Revista Capital

Los fantasmas de un alumno y su maestro

Por: Christian Ramírez

Para haberse convertido en la sensación del último Festival de Sundance, en enero pasado, el argumento de A Ghost Story parece simple y quizás hasta demasiado familiar: un joven músico (Casey Affleck) que fallece en un accidente automovilístico se resiste a dejar a su esposa (Rooney Mara) y permanece en espíritu a su lado, contra viento y marea. Solo que en vez de tener un aspecto dramático y translúcido (como Patrick Swayze en Ghost), el protagonista lleva puesta encima una enorme sábana blanca, con dos orificios negros por ojos.

¿Es una broma?

Para nada. Esa era la intención desde el principio. Al menos así lo ha explicado David Lowery, su director. Sin sábana, nunca habría existido película. La idea era apoyarse en el más burdo de los clichés para ver si, a partir de ahí, se podía construir una historia de fantasmas que perdurase en la memoria de su audiencia y redimiera a un género hoy secuestrado por productos mediocres como Actividad Paranormal y su sinfín de secuelas. Eso sí, en caso de que la experiencia fuese un fiasco tomó antes unas cuantas precauciones: la filmación se llevaría a cabo en total secreto y “escondida” entre el ruido generado por el inminente estreno de Mi amigo el dragón, filme infantil que Lowery rodó por encargo de Disney. Y, al contrario de los 65 millones que había costado dicha cinta, solo contaría con 100 mil dólares (presupuesto microscópico para los estándares hollywoodenses). Muchos clásicos del terror y el fantástico se han producido en condiciones similares, pero lo que realmente diferencia a esta Ghost Story de sus antecesoras no es el factor sorpresa ni el ínfimo dinero gastado en la aventura, sino el tratamiento mismo del material...

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