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Libros
15 libros para salir de viaje
Artículo correspondiente al numero 292 (30 de diciembre 2010 a 27 de enero 2011)

 

En un año marcado por el Nobel para Mario Vargas Llosa, la literatura dio muestras de que goza de buena salud. Aquí ofrecemos una lista de novedades junto a algunos de los mejores lanzamientos de 2010, para aprovechar las horas de ocio abriendo sus páginas. No se arrepentirá. Por Marcelo Soto.

 

 

No es casualidad que las dos mejores novelas chilenas de 2010 –La vida doble, de Arturo Fontaine y Estrellas muertas, de Alvaro Bisama– retraten zonas oscuras de décadas recientes: si la primera se interna en la trastienda de la guerra sucia durante los tiempos de Pinochet, la segunda muestra un panorama casi igual de sombrío al recorrer la transición. Esto –sumado al éxito de un serie de TV como Los 80, por muy simplista que sea su visión– habla de que todavía hay espacio para historias que buceen en los meandros de épocas complejas, más o menos turbias, más o menos violentas. No hay que viajar al pasado lejano: son episodios que están ahí, a la vuelta de la esquina, esperando por un narrador que las haga propias.

El año que termina fue también un periodo de grandes regresos, de autores de larga trayectoria en pleno dominio de sus facultades creativas. Escritores como Mario Vargas Llosa, Rubem Fonseca y J.M. Coetzee demuestran con sus últimas entregas que no piensan abandonar el cuadrilátero ni menos sacarse los guantes. Porque la literatura es un combate a muerte, como decía Bolaño.

Además de sacudirse del fantasma de Borges, el Nobel para Vargas Llosa llegó a desempolvar el tedio en que se estaba convirtiendo la entrega del galardón cada temporada. Y fue un premio a la perseverancia, a la confi anza casi obstinada en que la literatura tiene algo que decir, que el papel del escritor no es ajeno a las batallas de su tiempo.

 

Biografía, crónica

 

La vida de un escritor puede ser tan intensa como una novela, lo mismo que las aventuras de un crítico de rock y los devaneos de una periodista de vinos. Es cosa de saber contar.

 

Cheever: Una vida. Blake Bailey (Duomo Perímetro 770 páginas)

Esta impresionante biografía, que se lee como una novela prodigiosa, recorre la vida de John Cheever, uno de los grandes narradores estadounidenses del siglo XX. Bailey contó con la aprobación de viuda e hijos para realizar la investigación –y con acceso a TODOS su diarios–, pero no por eso se trata de un retrato amable: aquí está la historia de cómo desarrolló su arte, pero también el alcoholismo, la homosexualidad y las miserias del escritor. Aparte de contar su rivalidad con John Updike y las disputas por dinero con su editor y gran amigo William Maxwell, contiene anécdotas que le dan un ritmo apasionante a la lectura. Imágenes intimas de una época de la literatura de EEUU: la suegra de Salinger haciendo de baby sitter de los Cheever; el supuesto affaire del escritor con Harold Brodkey; los Cheever viviendo en la casa que antes ocupó Richard Yates… Imperdible.

Desayuno con John Lennon. Robert Hilburn (Turner, 310 páginas)

“La crítica de rock nunca me importó lo más mínimo hasta que leí a Robert Hilburn”. La frase cobra valor cuando sabemos que la dice Bernie Taupin, el socio creativo de Elton John. Y es verdad: Hilburn ha llegado a ser cercano de algunas de las más grandes estrellas de rock y su punto de vista casi nunca es inamistoso, pero tiene el atributo –fuera de la buena prosa– de entregar una mirada única a leyendas que parecen intocables. La crónica homónima registra su último encuentro con Lennon –“un tipo con los pies en la tierra”–, apenas una semana antes de ser asesinado. También hay apuntes sobre Dylan, Johnny Cash, Elvis Presley, Michael Jackson, Bruce Springsteen –a quien aconsejó cambiar el orden de las canciones en sus shows– y Kurt Cobain. El autor abre la puerta a la vida tras los escenarios de artistas venerados y el lector no puede sino quedar profundamente agradecido.

La batalla por el vino y el amor. Alice Feiring (Tusquets, 302 páginas)

Puede que este libro juguetee con cierto esnobismo, pero entrega un vistazo personal y atractivo hacia el mundo del vino y los riesgos que enfrenta. Feiring, destacada wine writer estadounidense, cuenta su cruzada contra Robert Parker, el todopoderoso crítico de vinos que ha extendido su gusto por el planeta como si fuesen las tablas de la ley. Según la autora, el gusto de Parker por un tipo de vinos –golosos, con mucha madera– ha hecho que todos los países produzcan lo mismo, buscando agradar al crítico y conseguir sus tan ansiados 90 o más puntos. Feiring recorre grandes regiones vinícolas y ve señales de decadencia, aunque no pierde la fe: el futuro está en los viñateros que trabajan el viñedo y la bodega con mínima intervención. Esta es una crónica de romances frustrados y, sobre todo, una declaración de amor por el vino auténtico.

 

Suspenso y algo más

 

Poco tienen en común estos tres autores, salvo la mezcla de géneros y un hábil manejo de las armas narrativas, que bebe mucho de la tradición detectivesca y policial.

 

Un traidor como los nuestros. John Le Carré (Plaza & Janés, 394 páginas)

Perry, el protagonista de la nueva novela de John Le Carré, parece sacado de un relato de Orwell: es un tipo que tiene todas las de ganar, pero busca ansiosamente el placer del sacrificio. Profesor de literatura en Oxford y brillante deportista, cuando le ofrecen quedarse con un puesto vitalicio decide rechazarlo para ir a enseñar a niños pobres en la secundaria. Perry añora una revolución y cree estar preparado para vivirla. Antes de eso, claro, viaja con su novia Gail a una vacaciones en Antigua. Allí, la pareja conoce a Dima, un mafioso ruso que pide ayuda para ser asilado en Gran Bretaña, dando inicio a un verdadero vuelco que convierte a los dos enamorados en juguetes de los servicios de inteligencia. Una novela tan divertida como difícil de soltar, escrita con la habitual maestría del autor y que ilumina temas candentes como la corrupción financiera.

El cementerio de Praga. Umberto Eco (Lumen, 587 páginas)

Estamos en París en 1897 y el capitán Simonini, un oscuro personaje y uno de los grandes falsificadores de la historia, comienza a escribir un diario sobre su vida. Pero la memoria no puede –o no quiere– repasar ciertos momentos y entonces aparece el abate Picolla, quien se introduce en el diario “para desbloquear puertas herméticamente cerradas de la memoria de Simonini, revelándole lo que Simonini se niega a recordar”. Así conocemos la infancia del capitán y cómo llegó a convertirse en un maestro del delito y la falsificación, participando en asesinatos, fraudes y atentados. Simonini ostenta un racismo recalcitrante, odioso, y el narrador no hace juicio sobre sus dichos, por lo que se ha acusado a esta novela de antisemita. Narrada en clave de folletín, combinando hechos históricos y ficción, Eco intenta desnudar el engaño en que se basa el odio racial.

Blanco nocturno. Ricardo Piglia (Anagrama, 299 páginas)

Si bien no es la más brillante de las narraciones de Ricardo Piglia, hasta un Piglia imperfecto vale tanto como cien obras cumbres de autores del montón. El narrador argentino maneja como nadie los hilos del género policial, pero en vez de despejar el nudo opta por enredarlo hasta transformarlo en otra cosa, en algo tan espeso como la realidad misma. El relato parte con la muerte de Tony Durán, un misterioso portorriqueño que en los 70 aterrizó en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Los lugareños lo miran con recelo: ha estado ligado sentimentalmente a dos preciosas hermanas de la familia local más poderosa, conformando un trío exquisito y derrochador, y habría hecho negocios con un miembro del clan. Pero, claro, estas son sólo las líneas del crucigrama: el laberinto que forman conduce a otra parte.







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