Cultura

Lecciones de vida: Giancarlo Mazzarelli

Chef restaurant Oporto.

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Me fui de casa a los 17 años. Lo hice quizás porque era rebelde. Pololeaba con una estudiante de medicina extranjera y me fui a vivir con ella. Trabajé desde chico, vendiendo chocolates, ayudando en eventos en la cocina. También tenía ahorros de premios de concursos de pintura que gané en el colegio. Siempre me las arreglé.

Decidí estudiar gastronomía, pero duré como 4 meses. No sirvo para estudiar, a mí me gusta hacer. Lo más insólito es que pese a no haber estudiado, terminé dando clases en la universidad. Pero no es lo mío.

A los 18 años me fui a República Dominicana. Me entrevisté para trabajar de cocinero en un restaurant francés. Justo al lado, los dueños iban a abrir uno latino y como era chileno me pidieron que les ayudara a armar la carta. A las dos semanas echaron al chef del local francés. “Ya. Además de la carta, hazte cargo de la cocina”, me dijeron. De cocina sabía muy poco, lo que había visto en mi casa, básicamente. Más que presionado, estaba emocionado. ¡Es un cuevazo que vayas por una pega y termines a cargo!

Si te ofrecen una oportunidad en la vida, hay que aperrar no más. A veces la gente, por miedo o temor al fracaso, las rechazan. Hay que darle no más y si no funciona, bueno, al menos lo intentaste. Me pasó con una planta procesadora que abrí para el retail. El plan era abastecer a una cadena de supermercados, en todo Chile, con platos gourmet. Y no resultó. El 20% del negocio era el producto y el 80% restante la logística. Así que decidí bajar la cortina. Es el porrazo más grande que he tenido hasta ahora.

Cuando vendí mi participación en el Puerto Fuy (del cual también era el chef) rearmé la planta procesadora. Lo hice por Jalisco. Esta vez partí de a poco, con un producto y una cadena de comida rápida. Luego fui creciendo. Me fue bien y al tiempo la vendí.

Estuve más de un mes en el Amazonas, en una especie de retiro espiritual. Me fui solo a una cabañita en medio de la selva peruana. Tomé ayahuasca con fines terapéuticos. Ahí saqué varias lecciones. Aprendí a no darle tantas vueltas a las cosas. La vida es tan simple y a veces uno se enrolla por tonteras. Al final, se trata de pasarlo bien, sentirse contento y no tratar de tener más de lo que uno necesita. Y por supuesto trabajar, pero no irse a los extremos.

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