Revista Capital

Roberto Bosca: “El nivel de prejuicios respecto del Papa es muy grande”

Roberto Bosca es doctor en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires y profesor en la Universidad Austral de dicha ciudad. Ha escrito varios libros sobre religión y política, lo que le da autoridad para comentar las dimensiones sociales del papa Francisco. Según su punto de vista, se ha menospreciado la formación intelectual del pontífice y se han confundido y simplificado sus planteamientos.

-La palabra "pueblo" es utilizada 164 veces en la Evangelii Gaudium: ¿qué entiende el Papa con ella?

-No se trata de una cuestión dogmática sino pastoral. Los dogmas son las verdades de fe que se mantienen incólumes a través del tiempo, pero la forma de comprenderlos o de entender su significado, como es lógico, cambia según las distintas mentalidades y circunstancias de los diversos estadios históricos. Estamos aquí en la manera o el estilo de transmitir la fe, de explicarla, de hacerla asequible a la mentalidad del hombre y la mujer de nuestro tiempo. La del Papa es una modalidad entre otras de comunicar o anunciar un mismo mensaje, que es lógico que sea distinto a través del tiempo, y cada Papa tiene su propia forma de hacerlo. Es verdad que el papa Francisco utiliza mucho la palabra pueblo, y con esta actitud no hace sino apuntar a un concepto central del Concilio Vaticano II. Se trata de una sensibilidad que permite entender a la Iglesia de un modo distinto a otros, en este caso como el nuevo Pueblo de Dios, heredero del pueblo elegido que es el judío, en la economía de la salvación. Al Papa le gusta referirse al "santo Pueblo de Dios" así como otrora se hablaba de la "Santa madre Iglesia",  una expresión que dejó de usarse a partir del Concilio, aunque no puede decirse que ella haya devenido arcaica.

Lo que el Papa hace ahora es simplemente situarse en este enfoque conciliar e intenta profundizarlo. En el Concilio la Iglesia no es entendida tanto desde una perspectiva jurídica (como era frecuente en los años anteriores, según el esquema de una sociedad perfecta) ni tampoco principalmente desde la visión teológica de Cuerpo Místico de Cristo. Esta nueva perspectiva conciliar no abandona esas visiones, sino que las complementa, porque le otorga una carnadura al incorporar una historia y una identidad cultural al concepto de la eclesialidad. Seguramente en el futuro van a aparecer otras caracterizaciones, pero la que el magisterio (que es una función de enseñar por la cual la jerarquía eclesiástica guía a los fieles cristianos en su decurso histórico) ha elegido para nuestro tiempo, es la de que la multitud de los fieles no constituye un conjunto informe, sino que ellos conforman un Pueblo integrado por quienes han procurado seguir o encarnar el estilo de vida anunciado por Jesucristo.
Francisco también utiliza la palabra pueblo para designar al conjunto de los miembros de una sociedad con una cultura y un proyecto común que asegura su convivencia. Según el Papa, el pueblo está representado en particular por los pobres, porque en ellos se conservan más los rasgos culturales que lo constituyen como tal. Pero lo importante en este punto es que el Papa siempre emplea el término desde una perspectiva teológica y nunca política. Es relevante este detalle porque muchos son los que se saltan este punto y entonces las conclusiones pueden ser atrabiliarias.

-¿Cuál es la relación del Papa con la llamada teología del pueblo y de qué manera se diferencia de la teología de la liberación?

-Pienso que no se puede considerar lisa y llanamente al Papa Francisco como un exponente de la teología del pueblo en sentido estricto, porque el Papa reconoce una formación intelectual muy rica procedente de diversos autores y fuentes, y por lo demás  ningún papa ha caracterizado a una corriente teológica en particular ni a  ninguna espiritualidad como única norma de fe. Esto es así  porque en la Iglesia se conjuntan muy diversos carismas, pero sin duda él ha tomado muchos de los conceptos de esta corriente teológica y básicamente extrae de ella una sensibilidad que es entender a la fe cristiana encarnada en las culturas. El mensaje cristiano no es algo abstracto, no es una disquisición de carácter intelectual, sino algo muy concreto que es el seguimiento de la persona de Jesucristo.
Está discutido entre los teólogos si la teología del pueblo posee una  autonomía propia o es una parte de la teología de la liberación, pero me parece que eso no tiene tanta importancia. Sí me parece que debe tenerse en cuenta que las teologías de la liberación no son una sola y que ni en singular ni en plural ha sido condenada en bloque por la Iglesia católica, al contrario. Lo que ha habido son dos documentos de la Congregación para la doctrina de la fe donde se advierte sobre ciertos aspectos que son inconciliables con el mensaje cristiano. Pero las teologías de la liberación, que son un aporte latinoamericano a la teología católica, no importan en sí mismas ninguna temporalización de la Iglesia ni ninguna otra heterodoxia. Una de sus contribuciones es precisamente haber puesto de relieve que la salvación no tiene una dimensión solamente individual sino también social y política.

-Carlos Peña cuestiona la teología del pueblo, que tilda de" demagogia de la fe", y califica de simplista el discurso del Papa. Más aún, acusa que hay en su comportamiento mediático un "exhibicionismo de las propias virtudes", como la austeridad. ¿Tienen asidero esas críticas o son un malentendido?

-Decir que la teología del pueblo es una teología populista me parece que precisamente es una actitud que incurre en un vicio muy común que he señalado, y éste consiste en  confundir los planos teológico y político. El mismo Papa lo ha aclarado más de una vez, pero esto parece ser insuficiente, porque el nivel de prejuicios es muy grande respecto de él, como ha sucedido tantas veces en la historia de la humanidad y en particular en la historia del cristianismo. Lo que ocurre es que cuando se lee la realidad con un enfoque ideológico, entonces ninguna aclaración resulta suficiente. Insisto, hablar de los pobres no tiene nada que ver con la demagogia. Las acusaciones de pauperismo volcadas sobre Francisco suelen omitir los propios textos evangélicos en los que se señala de un modo radical al pobre como sujeto de la evangelización.
Ciertamente, la opción preferencial por los pobres no es un invento de ningún Papa y menos de Francisco: es un invento de Jesucristo. Si este amor privilegiado por quienes están en una situación de precariedad no nos gusta, será mejor que nos pongamos a revisar si no nos hemos hecho una religión distinta a nuestra propia medida. Esta es una actitud relativamente frecuente entre los propios cristianos: la tentación del subjetivismo, sobre todo en los últimos siglos, y está muy extendida en la actualidad, donde la cultura está afectada de un marcado signo individualista. Es precisamente por esto que el Papa insiste tanto en el concepto de pueblo, porque no nos salvamos aislada o individualmente sino como pueblo, como ha puntualizado el Concilio Vaticano II, que así lo ha querido Dios.
Es verdad que ha habido una idealización utópica del pobre por parte de algunos teólogos, que es como una reedición de la teoría del buen salvaje, pero también hay que preguntarse si ese contrapunto de oposición no obedece a que venimos de una visión inversa en la que el pobre era anatematizado, aunque sea en los hechos. Pensemos que el rechazo de los pobres siempre se ha expresado de una manera sutil o violenta, pero ha estado demasiadas veces muy presente en nuestra cultura. Los aborígenes, por caso, eran considerados vagos pendencieros, ladinos, haraganes, sanguinarios y crueles y muchas cosas más. Si uno estudia cómo los trataban los blancos que los exterminaron, no me parece que estos sean tampoco ningún ejemplo moral. Me pregunto, por lo demás, si no se pueden encontrar similares o peores descalificaciones en la civilización europea, que junto a innegables valores también ha producido los más horrendos crímenes de la humanidad. Pero es verdad que como una sensibilidad reactiva, ahora se corre el riesgo de pasar del indio malo al indio bueno, en un típico movimiento de bumerán muy habitual en la historia.
No basta con ayudar a los pobres, nos dice Francisco, sino que hay que ir a las causas de tremendas injusticias que dejan indiferente al hombre después de veinte siglos de cristianismo. El Papa procura sacudir esa indiferencia glacial hacia el propio hermano, sin distinción de ningún tipo. Según la experiencia permite apreciarlo, todo está bien cuando un cristiano ayuda a un pobre, pero eso no alcanza para vivir cristianamente si no se buscan crear nuevas condiciones que los incluyan. El corazón de los hombres, incluso de  algunos cristianos, se ha endurecido al punto de mirar negativamente esa actitud de justicia y de misericordia que el Papa encarna. Cuando le doy de comer a los pobres, me dicen que soy un santo, reflexionaba no sin cierta ironía el obispo Helder Cámara, quien no tenía nada de comunista pero le decían el obispo rojo. Pero si pregunto por qué los pobres pasan hambre, por qué hay pobres, seguía diciendo el obispo, me dicen que soy un comunista. Pues bien, me parece que esto mismo  le sucede ahora a Francisco.

¿Cómo se entiende la opción por los menos favorecidos y cierto elogio de la pobreza en el pensamiento de Francisco?

-El tema del pobre y el de la opción de la Iglesia por los pobres no es una opción política sino teológica. En la teología del pueblo el concepto de pueblo no es ambiguo sino analógico, como han puesto de relieve algunos de sus expositores, en el sentido de que significa tanto la nación (comprendida desde la historia y la cultura comunes) como las clases o sectores desposeídos. Al menos en el caso de América Latina es el pueblo sencillo el que de hecho ha mantenido mejor el ethos, es decir los valores y actitudes éticas fundamentales. Es un hecho que el egoísmo en la vida social aumenta con la riqueza, sin que esto signifique que ella sea un mal en sí mismo, desde luego. Los pobres y sencillos, por serlo, son de ordinario más fácilmente solidarios, están abiertos a la trascendencia y a los otros, y manifiestan con mayor nitidez ciertos valores humanos esenciales, sin mezclarlos con el poder, el tener y el saber como objetivos absolutos. Esta realidad que ha sido puesta de relieve ahora por la teología del pueblo y  magisterialmente por Francisco, se encuentra en numerosos textos del patrimonio cristiano de todos los tiempos.
Me parece que esta pregunta ha quedado contestada, pero podemos profundizar un poco en ella, para señalar algún aspecto que me parece no ha sido suficientemente advertido. El mensaje cristiano posee intrínsecamente una dimensión social que en los últimos siglos ha quedado bastante desdibujada por una influencia individualista,  de la cual no hemos sido muy conscientes, y esto es precisamente lo que el magisterio de la Iglesia intenta ahora corregir, quizás con una mayor insistencia dada la gravedad de la situación por la que atraviesa el mundo.
Los últimos papas han hecho evidentes esfuerzos en esta dirección, pero evidentemente ello no ha sido suficiente. Si Francisco omitiera este punto estaría desdibujando también él un rasgo fundamental de la enseñanza de Jesucristo, traicionando su auténtico significado. Estaría desoyendo no solamente el llamado a una opción preferencial reiteradamente planteada por todo el episcopado latinoamericano, sino oponiéndose al mismo magisterio de sus antecesores. Se trata de una cuestión esencial y no de un punto menor que pueda soslayarse sin herir de un modo vital el corazón de la salvación cristiana.

Lo que Francisco está queriendo, y hay que estar muy distraído para no verlo, es que en primer término los cristianos asuman ellos mismos la dimensión social de su propia fe expresada en la doctrina social de la Iglesia. De otra parte, deberíamos reconocer que esta doctrina ha sido bastante olvidada a la hora de construir una sociedad verdaderamente humana. La doctrina social de la Iglesia no es algo que los cristianos hayan tomado muy en serio hasta ahora, sino que la han considerado un mero complemento, cuando se trata de un punto central de la doctrina de Jesucristo. Si la Iglesia hiciera la vista gorda sobre este asunto, seguramente sería objeto de un grave cuestionamiento en el futuro. Hay aquí una responsabilidad ante la historia que encierra una grave deber para todos los fieles en la hora actual.

-¿Es el Papa un intelectual como el cardenal Ratzinger? ¿Cuál podría ser su legado?

-Si lo que se pregunta es si el papa tiene un perfil intelectual, la respuesta debe ser matizada. Él no es un intelectual en el sentido de haber dedicado su vida a la reflexión filosófica o teológica. La inmensa mayoría de los grandes y pequeños santos tampoco han sido intelectuales en ese sentido y esto no es un requisito ni para ocupar un cargo en la Iglesia ni para la vida cristiana. Tampoco la mayor parte de los propios pontífices que le precedieron han tenido un oficio intelectual, empezando por el mismo Pedro que era un humilde pescador, seguramente iletrado.

Dicho en forma bien clara, que deja al descubierto cierta desconsideración por esta supuesta carencia del Papa, para ejercer el pontificado no se requiere ser un intelectual, ni el hecho de serlo acredita un mejor pontificado, así como el hecho de no serlo encierra una capitis deminutio (disminución de la capacidad). No puedo dejar de puntualizar también que en más de una ocasión  y de una manera desacreditante se ha ninguneado la formación de Francisco, que posee como mínimo la de los jesuitas, siempre considerados como un cuerpo del mayor rigor intelectual en la Iglesia.
El cristianismo no es una doctrina teológica ni una concepción filosófica sobre el hombre y la sociedad, aunque desde luego la contiene. El cristianismo, como el mismo Ratzinger lo ha expuesto, no es ni siquiera un código moral, no son unos principios muy elevados para ser discutidos en reuniones de alto nivel académico sobre lo que está bien y lo que está mal en el mundo. Es pura y simplemente el seguimiento de Jesús como un modelo de vida a imitar en el paso del hombre por esta vida, cuyo eje fundamental es el amor. No es un amor desencarnado sino que se concreta precisamente en un Dios encarnado en la persona de Jesucristo, viendo en cada ser humano la imagen y semejanza del propio Dios.

El cristianismo no es una religión para letrados o iletrados, es un mensaje de amor universal y eso quiere decir para todos. En toda su historia, la Iglesia jamás ha dicho que para alcanzar la perfección haya que hacer un posgrado en estudios teológicos, tampoco para ser Papa, que es el pastor de esa Iglesia universal en la cual caben todos, ricos y pobres, doctos e ignorantes. Pero sí es verdad que Dios encuentra  con mayor prontitud un corazón amable en los pobres y en los sencillos, y para esto no hace falta necesariamente leer al Papa sino el Evangelio de Jesucristo.
De todos modos, merece la pena puntualizarse que Francisco, aunque no ha escrito un tratado de teología,  posee un rico pensamiento teológico y recientemente acaba de publicarse un volumen donde algunos teólogos de relieve  como Jurgen Werbick, Lucio Casula, Peter Hünermann, Roberto Repole, Carlos Galli, Santiago Madrigal Terrazas, Aristide Fumagalli, Juan Carlos Scannone, Marinella Perroni, Piero Coda y Marko Ivan Rupnik analizan la eclesiología de Francisco, que muestra esa riqueza y esa fecundidad. Lo mismo puede decirse  de una biografía intelectual del filósofo Massimo Borghesi que acaba de aparecer, todavía no traducida al castellano.
Nadie ignora que el Papa se ha impuesto una tarea sobrehumana en aspectos muy diversos como una nueva reforma de la Iglesia, que básicamente se resume en una concreción de los planteamientos conciliares. Su misión es gigantesca y abarca múltiples cuestiones, pero si solamente pudiera hacer tomar conciencia a los fieles cristianos de asumir la dimensión social de su  propia fe, ello sería más que suficiente para configurar un legado grandioso como pocos en la historia de la Iglesia.

Roberto Bosca