Cultura

Santiago de Chile – Capítulo Final

Todo sucede –o comienza– en el año 2036. A través de drogas inyectadas en su sangre, Miranda expande la noticia de una próxima invasión extraterrestre. La paranoia se contagia y el mundo se retrae. ¿Qué hay de cierto y de mentira en todo esto? ¿Quién se salva y quién pierde?

-

Una novela por entregas de Francisco Ortega, autor de Logia.

Capítulo 16: Epílogo I

Capítulo 17

Epílogo II (El final)

Santiago de Chile, quien alguna vez fuera el hombre más rico del planeta, desapareció del mundo seis meses antes de que el movimiento islámico Allah al-Maslūl dejara caer desde un viejo avión Hércules, robado al Ejército del Aire de España, una bomba de combustión oxígeno sobre el Vaticano y el mapa de Europa (y de la Tierra entera) cambiara para siempre. Diez años después regresó a la vida a través de un mensaje de voz enviado a sus colaboradores y amigos más cercanos. Pocos días antes de que empezáramos a tener noticias de que no éramos la única especie inteligente del universo y comenzara el paulatino derrumbe de dos de las tres religiones moneteístas más importantes de Occidente. Cuando Santiago de Chile volvió a dar señales de vida, mi padre fue uno de los escogidos que recibió su grabación.

Yo estuve ahí.

Lo conté al inicio de esta historia, pero nunca está de más reiterarlo. Papá conoció a Santiago de Chile en la universidad y fue Santiago en persona quien nos trajo desde París cuando yo tenía seis años, tras las revueltas de 2022. Aunque lo vi un par de veces, lo cierto es que jamás lo conocí hasta hace pocos días atrás. No sospechaba que era importante para mi padre y a la larga para la familia entera. Madre y hermana le estaban eternamente agradecidas porque directa e indirectamente nos había salvado de todo lo que pasó después en la capital francesa, pero claro, ésa es otra historia y ya no tengo tiempo para contarla.

¿Por qué llegué a Santiago de Chile? Digamos que me tropecé con él cuando más lo necesitaba. Al comienzo de esta historia, tal como lo anoté en el capítulo uno, pensé que había sido una casualidad del destino, pero ya sé que ni las casualidades ni el destino existen, sino que ambas son manipuladas por drogas nanobóticas llamadas hemoware y a mí me metieron dos de ésas: una para que tuviera la idea de entrevistar a Santiagio, otra para “traer vida extraterrestre” desde México, aunque eso lo supe mucho tiempo después. A veces creo que hay un tercer hemoware en mi sangre, uno que me obliga a contar este relato, ya que a la larga puede que sea lo único que quede de Santiago de Chile y su descabellada cruzada personal.

Ya saben que en el comienzo me habían contratado para realizar una serie de docu-experienciales acerca de grandes chilenos. Aunque la lista era larga, para variar llegué atrasada a quienes realmente me importaban: Javiera Carrera, Gabriela Mistral, las presidentas Bachelet o Allende hija, la canciller Vallejo, el presidente Boric. Ése era mi chart y también el de mis colegas. Y ahí, entre los que nadie había escogido, flotaba el nombre de Santiago Urbano, más conocido por su oportunista alias de Santiago de Chile,  como lo bautizó la revista Capital en 2016. El artífice de la nueva economía chilena para unos; el hombre que nos vendió a los argentinos para otros. Quien había parado la expansión energética de Chile en pos de ideales ecológicos y que estuvo a punto de dejar al país a oscuras en 2022, un mito agrandado por rumores de pasillo emitidos por el propio gobierno para cubrir la verdad, que había sido todo lo contrario. No era que nadie quisiera trabajar con el personaje de Santiago Urbano, era simplemente que no había mucha información de él, apenas un par de registros que mostraban algo de su misteriosa personalidad, por lejos el compatriota más poderoso y misterioso en nuestra continuidad reciente. Meterse con él iba a ser un problema, me dijeron, y créanme que lo pensé mucho, hasta que papá recibió ese mensaje de voz y bueno… Soy superticiosa y creo en el destino, si el tal Santiago de Chile había vuelto ese día, es que era una señal. Llamé a mi jefe y le dije que lo tomaba.

No he vuelto a ver a mi jefe.

Ni siquiera sé si mi jefe alguna vez existió.

Dos días después estaba delante de Santiago de Chile, formando de manera involuntaria parte del plan que marcaría su regreso a la vida pública y el término de una cruzada planeada durante una década y de la cual mi padre había participado como uno de sus más leales soldados. Santiago de Chile lo había logrado y esa tarde, en casa de mis padres, al ver la cara de espanto de mi madre ante el mensaje que estaban pasando en los medios, entendí que finalmente había triunfado. Mi hermana apretaba a su gata, mamá me pedía entre llantos que no volviera a mi casa esa noche. No lo hice, ni a la siguiente, ni la que vino después. Daba lo mismo, no había nada de valor en ese cubículo de La Florida, salvo ropa que era fácil de reemplazar. Todos asustados: en la calle, en la ciudad, en el país, en el planeta. Todos salvo mi padre, yo y en algún lugar del sur, Santiago, su hija adoptiva Lanalhue y su lugarteniente Rayén, la misma que inventó un incidente terrorista para cubrir toda la operación; que usó a sus propios hermanos mapuche para tapar una falsa invasión extraterrestre. La conspiranoia tiene razón: la mejor manera de conseguir un fin o frenar revoluciones es con un enemigo común, algo que dé suficiente miedo como para cambiar una agenda de intereses por completo. Santiago Urbano quería limpiar el planeta, evitar la explotación de los recursos hídricos y naturales de la Patagonia, sabía que con el mundo vuelto de cabezas desde los incidentes del 2026 la única forma era, como dijo mi padre, “cagarlos de susto”. Y lo hizo.

En las semanas siguientes al mensaje –que aterró a mi madre y marcó una cínica sonrisa en mi padre–, el tema fue sólo uno: no estábamos solos en el universo, había alguien mirándonos, una especie que se identificaba como creadora de la humanidad y de todo lo que nos rodeaba. Avisaban su pronto regreso a tomar posesión de lo que les pertenecía. Lo primero fue la paranoia: año tras años cayeron países, religiones y ejércitos, las ciudades se vaciaron ante la idea de que eran blancos fáciles para los “dueños de todo”, la gente regresó a las comunidades rurales y el aire se fue limpiando. Para el 2060, el desierto empezó a retroceder. Por supuesto, Santiago Urbano –quien encendió la chispa de la histeria– estaba ahí para contemplarlo, oculto en algún lugar, muy abajo o quizás muy arriba.

Mi nombre es Miranda y fui producto de un embarazo por error. No, no es que mis padres no me hubiesen querido, es incluso más complicado que eso. Pasa que padre quería un niño y así lo programó con ayuda del genostreta de mi madre. El cromosoma XY del feto que se convirtió en mí fue modificado y resguardado durante toda mi gestación. Mi casa entera estaba preparada para mi nacimiento como Brando, pero de la cesárea abierta en el bajovientre de mamá aparecí yo, una anomalía genética. Lo aclaro porque en esta época de corrección hay que hacerlo: soy mujer, 100% mujer, aunque me manipularon genéticamente para ser hombre. Según un doctor, lo que pasó es que mi madre gestó gemelos y sólo nació la niña. Una mentira cómoda para una verdad incómoda. Mi vida, por supuesto, ha sido extraña, pero finalmente me encargué de ese doctor imbécil y descriteriado: Rayén cumplió la promesa de Santiago y bueno… En una época de miedo, nadie se preocupó por un viejo genonstreta francés que desapareció para siempre. ¿Lo maté? No diría eso, simplemente soy una sobreviviente.

Santiago de Chile, quien alguna vez fuera el hombre más rico de Chile, desapareció del mundo seis meses antes de que el movimiento islámico Allah al-Maslūl dejara caer desde un viejo avión Hércules, robado al Ejército del Aire de España, una bomba de combustión oxígeno sobre el Vaticano y el mapa de Europa (y de la Tierra entera) cambiara para siempre. Diez años después regresó a la vida y nos cambió la vida a todos. Miro a mi hija y pienso que es mejor que ella siga teniendo miedo. Después de todo, puede que alguna vez sí lleguen extraterrestres reales y entonces encontrarán un mundo limpio y brillante, verde y azul. Me toco las muñecas y siento que esta historia todavía nada en mi sangre, como un tiburón tan gigante como microscópico, un megalodón bonsái. Y sigo aquí para contarla.

FIN

______________________________________

Santiago de Chile fue una idea para celebrar los veinte años de revista Capital de una manera distinta, si se prefiere original. Auguramos cómo iban a ser los próximos veinte años de nuestra ciudad y nuestro país, mezclando códigos anticipatorios, cyberpunk y plagiando al gran Philip K. Dick más de lo confesable. Capital es un nombre que refiere a nuestra ciudad y Santiago de Chile (o Santiago Urbano) es, en el fondo, esta urbe que amamos/odiamos, encarnada en un personaje.

Gracias a Federico Willoughby, que tuvo la idea y me hizo la invitación. A Marcelo Soto por editar estos 17 capítulos. Al gran Ignacio Schiefelbein, que desde Valdivia, supo darles imágenes a estas visiones peligrosas. Al jefe, Roberto Sapag, por el apoyo y a la revista entera por apañar en esta “locura”, parte novela por entregas, parte serie de TV por escrito.

Un abrazo, Francisco Ortega.

Comparte este artículo:
  • Cargando

Síguenos en Facebook

x