Cultura

Germán Marín, un nuevo clásico

El autor de La ola muerta, a sus 82 años, no baja el ritmo de publicaciones: espera lanzar tres libros en los próximos meses.

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Por Vivian Berdicheski
Foto: Verónica Ortíz

Germán Marín, uno de los más importantes escritores chilenos contemporáneos, candidato firme al Premio Nacional (si no lo ganara, sería una penosa omisión), suele escribir en las mañanas en un café que se ubica dentro de la Municipalidad de Providencia. Allí observó con sorpresa la algarabía de los funcionarios que, al parecer, celebraban el triunfo de Evelyn Matthei, al día siguiente de la última elección municipal. En ese mismo lugar nos reunimos para la entrevista.

El autor de Historia de una absolución familiar –una obra maestra, según la crítica– tiene 82 años, es padre de dos hijos y orgulloso abuelo de cuatro nietas. Lamenta no tener la misma energía desde que sufrió, a comienzos del 2015, una grave bronconeumonía. Afirma que se cuida, pero su voz ronca delata años de complicidad con el cigarrillo.

A pesar del cansancio está lleno de planes literarios. En mayo lanzará una novela titulada Tal vez sí, tal vez no, escrita en 1996, que tuvo guardada y olvidada, y que hace poco descubrió entre sus papeles. La leyó, le pareció interesante e incluso divertida.

Para el segundo semestre, espera reeditar su primer libro, Fuegos artificiales, novela publicada poco antes del golpe militar: fue censurada, secuestradas las ediciones de librerías y su autor obligado a partir al exilio. Además, para los primeros meses del año 2018 publicará una nueva novela, Póstumo y sospecha, que trata de un ex agente de la CNI que se gana la vida jugando pool en los billares de Santiago.

Germán Marín estuvo al frente de Quimantú, editorial que Salvador Allende transformó en un eje para el fomento a la lectura durante su gobierno, y junto a su amigo y poeta Enrique Lihn fundaron la revista Cormorán. Tras el golpe vivió dos años y medio en México y 17 en Barcelona, para regresar finalmente al país en 1996. Según cuenta se encontró con un Chile tal como lo imaginaba: empobrecido, y a sus amigos, desgastados, refiriéndose a Lihn y Jorge Teillier.

Su vida es tan interesante como sus libros: conoció a Borges, Augusto Pinochet, el padre Hurtado, Gabriel García Márquez, entre otros. A este último lo trató en México gracias a Hortensia Bussi, viuda de Allende. Ella lo contactó a sabiendas de que Gabo necesitaba una persona que se encargara de responder por él algunas entrevistas escritas, entre otras labores. Una especie de escritor fantasma. “Me resultó fácil trabajar con él. Recuerdo que en Ciudad de México, en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende, se hizo una tremenda exposición internacional y se publicó un catálogo prologado por Gabo. El prólogo, en realidad, lo escribí yo. Me fui a España y cuando volví al año siguiente a México, me encontré con el libro. Prácticamente había una sola palabra que el Gabo me había cambiado. O sea, me resultaba totalmente factible copiar su estilo”.

-¿Alguna vez le pidió que le leyera un manuscrito?

-Cuando salió El Otoño del patriarca (1975) lo leí y Gabo me preguntó: “¿qué te pareció el libro?”. Le respondí: “Te digo una cosa, la última parte no me gusto”. Y me responde: “A mí tampoco”. Era un hombre muy amable, ésa es la verdad. Y cuando me fui a Barcelona me hizo varios contactos, y entre ellos conocí a Carmen Balcells, que era su agente literario. Actuó bien la Balcells conmigo allá.

-Años antes tuvo cercanía con Jorge Luis Borges, una personalidad muy distinta a Gabo.

-Totalmente.

-¿Cómo lo conoció?

-Es una historia larga. Cuando me echaron de la Escuela Militar, me puse a estudiar arquitectura, carrera que nunca me interesó. No iba a clases y un día mi padre me pilló tirado en el Parque Forestal muerto de la risa. Al poco tiempo le digo que me quiero ir de Chile para conocer Europa, influenciado por las revistas extranjeras que veía en la Biblioteca Nacional. Me dio el permiso notarial a pesar de no haber cumplido los 21 años, pero me fue mal. Llegué hasta Buenos Aires. No me pude embarcar y me fui quedando, hasta que en un momento determinado me tuve que poner a trabajar, primero en cosas menores. Hasta que un amigo, Joaquín Prieto, hermano de Antonio Prieto (cantante de mucho éxito durante esos años), me presentó a un conocido que tenía una boîte, donde entré a trabajar de disc jockey de 5 de la tarde a 10 de la noche. Al lugar iban parejitas a bailar y a atracar un poco. En paralelo, me matriculé en la Facultad de Letras de la Universidad de Buenos Aires en las cátedras de Filosofía y Literatura. El segundo año, tomé el ramo de Literatura Inglesa y Norteamericana, y Borges era el profesor...

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