Cultura

Hollywood streaming

El futuro del audiovisual no son el 3D, las súper salas, las versiones de cómics ni las sagas. El futuro se descarga on demand. Todo indica que Netflix irá por un Oscar la próxima temporada.

Por: Christian Ramírez

Ahora, cuando el “oscarazo” que en el último minuto consagró a Moonlight y le aguó la fiesta a La La Land ha sido investigado, desmenuzado y exorcizado hasta sus más pequeños detalles, quizás sea un buen momento para mirar hacia la verdadera sorpresa de esta temporada audiovisual. Una que no tuvo nada que ver ni con la ceremonia del Oscar ni con discursos anti-Trump ni con sobres cambiados.

Ocurrió casi una semana antes de la entrega de premios, cuando a través de un escueto comunicado Netflix anunció que se adjudicaba los derechos de distribución mundial de The Irishman, la próxima cinta de Martin Scorsese, que reúne a Robert De Niro con Al Pacino. En principio, el hecho fue reporteado como una consecuencia lógica de la mala performance económica de Silencio –el último filme del director–, que ya le había costado el despido a uno de sus grandes aliados, el CEO de Paramount Pictures, Brad Grey; pero cuando las aguas dejaron de agitarse, la verdadera consecuencia para el negocio fílmico se hizo evidente: al hacerse cargo de The Irishman –cuya filmación parte este año–, Netflix se estaba poniendo automáticamente en la carrera por un futuro Oscar a mejor película.

Quién lo diría. Una empresa de streaming se alista para competir en las ligas mayores, cabeza a cabeza con los grandes estudios, y apoyando a Scorsese, un realizador que teóricamente debería ser su enemigo, ya que ha dedicado buena parte de estos años a defender el hábito de ir al cine contra la creciente tendencia de quedarse en la casa y apretar play. ¿Era muy suculenta la oferta? ¿O no había otra forma de salvar la producción? ¿Tanto ha cambiado la industria como para que sean las descargas digitales –y no las entradas vendidas– el verdadero motor de su desarrollo a futuro?

Futuros fallidos

Allá por 2008, medio mundo estaba de acuerdo en que el advenimiento del digital sacudiría la experiencia del cine hasta sus cimientos, pero no había consenso sobre a qué novedad apostar. Cineastas como Michael Mann y David Fincher ya habían abandonado el clásico formato de 35mm, confiados en que las cámaras dejarían de trabajar con película física. Otros, como James Cameron –por entonces, en plena post producción de Avatar– fueron más allá: según él, el futuro sería en 3D, fotografiado por cámaras de dos lentes que imitarían la visión humana.

No faltó tampoco quienes confiaron a ciegas en la masificación de las pantallas gigantes tipo IMAX o en el circo de efectos de las funciones 4DX. Casi una década más tarde, la suerte de esas predicciones ha sido variable. Es verdad, el audiovisual adoptó casi en pleno las cámaras y la proyección digitales. Ver películas en 35mm se ha vuelto una curiosidad, un asunto propio de cinetecas y salas especializadas. Como tanta moda pasajera, el 4DX llegó y se fue; pero mirar cintas de acción en IMAX se convirtió en todo un evento. Ojalá hubiera ocurrido lo mismo con el cine en tres dimensiones: aunque un puñado de maestros (Scorsese, Spielberg, Godard y Herzog, entre otros) se aventuraron con el formato, sus intentos fueron sepultados por una avalancha de material común y corriente convertido a la rápida en un 3D de pacotilla, cuya única razón de ser era cobrar un ticket más caro. El público acabó por darse cuenta y, simplemente, dejó de pagar.

Fue en paralelo a todo eso que Netflix, una compañía de California fundada en 1997, que había logrado capear el lento eclipse de los videoclubes creando un servicio de arriendo de DVDs por correo, celebró sus diez años introduciendo su nueva línea de negocios: un servicio de películas por streaming. En esos días, el término estaba más asociado a sitios como YouTube, donde los usuarios podían descargar breves videos sin mayores dificultades, pero nadie pensaba que la banda ancha casera fuese capaz de resistir la descarga continua de un archivo más grande y de contener un largometraje.

Netflix ni siquiera fue el primer servicio del rubro –el pionero en gran escala fue Amazon Video, en septiembre de 2006, y unos pocos meses más tarde apareció Hulu, este último contenido en la plataforma on demand del recién lanzado Apple TV–, pero fue el que se expandió con mayor velocidad: a una década de su conversión al streaming, Netflix posee 93 millones de suscriptores y tiene presencia en 190 países, pero su negocio ya no se detiene en los clientes. Muy rápido comprendió que tenía que crear su propio contenido. En 2013, dio un golpe maestro al producir la versión estadounidense de la serie House of Cards, un éxito crítico y comercial que movió al servicio a producir material a toda velocidad: en poco más de tres años, ha generado más de 120 producciones propias, entre series, largos de ficción, documentales y animaciones...

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