. Y así.

En los 60 –imitando el espíritu de la época– el asunto se vuelve violento. De Rokha es postergado una y otra vez. En 1960 lo obtiene Julio Barrenechea y medio mundo pone el grito en el cielo. El Siglo denuncia una conspiración. Apenas Alone, enemigo acérrimo de De Rokha, lo apoya. El 62 gana un favorito de Neruda, Juan Guzmán Cruchaga, respaldado por Díaz Arrieta, quien evita de esa forma que lo gane De Rokha. Al año siguiente, otro candidato de Neruda se hace con el premio: Benjamín Subercaseaux. Alone dice que las principales víctimas serán los estudiantes, que se verán obligados a leerlo.

Luego de la sorpresiva elección de Coloane en 1964, con el beneplácito del PC, De Rokha fi nalmente gana el esquivo galardón en 1965 y se queja de que se lo han dado “casi por cumplir y porque creían que no iba a molestar más”.

Por esos años, otra guerrilla literaria la protagonizan Nicanor Parra y Carlos Droguett. Ambos son mencionados como candidatos en cada ocasión, y en 1969 Droguett cree que tiene la mejor opción. Logra poner en el jurado a un cura, Alfonso Escudero, quien había sido su profesor. Pero la jugada le salió al revés. Debido a la enfermedad de Escudero, se nombra a otro sacerdote en el panel que decidirá el ganador: Ignacio Valente, ferviente partidario de Parra.

La campaña de 1969 es especialmente tensa. El antipoeta llama “cogotero” a su ex amigo Gonzalo Rojas, quien ha criticado a Parra por sus posturas políticas no lo sufi cientemente izquierdistas, y “aspirante a cogotero” a Droguett, “pues no tiene las condiciones para merecer completamente el epíteto”. Cuando Parra es elegido, los jóvenes celebran; entre ellos Antonio Skármeta, quien dice que su triunfo “vino a signifi car algo así como el quiebre de la banca en el casino”.

3. Política y politiquería


Si tanto los ganadores de 1970 (Carlos Droguett) como de 1971 (Hernán Díaz-Casanueva) generan un consenso más o menos sólido, en 1973 lo obtiene un perfecto desconocido, Edgardo Garrido Merino. Su caso ilustra un problema político: para evitar que lo ganara un autor de izquierda, el jurado terminó favoreciendo a un escritor del pasado.

El Club de la Pelea.
Andrés Gómez Bravo,
411 páginas.
El premio, sin embargo, tendría su época más oscura a partir del año siguiente, luego del golpe militar. Los tres primeros premiados durante el régimen de Pinochet serían Sady Zañartu, Arturo Aldunate Philips y Rodolfo Oroz. La gran perjudicada es María Luisa Bombal, una de las mayores prosistas chilenas del siglo XX. Ignacio Valente escribe: “puede decirse que las obras completas de los tres últimos premiados no valen lo que vale, en términos formales, un solo capítulo de algunas de las dos novelas de Bombal”.

La autora de La última niebla es relegada por razones absurdas (muy poca obra, ya no escribe, es medio borracha) y muere en 1980 sin recibirlo. Una de las vergüenzas imperdonables del PNL, que todavía le pesa.

Aunque en los años de Pinochet se distingue a algunos autores dignos (Marcela Paz, Braulio Arenas, Eduardo Anguita), el premio ha caído en el descrédito y muchos lo ven como un botín para congraciar a simpatizantes. La llegada de la democracia abre la ilusión de que las coordenadas políticas perderán relevancia a la hora de premiar y así sucede cuando resultan ganadores autores incontrarrestables como Donoso, Jorge Edwards y Gonzalo Rojas.

Sin embargo, las sospechas vuelven a asomar cuando se distingue a Raúl Zurita el año 2002, luego de que el poeta participara en la campaña de Lagos en 1999 y escribiera el libro Poemas militantes, en el que declara su adhesión entusiasta por el candidato de la concertación. Miguel Arteche, miembro del jurado, se retira indignado de la sala de votación, sin fi rmar el acta. “Parece que el recurso ahora es dedicarle un poema al presidente”, se lamenta el eterno postulante sin suerte Luis Merino Reyes.

El próximo premio también sería polémico. Desplazando a Isabel Allende –y mientras algunos señalaban que el más merecedor era Roberto Bolaño, quien no se postuló–, resultó vencedor Volodia Teitelboim. Según no pocos analistas, su premio fue un guiño de la Concertación al PC. Germán Marín lo describió como “una nulidad”, Bolaño, como un “funcionario nato de la literatura”. El propio autor ni siquiera se inmutó cuando a los pocos días de recibir el premio negó haber sido estalinista. El premio, como se ve, da para todo.

Comenta este artículo

Nombre
:
Email
:
URL
:
  (Opcional)
Código Verificación Capital.cl

Comentarios

0 Comentarios

 

IAB ChileCertifica.com