Cultura

Poli Delano, el último de los duros

El escritor chileno falleció a los 81 años. En Capital recordamos la última entrevista que dio a este medio en 2009. Aquí habla de su amistad con Bolaño, de su gusto por el box, de su encuentro con Bukowski y de una que otra pelea, ganada o perdida.

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Por Marcelo Soto

Poli Délano se parece cada vez más a uno de sus héroes, Ernest Hemingway. El pelo y la barba blanca le dan un aire de viejo guerrero que viene de vuelta de varias batallas. Aficionado al boxeo desde adolescente –aprendió a pelear en los barrios de Nueva York–, Délano es quizá el último representante de una estirpe de escritores recios, aficionados a gastar las calles del mundo antes que los rincones de una biblioteca, cuya obra tiene una clara impronta vital, nacida de sus propias experiencias.

El autor de Gente solitaria no es rencoroso, pero tiene buena memoria. No olvida ni perdona. “Tuvimos algunas buenas peleas por mis columnas”, me dice, sonriendo, al recordar sus tiempos de articulista de un diario del que fui editor. “A veces se me pasaba la mano”, reconoce, sin ánimo beligerante.

Detrás de esa coraza ruda –sus brazos siguen siendo intimidantes, pese a que por estos días se apoya en un bastón–, el escritor esconde un lado amistoso, incluso tierno. Varias veces durante la conversación se emociona –sobre todo, al recordar a su hija Bárbara, poetisa de gran talento, muerta en el accidente de Aeroperú en 1996–, pero también en ciertos momentos sube la voz. En especial, cuando habla de política y, tal vez sin darse cuenta, golpea una y otra vez el hombro del interlocutor para subrayar una frase.

En el fondo, es un humanista, cualidad que se aprecia en sus relatos, en los que por muy sórdidos que sean los ambientes, el narrador nunca deja de ponerse de parte de los personajes. En eso se parece a Bukowski, escritor al que conoció y cuyo encuentro originó una famosa crónica de Délano que ha sido ampliamente reproducida, en varios países y lenguas.

Adelantándose a todos, Délano ha comenzado una campaña –auspiciada por un grupo de escritores- por el Premio Nacional de Literatura 2010, carrera en la que asoma como uno de los favoritos. Al mismo tiempo, lanza un libro de cuentos, Por las calles del mundo, que recopila sus relatos ambientados en lugares tan diversos como Kyoto, Guanajuato y Pekín y prepara el segundo tomo de sus memorias, cuya primera parte, Memorias neoyorquinas, acaba de lanzar con buena acogida. De todo eso, y de sus batallas perdidas y ganadas, hablamos con Poli durante una tarde en el Rhenania, uno de los pocos restaurantes que quedan de ese Santiago antiguo y provinciano, anterior a las autopistas.

-¿Qué significa para ti postular al Premio Nacional?

- A mí no me importa la gloria. La gloria no viene por los premios. Si uno escribió algo bueno y queda, esa es la máxima victoria a la que uno puede aspirar como escritor. Pero el galardón económico es importante para una persona como yo, que ha tenido una vida dedicada a las letras, oficio que no sirve para ganar dinero. Es una buena jubilación. En ese sentido me interesa.

-¿A quiénes ves como tus contrincantes más duros? ¿Germán Marín?

-Yo no lo consideraría un contrincante (se ríe). Puede que lo sea, pero para mí no es un competidor… Hay otros candidatos fuertes, como Antonio Skármeta, la Diamela Eltit. Lo importante sería que el premio volviera a ser anual. De lo contrario hay mucha gente que se va quedando sin él, como le pasó a Fernando Alegría, María Luisa Bombal, Enrique Lihn, Jorge Teillier.

Recuerdos de un patiperro

El título del nuevo libro de relatos de Délano está sacado de un tango, llamado Garras: “no pude más en mi afán por llegar, era un duende errabundo / que se perdió sin poderte encontrar por las calles del mundo”, recita de memoria el autor, que describe las historias incluidas en el volumen como cuentos patiperros.

Se trata de una colección que fue publicada antes en Buenos Aires, en una tirada de 8 mil ejemplares, y que a Chile llega ampliada. “En la edición argentina no entró un cuento que es muy largo sobre Nueva York, Aria para la cuerda del sol, y aquí sí entró. Me interesaba mucho que estuviera, es uno de los cuentos míos que más me han sorprendido. Cuando lo releí hace poco me pareció que lo había escrito otra persona. ¿Cómo pude escribir esto tan bueno? ¡Qué acierto! Ya no me pasa eso, no tengo tanta inspiración”, dice.

-Alguna vez dijiste que nunca ibas a escribir una autobiografía. ¿Qué te hizo cambiar de opinión?

-Te explico: me divierte escribir novela, pero memorias no. No me gusta mandarme las partes, no ando poniéndome para la foto. Cuando la gente me pregunta por mi autobiografía, les digo: ¡por favor! No es una autobiografía, son memorias. No soy tan importante como para contar la historia de mi vida. Son recuerdos relacionados con lo que he escrito, para ir mostrando sin decirlo que soy un autor que parte de la experiencia vivida. La autobiografía es algo muy pretencioso, muy grandilocuente. La novela es un llamado del arte, una cosa que no se puede evitar, pero escribir memorias se puede evitar. Yo nunca había querido hacerlo y pensaba que nunca lo iba a hacer. Me costó mucho empezar, pero después fluyó.

-En el primer volumen, los pasajes más logrados transcurren en Nueva York, cuando eras un chico experimentando la violencia racial. ¿Era dura la vida en la calle?

-Yo entré a una escuela pública, del sistema estatal, y la violencia se manifestaba en las guerras a combos y patadas entre blancos y negros, portorriqueños, latinos. La cosa racial era fuertísima. Había una discriminación muy fea y a mí padre no le gustó eso y me cambiaron de colegio. Me pusieron en un colegio privado, liberal, donde tenía compañeras negras, mulatas, judías, de todo, y nunca hubo odiosidad entre las distintos tipos de personas. Era un colegio muy agradable. Pero en la calles era duro. Cada vez que nos mudábamos, había que pelear para que te respetaran.

-Allí conociste a la sobrina de Lauren Bacall.

-Es verdad. Mi primer amor.

-¿O sea que casi fuiste pariente de Humphrey Bogart?

-Desde entonces le digo mi primo. Bogart era mi ídolo. Había visto películas como El callejón sin salida, Angeles con cara sucia. Me gustaban los duros. Conocí a la sobrina de la mujer de Bogart, era compañera de mi curso. Me enamoré de ella primero mirándole las piernas en una clase de gimnasia. Era muy linda. Todavía tengo por ahí una foto. Era preciosa. Yo tenía 12 ó 13 años, fue el primer amor preadolescente. Un amor doloroso, de no poder dormir en la noche, no poder comer, enamorado totalmente.

Entre Mao y la URSS

Poli Délano siempre ha sido bueno para beber y comer, pero ahora se cuida un poco. “Para no engordar evito algunas cosas. Eso sí, prefiero tomar whisky antes que vino. El vino me da sueño, el whisky me estimula, aunque tenga más calorías”. Para caminar, el escritor de 73 años se apoya en un bastón, herencia de un par de caídas que le están pasando la cuenta: “me voy a operar de la cadera y tengo algunos problemas en la rodilla. Tuve un accidente en California, hace 30 años. Yo vivía en México y había un encuentro de escritores chilenos en el exilio, en Los Angeles. Estaba en el muelle de Santa Mónica, con el escritor Armando Cassigoli. Le quise hacer una broma: “te voy a tirar al agua”, le dije y me lo eché al hombro a lo bombero, y corrí con él por el muelle y Cassigoli debe haber creído que lo iba a tirar al mar y empezó a patalear y yo perdí el equilibrio. Era un muelle antiguo, de madera, lo he visto montones de veces en películas, le tengo un gran rencor. Me caí y se cayó Armando encima mío, con mi pierna torcida, me reventó los tendones. Dos horas después estaba en un hospital de donde salí enyesado, con muletas, y en vez de partir a Nueva York donde tenía que participar en una mesa redonda sobre la violencia con Arthur Miller, tuve que devolverme a México a operar”.

-A fines de los 50 estuviste en China, justo antes de la Revolución Cultural. ¿Vas a tocar esa época en los próximos tomos de sus memorias?

-Esa es la idea. En China se dice que un tipo que va una semana escribe un libro, un tipo que va un mes escribe un artículo, y un tipo que está más de un año no escribe nada. Porque cada vez se entiende menos. Yo estuve entre 1959 y 1960, y fueron años importantes en mi vida. Era una China con una pujanza increíble. Me sorprendió que Mao, en un continente como ese, se convirtiera en un factor de centralización de las almas, de unión. Piensa que hay 52 naciones en China. Y convirtió un mundo disgregado, humillado y salvaje en una potencia.

-¿Pensaste que podía ser lo que es hoy?

-No, nunca se me pasó por la mente. Pero viví experiencias remecedoras, como el décimo aniversario de la toma de poder de Mao, estuve a pocos metros viendo a Mao y Nikita Khrushchev darse la mano. Y después viví la ruptura china-soviética. Yo entonces estaba en Japón, me había ido a vagar un mes, y leí que habían roto los chinos con los soviéticos. No lo podía creer, era imposible, pensé que los diarios estaban mintiendo, y volví a China y no quedaba un ruso. Se habían ido todos de la noche a la mañana.

-¿Fuiste maoísta?

-Estuve entre las dos posiciones. Llegué a Chile con muchas ideas maoístas, traducía libros sobre la política china, pero opté aquí por la línea del PC chileno, que era prosoviética. A Germán Marín, que militaba en el PC, después le ofrecieron viajar a Pekín a trabajar y me encontré con él en la librería Universitaria. “Poli, me voy a China, ¿que irá a pensar el partido?”, me preguntó. Ni siquiera me molesté en contestar. Porque era obvio: el PC chileno había roto relaciones con el PC chino. El PC chileno era muy estricto, se cuadró con la coexistencia pacífica que planteaba la URSS y expulsó a varios que adoptaron posiciones maoístas; todos, amigos míos. Un expulsado era anatema. Y así se acabó el problema del maoísmo en Chile.

Conociendo a Bolaño

El segundo tomo autobiográfico de Délano se llamará Memorias mexicanas por razones obvias: no sólo vivió una parte importante de su infancia –desde 1940 hasta 1946– en el país norteamericano, sino que después de 1973 se exilió en la nación de Rulfo y se estableció entre Ciudad de México y Cuernavaca hasta mediados de los 80.

-En México conociste a Bolaño, cuando era un poeta joven.

-Me fue a ver a mi casa, tenía como 20 años. A menudo nos peleábamos, porque de pronto decía: “Neruda es una mierda” y Neruda acababa de morir en circunstancias desagradables y yo no estaba con paciencia para escuchar eso. Entonces reaccionaba y le decía: “Eh, lárgate de aquí”. Después fui testigo de todo lo que él hizo en el movimiento de poetas infrarrealistas. Mi hija Bárbara, que era menor, frecuentaba al grupo. Los detectives salvajes pasa en la comuna donde yo vivía.

-¿Leíste esa novela?

-Como hasta la página 150, no pude más.

-¿Crees que su fama actual es exagerada?

-Me parece un poco exagerado, no me atrevo a dar un juicio categórico. No soy bolañista, su obra no es del tipo que hace química conmigo. No aguanto un libro de mil páginas, al que le pesan muchas. Confieso como pecado que no he leído sus cuentos. Después de México seguí en contacto con Bolaño, cuando él andaba sin un peso en España, me pedía entrevistas para que pudiera venderlas a alguna revista. Y cuando volvió a Chile nos juntamos; me preguntó qué era eso de la nueva narrativa chilena. Yo le dije que de nueva no tenía nada.

-A Bolaño parece que le gustaba provocar, porque en una carta a Lihn de los años 70 cuenta una pelea que tuvo con Alejandro Jodorowski, en México. Jodorowski defendía a Nicanor Parra, mientras Bolaño defendía a Neruda.

-Ahí tenía razón Bolaño... (se ríe).

Poli confiesa que respeta a Parra como poeta, pero no le perdona su actitud posterior al golpe militar de 1973. “Estábamos en el Pedagógico y él se paseaba campante, mientras muchos de nuestros compañeros la estaban pasando mal”, dice, sin ganas de meterse en controversias.

-¿Te gustan las peleas, Poli?

-Yo no soy violento. Hice algo de boxeo, en EEUU, y acá practiqué bastante. Fui un adolescente aficionado. Se me acabó el gusto por el boxeo en una pelea en Chile a mano limpia en que me dieron un puñete en la nariz. Caí, me azoté la cabeza, me aturdí, y cuando desperté estaba con la nariz así (hace un gesto que indica un gran tamaño). Después de eso siempre le tuve miedo al golpe en la nariz. Me cubría la nariz y me pegaban en el estómago.

-Pero si había oportunidad, ¿ibas a la pelea?

-No, sólo si era necesario. Nunca fui camorrero, pero si me buscaban me encontraban. He pegado algunos buenos combos, sobre todo cuando he sido provocado.

-¿Con escritores?

-Una vez en El Bosco me peleé con un tipo. Yo iba entrando y de repente alguien dice: “aquí viene un mal escritor hijo de otro mal escritor” (su padre fue el diplomático y novelista Luis Enrique Délano, autor de La Base, entre otros libros). “Y qué vienes a decir tú, tal por cual”, le contesté y lo agarré y lo saqué a la rastra hasta la Alameda. Andaba con anteojos. “Sácate los anteojos”, le decía, y no se los sacaba. Y en eso nos llevaron los pacos y pasé la noche en la cárcel… A otro escritor le pegué en la SECh porque me dijo: “tú eres de los que profitaron del exilio”. Sin pensarlo, le di un combo.

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Seis botellas con Bukowski

Otro de los encuentros notables de Poli Délano ocurrió en California, a fines de los 70, cuando conoció a Charles Bukowski, quien comenzaba a hacerse famoso en EEUU y parte de Europa, pero era desconocido para el público español. “Empecé a leer a Bukowski en inglés, cuando estaba en México. Me fue a visitar un editor mío, que era un tipo muy fino al que le decían Mezcalito, porque una vez se tomó media botella de mezcal al hilo… Mezcalito se iba a un encuentro de editores en Los Angeles, y le dije: “tráeme algún libro de Bukowski”. Skármeta me lo había recomendado. Fue a LA, una ciudad espantosa, imposible, si no tienes auto no puedes ir a ninguna parte, no hay aceras, ni micros.

Mezcalito apenas salió del hotel, pero se compró seis o siete libros de Bukowski y me los trajo. Me di un festín, me encantó. Después fui invitado como escritor a la UCLA y Fernando Alegría por su parte me invitó a dar una charla a Stanford. En LA estuve con un poeta chileno, David Valjalo, que había sido vecino de Bukowski en el East Hollywood, que es una zona pobre. Bukoswki estaba empezando a ganar dinero y se había cambiado de barrio. Yo le dije a Valjalo: “averigua adónde se mudó y consígueme una cita con él”.

Fui a San Francisco y a Stanford con Alegría, y estaba en eso cuando me llamó David por teléfono y me dijo: “tenemos cita con Bukowski el miércoles a las nueve”. Contesté: “fantástico”, me volví antes de lo que tenía proyectado y ahí se produjo el encuentro. Yo llegué con tres botellas de vino californiano, él sacó otras tres y las puso sobre la mesa y nos tomamos las seis. Estaba su mujer, una chica preciosa, que lo cuidó mucho, y era muy joven. Bukoswki me regaló un libro que se llama Women y me hizo una dedicatoria con un dibujito, con un tipo con una flor: “Poli, este es un tema del que sé mucho”, cuenta Délano, entre risas.

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