Revista Capital

[Archivo] Nicanor Parra propone el terrorismo global

Por: Juan Manuel Vial

Echado frente a la puerta de la casa de Nicanor Parra –el poeta vive en un sector conocido como El Vaticano, en el balnea- rio de Las Cruces– hay un perro sin in- tención aparente de levantarse. Es el típi- co quiltro chileno: estatura mediana, peso semimosca, color café con leche y mira- da ladina.

-¿Y este perro, Nicanor?

-Llegó hace un tiempo y se quedó para siempre. Pero de expulsarlo, ni hablar: cuando me le acerco decidido a echarlo, se da vuelta, me muestra la guata, estira las patas, sonríe y me hipnotiza con esos ojitos amarillos que tiene. Alguien le puso “Parrita” -responde el poeta al tiempo que invita a sortear al impasible “Parrita” para entrar a su casa.

Una vez dentro, lo primero que llama la atención del visitante es una serie de los famosos artefactos creados por el dueño de casa. A mano derecha, debajo de la es- calera que sube al segundo piso, están las máquinas de escribir antiguas, cada una con la respectiva leyenda parriana que las convierte en artefactos, es decir, en esos mordaces trabajos plástico-literarios que dejan con la boca abierta a cualquiera que los observe. Justo frente a mí, al fondo del pasillo, hay otro: una reproducción de la Venus de Milo, de cuyo cuello descabeza- do cuelga el siguiente cartel: “Soy frígida. Solo me muevo por fines de lucro”.

Apiladas sobre la mesa del living hay sorpresas aún mayores. Se trata de siete láminas a todo color en las que se puede ver a Nicanor Parra, seguramente por obra y gracia de la computación, ejerciendo como modelo publicitario para una conocida multitienda. La mejor imagen, sin lu- gar a dudas, es la primera del montón: rodeado de cinco estupendas mujeres, y due- ño de una mirada francamente seductora, de galán imperecedero, el antipoeta luce una estupenda chaqueta de cuero color “Parrita”. En otra, cubierto por un envidiable abrigo blanco, Parra observa con la expresión de un pensador glacial el paisaje antártico que lo rodea. También está la escena costumbrista: Nicanor, junto a sus amigos los pescadores, empuja hacia la mar un colorido lanchón, esta vez luciendo un buen gorro de lana.

-Nicanor, sale muy bien en las fotos.

-¿Usted cree? -pregunta con una mirada pícara que también tiene algo de la autosuficiencia del macho bien macho.

-Claro que sí. ¿Y ya se las sacó?

-No todavía. Pero están en camino. Dicho esto, me invita a sentarme en uno de los sillones del living, sobre los cuales es posible ver esparcida la totalidad de la prensa dominical del día de ayer. Nicanor, por su parte, se sienta en el otro sillón y, vaya a saber uno por qué motivo, al poco rato estamos hablando de Diego Portales, personaje por el cual el poeta de- muestra admiración y un pormenorizado conocimiento, pese a que su interés por él comenzó hace poco, cuando el rector de la Universidad Diego Portales lo invitó a dar una clase magistral en dicha casa de estu- dios: “Vino a verme una amiga mía, acom- pañada de Jaime Collyer y Raúl Zurita. Los enviaba Manuel Montt, el rector, para ver si yo me interesaba en su propuesta. La única condición que pedía Montt era una respuesta inmediata de mi parte.Y se la di: detrás de la invitación, le escribí que yo estaría de acuerdo solo si él aceptaba cam- biarle el nombre a la universidad por ‘Universidad Pedro, Juan y Diego Portales’. Su respuesta fue la siguiente: ‘La universidad siempre se ha llamado Pedro, Juan y Diego Portales, lo que sucede es que en el papeleo burocrático, ése que requiere de membretes, timbres y otras latas, alguien olvidó incluir el nombre completo, con lo que quedó trunco para siempre’. Ante esta respuesta, acepté encantado”.

Un momento después, Nicanor se levanta y me ofrece vino. Acepto, encantado también, y él vuelve con tres vasos y una botella de tinto que ostenta la silueta de Pablo Neruda en la etiqueta. Acto seguido, llena dos de los vasos, y el tercero, como es costumbre en su casa, lo deja vacío. Cualquiera sabe que Parra no es –ni nunca ha sido– un nerudófilo, por lo que la ritualidad resulta levemente paradójica, hasta que el anfitrión dice: “Salud.Yo paso del vino porque estoy tomando unas pastillitas”.

Luego reanuda la charla sobre la historia de Chile del siglo XIX y, de pronto, aparece allí un personaje fundamental, el cual verdaderamente lo entusiasma. Se trata del lonko Pascual Coña. “Los mapuches no dejaron documentos escritooooooos”, informa con voz cantarina, mientras expresa perturbación abriendo los ojos exageradamente. “Imagínese, toda esa inmensa sabiduría era puramente oral. Por suerte ha llegado hasta nosotros el testimonio de Coña, quien comenzó el relato de su vida siendo un anciano”. Dos segundos más tar- de, el imbatible conversador ya está citando de memoria los primeros párrafos del documento, así, como si nada: “Una cosa diré: estoy viejo ya. Creo que tengo más de 80 años. Durante esta larga vida llegué a conocer bien los modales de la gente de antaño; todas las diversas fases de su vida tengo presentes; tenían buenas costumbres, pero también malas. De todo esto voy a hablar ahora: contaré el desarrollo de mi propia existencia y también el modo de vivir de los antepasados. En nuestros días la vida ha cambiado; la generación nueva se ha chilenizado mucho; poco a poco ha ido olvidándose del designio y de la índole de nuestra raza; que pasen unos cuantos años y casi ni sabrán ya hablar su lengua nativa. Entonces, ¡que lean algunas veces siquiera este libro! He dicho. Pascual Coña”.

-¿Y qué piensa usted del nuevo americanismo que propone Hugo Chávez?

-Es otra de las muchas cartas de la baraja. Antes de explicar tan crípticas palabras, Parra se levanta y comienza a buscar un cuaderno de croquis en el que permanentemente está anotando ocurrencias. Lo encuentra y me enseña un antipoema llamado El Hugólatra Chávez: “el gordo Chávez tiene la razón:/ mientras/ los presidentes van de cumbre en cumbre/ nosotros los de abajo/ vamos de abismo/ en abismo/ en abismo”. Luego vuelve a lo que quiso decir con eso de otra carta de la baraja: “Yo vivo bajo el imperio de lo que el poeta Keats llamaba la negative capability. Según él, Shakespeare también se regía por ese mismo principio. “Hay que dejar que flameen todas las banderas, sin abanderizarse con ninguna. Hablo de la capacidad de vivir en la contradicción, sin que por ello exista algún tipo de conflicto. A fin de cuentas, todo consiste en manejar las variables ocultas, y lo único claro es que el poeta no debe tomar partido”.

En ese preciso instante me doy cuenta de que me será imposible recordar todo lo que el antipoeta me ha dicho hasta ahora. Es que a Parra no le agradan mucho las entrevistas y, por regla general, no permite que el entrevistador use una grabadora mientras conversa con él. Pese a tener muy claro todo lo anterior, le pregunto si acaso le molesta que tome algunas notas. Me responde que preferiría que no lo hiciera, ya que se inhibe.
Nicanor Parra acaba de publicar Discursos de sobremesa, una recopilación de cinco discursos escritos y declamados entre los años 1991 y 1997. Además de ser una obra monumental por donde se le mire, la preparación de este libro le ha permitido fijar la atención sobre un asunto que desde hace tiempo le quita el sueño: el lenguaje cuico. Pese a ser considerado por los que saben como el mejor poeta vivo de la lengua castellana
–y lejos, lejos, lejos el mejor poeta chileno de todos los tiempos–, Parra no se caracteriza precisamente por haber hecho concesiones hacia ningún tipo de jerga oficializada, o sea, cuica:

-El discurso cuico es una invención europea, es el discurso ilustrado, ese que dice con toda solemnidad “señoras y señores”, “autoridades presentes”, etcétera. También es el discurso de los políticos. Yo prefiero algo más pelusón. A mí no me interesa el lenguaje literario correctito. Tenemos que volver a lo verdadero, a aquello de lo que nos habla Pascual Coña. Con mayor razón en los tiempos que corren: después de las Torres Gemelas, solo queda andar a las patadas. Y lo que yo hago es patear. A veces, incluso en el hocico. Ya se acabaron los pajaritos de colores y las nubecillas alejándose del paisaje. Chuta, si estamos en la época del terrorismo global. Y mi respuesta es ésa: terrorismo global, claro que sí. Mire, le voy a mostrar una cosa–, dice antes de desaparecer escaleras arriba.

Transcurrido un par de minutos, Parra regresa del segundo piso con una lámina tamaño cuaderno en la que se ve a una persona cayendo al vacío sobre un fondo de rayas paralelas. Se trata de una de las vícti- mas del atentado a las Torres Gemelas en pleno vuelo hacia la muerte. Sin decir nada, el poeta se pone a buscar algo que termina siendo una hoja en blanco; la dobla y luego escribe sobre ella una leyenda con un grue- so plumón negro. Hecho esto, ubica el pa- pel al pie de la foto, y el efecto es instantá- neo: “GUESS WHO, WHERE & WHEN”. (Adivine quién, dónde y cuándo).

Este y otros inclasificables trabajos serán expuestos pronto en el Centro Cultural de La Moneda, lugar que a Parra le produce cierto resquemor, por lo que prefiere llamarlo “Subterra”.Y al mencionar esa palabra, que para él es mágica, se permite un paréntesis y me pregunta si he leído a Baldomero Lillo. Le respondo que no últimamente. “Ojo: en Baldomero Lillo está la clave. El tipo no usaba el lenguaje cuico para escribir, mientras que todos sus contemporáneos sí lo hacían”. Retomando el tema que había empezado a desarrollar con anterioridad, y demostrando que eso de andar a las patadas no es ninguna bravuconada para la galera, Nicanor explica la que –téngalo usted por seguro– será una de las obras más polémicas de la exposición que está preparando. “Voy a colgar a la totalidad de los presidentes de Chile. Así, en fila india, todos ahorcados”, dice sonriendo, feliz de la vida. Y ante mi muda estupefacción, agrega: “Voy a dibujar unas horcas y de ahí van a colgar todos”. La radicalidad de la propuesta es evidente, pero él ni se arruga. Es más, el asunto parece entusiasmarlo:

-También tengo pensado otro trabajo. ¿Se lo explico?

-Por favor.

-Se va a llamar Rincón de los Presidentes y consiste en lo siguiente: de una horca pende la figura de un militar. Usted sabe: muchos presidentes de Chile han sido militares. Y al pie de la horca que voy a dibujar, se puede leer “el pago de Chile”. Entonces, por medio de esa frasecita, nos sacamos todos los balazos de encima, porque tampoco se puede andar ofendiendo taaaantoooo–, dice mientras vuelve a utilizar el tono de voz cantarín, al tiempo que celebra la ocurrencia zapateando contra el suelo. “Una de cal/ y otra de arena”, concluye con la mirada en modalidad pícara. En eso aparece el gato Leoncio por la terraza que enfrenta al mar. Nicanor explica que el animal tampoco es de su propiedad, pero que recibe sus visitas con regularidad y sin aviso previo. Le gusta el misterio que rodea a todos los gatos del mundo. Un minuto después, la joven que lo ayuda con las labores del hogar avisa que el almuerzo está listo. Pasamos al comedor, donde están dispuestos dos platos de lentejas con arroz, cebolla, pimentón y ajo, una ensalada de tomate con ajo, una bandeja de pan, un arrollado huaso y vino. Al percatarse de que mi vaso está vacío, Nicanor escancia con la mano izquierda, al tiempo que agrega “perdone la izquierda, así se decía en el campo”. Luego me pregunta de dónde habrá salido ese dicho que le recuerda a su infancia, y yo, sin nada que responder, pero sintiéndome obligado a intentar algo, le digo que quizás venga de la India, lugar en el cual la mano izquierda está totalmente vetada para muchos usos, ya que, después de obrar, hace las veces de papel confort. “Claro que sí. Allen Ginsberg aprendió a hacerlo a la perfección. Así contó cuando
volvió a Estados Unidos”.

-¿Y qué opinión tiene usted de la India?

-Estuve como una semana, y la verdad es que me pareció un país intimidante. No tan solo por las muchedumbres, sino tam- bién porque está lleno de homosexuales. Cuando llegué al hotel, se me acercó un tipo a ofrecerme un masaje.Y tanto insistió con lo de “massage, massage”, que no me quedó otra que aceptar. Pucha, es que los indios sí que son catetes. Bien. Me masajeó un rato hundiéndome los dedos en la espalda, hasta que de repente, sin decir agua va, me pidió que me desnudara. Me di vuelta para irme y él ya estaba en pelotas.Y no tan solo eso, sino que también –y aquí hace un gesto empuñando la mano derecha hacia el techo–, así que le dije párele, compadre, párele, esto llegó hasta aquí no más.

Demostrando nuevamente la imprede- cibilidad de su saber, Nicanor saca a colación el Código de Manú –personaje mítico que es una especie de Noé del hinduismo– y se pone a recitar los versos iniciales de éste. Es la sexta o séptima vez que declama en voz alta. Ya lo ha hecho en inglés y también en francés. Y justo cuando pienso de dónde diablos provendrá esa inaudita capacidad intelectual, para ni hablar de la encandilante vivacidad adolescente de sus movimientos y de su charla, el poeta vuelve a preguntar algo difícil de contestar:

-¿Por qué cree que tengo todos mis dientes a los 92 años?

-Ni idea.

-Porque mamé hasta los cinco años. Una maravilla: me acuerdo perfectamente de haber estado mamando, y eso no lo puede decir cualquiera.

-Y usted que siempre ha sido tan jovial, ¿qué opina de la llamada revolución de los pingüinos?

Recurriendo nuevamente a su cuaderno, Nicanor lee un poema que no está exactamente escrito como lo transcribo, pero que sí suena igual: “¡Hágase la luz!/ Y se hizo/ la Movilización de los Pingüinos:/ por una educación igualitaria/ léase/ entrelíneas/ una comunidad igualitaria”. Dicho esto, agrega: “Simpático, ¿no?”. Y sin quererlo, Parra entrega una de las claves fundamentales para entender su obra: la literatura no tiene por qué ser atributo del culteranismo o de la pedantería, claro que no. La literatura, en su opinión, debe ser simpática, debe caerle bien a la gente. No es de extrañar, entonces, que dentro del canon literario de Nicanor Parra queden fuera de combate todos aquellos que han olvidado la obligación popular de las letras.

A estas alturas de la conversación, Nicanor Parra ya no está inhibido, esto si es que alguna vez lo estuvo de verdad. Ahora, por ejemplo, habla de cuánto les gustó a los gringos esa famosa definición de poesía que dio en una charla dictada en Nueva York, allá por los años 70: “La poesía es pura matemática”, dijo. “Es cosa de ver un teorema: ni una palabra de más, ni una de menos”. Risas y aplausos. Pero lo que Parra no dice, ni tampoco sugiere, es que varios de sus poemas fueron traducidos al inglés nada menos que por William Carlos Williams, o que, luego de leerlos, los poetas beatniks, entre ellos Ginsberg y Ferlinghetti, quedaron de una sola pieza. En Chile, deben de haber pensado con cierta inquietud los vanguardistas más famosos de la época, ya hay alguien que está escribiendo las mismas cosas que nosotros. Y no tan solo eso: Nicanor Parra, como lo demostraría el correr del tiempo, había inventado un género, un lenguaje y un método multifacético de expresarlos. En definitiva, dio con una fórmula que, paradójicamente, resultaba mucho más flexible que un teorema. Aunque ni tan paradójicamente, puesto que Parra, antes que nada, suscribe al principio de la complimentariedad, expresado en aquello de que el mazo está compuesto por muchas cartas, en aquello de las variables ocultas y en la certeza final de que “lo único que vale en poesía es el hablante delirante”.

-Y una última cosa, Nicanor: ¿qué le parece la farándula?

-Ahí no más. Ahora, ¿cómo abjurar de la farándula? Encomendándose a las variables ocultas. Mire: farándula = pesimismo cómico. Entonces, para salir de ella, lo que nos queda es el optimismo trágico. Pero también hay otra salida: terro-ismo global.