A casi tres de décadas de las reformas que permitieron el ingreso de universidades privadas autofinanciadas, nos propusimos realizar una radiografia del sistema chileno: el crecimiento explosivo de los 80, el impacto para el país, los avances, los problemas y los temas pendientes. Los invitamos a un recorrido no exento de sorpresas. Por Alejandra Rivera y Myriam Ruiz.
Si tuviéramos que identificar el momento preciso en que se gestó el actual sistema de universidades chilenas, habría que remontarse hasta 1981, año en que las reformas en materia de educación permitieron que entraran nuevos actores, pasando de las ocho universidades que había hasta 1980 –dos estatales y seis privadas– a 60 universidades en 1990. Desde esa fecha en adelante, el total de instituciones se ha mantenido estable.
“Algunas universidades han desaparecido, otras se han creado, y otras más se han fusionado. Ha habido cambios de propiedad y apertura de nuevas sedes. El cambio mayor se ha producido en la matrícula de pregrado, que se multiplicó por cuatro veces entre 1990 y 2008, pasando de 127 mil a 510 mil alumnos”, explica José Joaquín Brunner, director del Centro de Políticas Comparadas de la Universidad Diego Portales, UDP.
Para Pablo Eguiguren, investigador del Instituto Libertad y Desarrollo, este crecimiento explosivo se debió a que los estudiantes “se sintieron atraídos por la alta rentabilidad económica de los universitarios, que en promedio ganan cuatro veces más que los egresados de cuarto medio”.
Brunner estima que el impacto de esta rápida expansión se da en varios frentes: “primero, me parece que uno muy importante aparece al aumentar la matrícula cuando crece también el número de graduados y, con ello, se expande el capital humano avanzado del país, algo esencial para el crecimiento y la competitividad de la economía. Segundo, el ensanchamiento de la matrícula democratiza el acceso a la educación superior, la que así deja de ser un privilegio de la cuna y se transforma en un derecho de todos los jóvenes”.
El aumento de la oferta en educación –según Eguiguren– no sólo ha otorgado al país una población con más años de escolaridad y un recurso humano más capacitado, sino que también ha permitido que las instituciones aporten al desarrollo del país a través de la investigación y la extensión. “Temas cruciales como la reforma a la justicia, sólo por mencionar un ejemplo, se hicieron de la mano de las universidades”. También destaca el impacto social de la educación universitaria, al plantear que “en términos cuantitativos, Engel y Eberhard demostraron que uno de los efectos más importantes del mayor acceso a la educación superior ha sido disminuir las desigualdades salariales”.
Calidad, equidad y relevancia
Sally Bendersky
Desde la óptica del ministerio de Educación, Mineduc, las palabras claves para hablar de la evolución del sistema universitario chileno son calidad, equidad y relevancia. La jefa de la División de Educación Superior, Divesup, Sally Bendersky, diagnostica que se ha avanzado bastante en materia de equidad y acceso a la educación superior universitaria, y que si bien se han incrementado los índices de permanencia en las carreras gracias a los beneficios estudiantiles, aún queda mucho por recorrer. Gran punto, si consideramos que la meta de esta cartera es que en 2012 la mitad de los estudiantes tenga acceso a la educación superior, incluidos institutos profesionales y centros de formación. Es decir, un millón de nuevos alumnos en el sistema.
Bendersky es enfática al señalar que en términos de calidad se ha avanzado. Hoy, los estudiantes exigen que las instituciones que eligen estén acreditadas, y eso es un gran avance respecto de los primeros años de los 90. “Tenemos una gran diversidad de oferta y pensamos que es bueno y que es inevitable que exista. En lo que no se puede transar es en la calidad de esa oferta”.
Andrea Aedo
En este contexto, señala que ahora no sólo existe el Consejo Nacional de Educación para el Licenciamiento, sino también una Comisión Nacional de Acreditación (CNA) y agencias acreditadoras para asegurar la calidad de las carreras y programas, respectivamente. Y “estamos trabajando para crear en un futuro cercano un Marco Nacional de Cualificación de Competencias de las Personas”.
La relevancia –o pertinencia– es el tercero de los puntos que ronda en la mente de la cabeza oficial del sistema de educación superior. Es decir, el “para qué se estudia, donde la respuesta es: para generar satisfacción, bienestar en las familias y desarrollo para el país”. En esta línea, Bendersky comenta que se está discutiendo cuál es la proporción que debería invertirse en investigación en ciencias básicas en general, y en ciencia básica en los cluster definidos por el Consejo Nacional de Innovación para la Competitividad.
La discusión de la relevancia es de suma importancia, pues lo que se descubra se plasmará en los currículos. “Hay un gran desafío. Se está trabajando, pero falta”. Por ejemplo, las universidades del Consejo de Rectores tienen el compromiso para 2010 de incorporar el sistema de créditos transferibles, lo que va a significar que se homologuen créditos entre universidades nacionales y en el extranjero. Otro tema de relevancia es que el sector productivo se ponga de acuerdo con el educativo en materia de competencias y conocimientos, lo que permitirá adaptar los currículos a las necesidades reales del país.
José Joaquín Brunner
José Joaquín Brunner expresa que, en general, la calidad de las universidades ha mejorado, lo que se manifiesta en los progresos que las instituciones muestran a la hora de su acreditación, lo que atribuye a que está elevándose el perfil académico de los docentes, en el sentido de que hay cada vez más profesores con estudios de postgrado y con dedicación de media jornada y jornada completa.
Pero, por otro lado, advierte que “existe la imperiosa necesidad de revisar los objetivos curriculares, la estructura de los conocimientos transmitidos, los métodos pedagógicos empleados, la duración de las trayectorias formativas conducentes a un primer grado o título, las competencias que se busca desarrollar y ejercitar, los instrumentos evaluativos aplicados y de introducir mayor flexibilidad en esas trayectorias mediante créditos de aprendizaje, modularización de la formación y puentes entre disciplinas o carreras y entre instituciones nacionales y extranjeras”.
Más aún, subraya que, a pesar de la variedad de oferta y la diversidad de métodos, la pedagogía tradicional se mantiene intacta: “priman las clases lectivas, el profesor como agente transmisor, las tecnologías de transmisión oral, el soporte prestado por los textos de papel y el examen de contenidos de conocimiento como prueba del aprendizaje. La revolución digital no ha llegado aún a las aulas universitarias, si bien como complemento de las tecnologías tradicionales se usan el PowerPoint, las búsquedas en Internet y los documentos electrónicos”.
Pablo Eguiguren
Para Brunner, las universidades –tanto las tradicionales o derivadas de ellas y que cuentan con aporte fiscal directo como las nuevas, creadas con posterioridad a 1980 y que no reciben un subsidio del Estado– son hoy, sin contrapeso, el principal proveedor de enseñanza de pregrado en Chile. “Dos de cada 3 alumnos concurren hoy a una universidad privada, con y sin subsidio estatal. Entre las antiguas universidades privadas se cuentan, además, varios de los principales planteles de investigación del país y de los mayores proveedores de educación de postgrado”, explica.
A su turno, las universidades privadas nuevas en su mayoría se han consolidado; las instituciones, con pocas excepciones, se han acreditado y su oferta de pregrado se mueve entre el polo de la selectividad alta y el de la selectividad baja, lo cual les permite acoger a alumnos de diferentes clases y grupos sociales “desde más arriba de la cota 1.000 hasta el llano”.
Es más, varias de las nuevas universidades privadas están incursionando con éxito en la formación de postgrado, en la investigación, en la producción de bienes públicos como sellos editores y actividades de extensión cultural, o han comenzado a internacionalizarse rápidamente.
Para Pablo Eguiguren, el sector privado han jugado un rol clave, tanto por su aporte al desarrollo del país, como por la dinámica de crecimiento que se introdujo en el sistema, que permitió que las universidades del Consejo de Rectores también mejoraran su oferta educativa. Reconoce, sin embargo, que este crecimiento no ha sido igual en todas las universidades y que algunas han sabido capitalizar de mejor manera sus capacidades que otras.
Acreditacion universitaria
La Comisión Nacional de Acreditación (CNA), nació en 2006, en el marco de la Ley de Aseguramiento de la Calidad de la Educación Superior, como un organismo público, autónomo, que verifica y promueve la calidad de las universidades, institutos profesionales y centros de formación técnica autónomos, y de las carreras y programas que ellos ofrecen.
Andrea Aedo, secretaria general de la CNA, anota que en Chile, actualmente un 96% de la matrícula de instituciones de educación superior autónomas participa en los procesos de acreditación. Afirma además que, junto con la entrada en vigencia de la acreditación universitaria, las instituciones de educación superior han ido mostrando paulatinamente un mayor compromiso con el aseguramiento de la calidad, lo que se ha reflejado en temas concretos. “Desde la aceptación e internalización de las poderosas señales para la gestión, hasta la concreción de acciones de mejoramiento continuo frente a los aspectos débiles detectados, así como el cierre gradual y sistemático de sedes de menor calidad, son todas expresiones concretas de una institucionalidad que funciona y que tiene impactos reales en el mejoramiento de la educación”.