Cultura

American Horror Story: Cult, al filo de lo real

En su nueva temporada la serie se sitúa en el escenario actual de EE.UU., donde la contingencia puede ser más terrorífica que la ficción.

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Por: Juan José Richards

Si existe una constante en las siete ediciones que –desde el 2011– ha tenido American Horror Story (FX) es su irregularidad. Esta producción, que se vende como una antología de terror y que cada año cuenta una historia distinta con un elenco que se va renovando, tradicionalmente empieza con grandes y promisorios primeros capítulos, pero a medida que avanza, suele decaer.

¿El problema? La escala. Aunque cada temporada elige un universo particular (un manicomio, un hotel, una casa embrujada, un circo itinerante), el guión no jerarquiza sus líneas narrativas. Para su creador, Ryan Murphy –responsable de comedias satíricas como Glee y The New Normal, pero también de excelentes dramas como Nip/Tuck y Feud– todo parece atractivo. Y en ese sentido, se distrae.

Los temas que plantea Murphy son muchos, pero se pueden reducir a cuatro: la violencia, el sexo, el horror y el absurdo (nada en AHS es muy en serio y ese filo entre tragedia y comedia es uno de sus valores). En esta ocasión, Murphy descartó las ambientaciones de época y los escenarios aislados, para enfocarse en el delicado momento político que vive Estados Unidos. Un gran acierto porque nos sitúa en un filo vertiginoso.

El primer capítulo arranca el minuto en el que se dan a conocer los resultados de las elecciones presidenciales del 2016 en un pequeño pueblo en Michigan. Para entender la polaridad que generó ese momento, Murphy elige dos personajes que también son dos caricaturas: por un lado está el hiperconservador Kai, un muchacho desempleado alienado con el discurso de odio de Trump (que ve las noticias en FOX), y por el otro Ally, una lesbiana liberal y burguesa que se desarma con los resultados (y que ve las noticias en MSNBC).

Los actores que dan vida a estos polos son dos rostros emblemáticos de la serie: Evan Peters y Sarah Paulson. Peters es, sin duda, el mejor actor de terror que ha pasado por la televisión en la última década. Su mezcla entre niño bonito y adolescente perturbado, un cruce millennial entre River Phoenix y Kurt Cobain, lo hace ideal para interpretar al magnético líder de una secta que surgirá tras el desenlace presidencial.

Y Paulson, por su lado, encarna a la sicótica perfecta. Llora con una facilidad perturbadora y la cámara sigue muy de cerca cada uno de los temblores faciales que evidencian las fobias que se le activan cuando se entera de que Trump estará a cargo del país. El contraste entre estos dos personajes es extremo y atractivo. No solo en el plano de la ficción, sino que como reflejo de lo que está pasando aquí, al otro lado de la pantalla.

Trump despierta las fobias de Ally, acentuando su paranoia y desatando una crisis matrimonial entre ella y su pareja, Ivy (cuando Ally habla con su terapeuta le dice: “El planeta está dado vuelta. Y las elecciones lo hicieron peor”), mientras que incrementa el odio y el delirio de poder del perturbado Kai (“No hay nada más peligroso que un hombre humillado”, dice delante del consejo municipal cuando rechazan su moción ciudadana).

Si antes fueron los hilos narrativos paranormales, que muchas veces quedaban sin explicación, en esta temporada de American Horror Story la gran amenaza es la realidad. Murphy ocupa el ascenso de Trump para hablar de un cambio de paradigma que instala la incertidumbre como una constante en nuestro mundo. Y no hay nada más terrorífico que eso.

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