Revista Capital

Abuelito, dime tú

Por: Marcelo Soto

Se ha hablado bastante en los últimos años de la literatura de los hijos, pero tal vez sería más interesante destacar otra mirada en la narrativa chilena reciente: la que se plantea desde la experiencia de crecer en provincia. Acá caben desde El sur, de Daniel Villalobos, a Ruido, de Álvaro Bisama; pasando por Memoria de la carne, de Pablo Ayenao, y Colección particular, de Gonzalo Eltesch. En su versión punk, aparecen Manual para robar en supermercados, de Daniel Hidalgo, y Valpore, de Cristóbal Gaete, por nombras algunas.

A ellos se suma, aportando un tono muy distinto, Jeidi, de Isabel M. Bustos (Laurel, 159 páginas), quien le da un giro inesperado a la narración del mundo campesino. Una especie de nuevo costumbrismo, sin los lastres del género y con un rasgo sobrenatural, cuya lectura deja la sensación de atisbar un mundo extinto. Situada en los años 80, en un pueblo llamado Villa Prat, anclado en la nada (un eco, quizá involuntario, a El lugar sin límites, de José Donoso), la novela se centra en vidas pequeñas, de gente postergada, cuyas opciones de experimentar algo parecido a la felicidad son nulas. Quedaron fuera del tren, lejos de la carretera. La única estatua en la plaza, como sucede en muchas localidades chilenas, es la del héroe de la Esmeralda. Talca está a unas cuantas horas de distancia y los protagonistas la ven como una metrópolis con gente a toda prisa, donde se sienten fuera de lugar y amenazados.

En este panorama sin horizontes de cambio, la autora presenta a Jeidi, una niña de 11 años, a quien llaman así porque vive en el cerro junto a su abuelo, tal como en la serie animada que tuvo éxito en Chile a fines de los 70. Ella canta en la iglesia con una voz celestial y aparte de eso, sus únicos momentos de alegría son cuando va a pescar con dos amigos, Vicky y Ariel. Bustos describe con levedad y cariño la manera en que el trío trasciende la opacidad pueblerina (por ejemplo cuando empiezan a intuir las diferencias de sexo). El viejo, por su parte, pasa el tiempo ebrio, sin decir palabra. La monotonía se ve alterada cuando Jeidi tiene una visión y comprende que lleva en su vientre un niño concebido por Dios. La muchacha es piadosa y habla con un perro, un calcetín y un pañuelo. Se siente culpable por la muerte de su madre, cuando ella nació.

La novela tiene un nervio sutil, una electricidad que atrapa de manera lenta, sin golpes de corriente, con el que la escritora va armando un mundo cerrado, que se distrae con asuntos tan rancios como Sábado Gigante, El Chavo del Ocho, Japenning con Ja, la noticia de una reina de belleza, la teleserie de la tarde o un VHS pirata. Una experiencia que huele a fastidio, tierra y pobreza. Es un escenario penoso, desolador, del que dan ganas de salir corriendo, pero Bustos tiene la virtud de dotarlo de gracia. No obstante la pesada noche que cae sobre el pueblo (así como en el Chile de Pinochet), algunas de estas vidas derrotadas no han perdido la luz.