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El código Piglia
Artículo correspondiente al numero 293 (28 de enero al 24 de febrero de 2011)

 

El escritor argentino, una de las voces más brillantes de la actual narrativa en español, habla de su última y elogiada novela, Blanco nocturno, y se refiere al método y estilo de trabajo con el que enfrenta sus enigmáticas narraciones. Reconoce su deuda con Borges y Nicanor Parra y toma distancia de Vargas Llosa: “Fue un buen novelista, pero sus últimas novelas parecen escritas para el Rotary Club”. Por Marcelo Soto

Durante la guerra de las Malvinas, los soldados ingleses disponían de anteojos infrarrojos que les permitían ver en la oscuridad y disparar sobre el enemigo con precisión, y sin riesgo. Los reclutas argentinos, como conejos en una cacería, se convertían así en víctimas fáciles en medio de la noche.

A esa realidad –la de dos bandos enfrentados en una batalla desigual, y la progresiva falta de luz que deja indefenso al eslabón más débil- es a la que alude el título de la última y excelente novela de Ricardo Piglia. La alusión, en todo caso, es enigmática y se descubre recién en la página 149. Y ni siquiera es parte importante de la trama, sino que aparece en una nota a pie de página. Cosas de Piglia.

Con las novelas del autor argentino, una de las voces más destacadas de la narrativa de hoy, siempre sucede algo parecido: cuando pensamos que hablan de una cosa en realidad se refieren a otra. Como en un laberinto, el lector va encontrando caminos que se abren o cierran, cuyos contornos arman una especie de crucigrama que nunca puede completarse. La realidad, o el secreto de su literatura, permanece inasible.

Blanco nocturno fue elegida con razón una de las mejores novelas lanzadas en 2010. Su lectura es tan apasionante como misteriosa. El autor no da respuestas, no nos pone el camino fácil y puede que algún impaciente la deje antes de engancharse con su estilo hipnótico, que atrapa no a la primera ni a la segunda sino después, cuando el exquisito veneno de su prosa ya nos ha fulminado. Ningún antídoto podrá salvarnos entonces del desconcierto, de la cifra que esconde el relato.

Nacido en 1940, en un pueblo de Buenos Aires seguramente similar al que describe en su última novela, Piglia ha pasado de ser un autor de culto a un escritor imprescindible, elogiado sin reservas por la prensa internacional, pero contesta el teléfono desde la capital argentina como si fuera un vecino en un bar. No se da ínfulas de ningún tipo y responde cada pregunta con amabilidad.

-De esta novela viene hablando desde los años 90, ¿por qué demoró tanto la escritura?


-Bueno, en realidad de una manera casi involuntaria se ha convertido para mí en un modo de trabajar: me ha sucedido con todas las novelas que he publicado que me han llevado mucho tiempo, lo que no quiere decir que esté todo el tiempo, todos esos años escribiendo el libro, sino más bien que escribo una primera versión y la dejo un par de años, y luego la retomo y hago una segunda versión y también vuelvo a dejarla. Un poco la idea que está detrás es la siguiente: el material toma una cierta inspiración propia. Ha sido ese el motivo por el que esta novela tardó tantos años.

-Es decir, ¿la novela de alguna forma se va armando por sí sola?


-Tengo la impresión de que las primeras soluciones no suelen ser buenas. Encuentro mejores caminos cuando lo dejo estar y lo vuelvo a leer casi como si fuera un texto ajeno. Entonces, más que un trabajo de corrección se trata de un trabajo de reescritura de ese material. Y el material varía a medida que avanzo. Habitualmente los personajes están desde la primera versión, pero van cambiando un poco. Ese ha sido hasta ahora el método de trabajo, espero poder cambiarlo.

-¿Es demasiado arduo?

-Sí (se ríe de buena gana). No se lo recomiendo a nadie.

Luz de invierno

Blanco nocturno trascurre en un pueblo a 340 kilómetros al sur de Buenos Aires, la típica localidad que debe su existencia a la llegada del ferrocarril, algo que este caso sucedió en 1905. Antes de eso era un simple fortín militar en la “guerra contra el indio”. La historia ocurre a principios de lo 70, cuando llega hasta allí Tony Durán, un mulato puertorriqueño criado en Nueva Jersey que se transforma en el comidillo del pueblo. ¿Qué hace un tipo como él en ese sitio perdido en el mapa?

El morbo crece debido a que el norteamericano mantiene un affaire con las dos gemelas Belladona, Ada y Sofía, las guapísimas y desenfadadas hijas del clan que fundó la ciudad (su abuelo construyó la línea ferroviaria). Un día Tony aparece muerto, asesinado en su habitación del Hotel Plaza. El principal sospechoso es el conserje, de padres japoneses y modos afeminados. Todos quieren cerrar el caso como un simple homicidio pasional, menos el detective Croce, quien intuye que el asunto es más complejo y difuso.

Por supuesto, esta es sólo la superficie de la trama, en cuyo centro se vislumbra una fábrica de autos construida por Luca Belladona, hermano de las gemelas; una creación delirante en medio de la pampa, un artilugio técnico que en cierta forma representa la locura y la ilusión por conquistar la soledad y abrazar el progreso. Por un costado aparece Emilio Renzi, periodista de la capital que viene a cubrir el caso y que se enamora de Sofía. Pero nada de eso es la novela, que posee una corriente secreta, que conduce a otra parte.

-Una de las cosas que llama la atención al leer esta novela es la presencia de la pampa, casi un personaje por sí mismo. Una soledad que augura cosas terribles.

-En Chile también tienen ese feeling, ¿no? En mi caso está basado en experiencias de infancia. Yo pasé muchos veranos en el campo, en casa de un hermano de mi padre, y todavía conservo la sensación de ese paisaje que parece tan monótono, tan estable, y sin embargo, se va modificando, básicamente con la luz y especialmente por la noche, la noche en la llanura… es una experiencia muy fuerte.

-¿La experiencia de estar a la deriva, en el fin del mundo, donde la vida es casi un accidente?


-Exactamente. La naturaleza en esos lugares toma características nuevas, sobre todo cuando hacemos paralelamente la experiencia de la ciudad. En ciudades como Buenos Aires, o Santiago, no hay noche, siempre hay luces, ruidos de bocinas, autos que pasan. El hecho de que la novela estuviera ambientada en la pampa me llevó a un determinado tipo de resoluciones narrativas. Traté de que el paisaje funcionara como un elemento del argumento mismo.

-En Chile se habla del peso de la noche. ¿Es una imagen similar?


-Claro, perfecto. Está la presencia de la oscuridad, pero también la llegada del alba, el amanecer. Si estás en el campo, solo entonces descubres lo que es la ausencia de luz. Todo ese universo, que argentinos y chilenos compartimos en cierta forma, estaba muy conectado con las ideas iniciales de la novela.

-En Blanco nocturno, como en textos suyos anteriores, hay una relectura de géneros que se suelen considerar menores, como la novela de detectives y la de ciencia ficción. ¿Por qué recurre a esas tradiciones?


-Bueno, me interesan mucho. En distintos sentidos. En el caso del policial, me parece que no es nada menor, sino uno de los grandes géneros modernos; un género que vemos surgir con los cuentos de Poe, en los que aparece el detective por primera vez, en el siglo XIX. El modo en que esa corriente se ha instalado en la literatura contemporánea es muy extraordinario; se ha convertido en un espacio muy potente también en la TV y en el cine, quizá porque esta sociedad se ve mejor desde el crimen: dicho de otra forma, nuestra sociedad tiene con el crimen una relación muy íntima. El crimen es el lugar donde se cifran las relaciones sociales. Formalmente es muy interesante. A diferencia de las novelas más tradicionales, el genero policial parte de lo que no se sabe, y esta cualidad o enigma finalmente se conoce; el relato avanza registrando y concluyendo una trama en extremo. Eso también es muy atractivo narrativamente.







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