Cultura

Santiago de Chile – Capítulo 14

Es el año 2036 y Santiago Urbano, el empresario chileno que llegó a ser el hombre más rico del planeta, habla por primera vez luego de estar una década desaparecido. ¿Qué planea? ¿Destruir... o salvar el mundo?

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Una novela por entregas de Francisco Ortega, autor de Logia.

novela-14

Capítulo 13: Conversación de dos mujeres

Capítulo 14

Santiago en primera persona

"Mi nombre es Santiago Urbano y nací en 1974. Es lo único concreto que tiene mi vida, el día de mi nacimiento. Mi madre alguna vez me dijo la hora en que llegué a este planeta, por supuesto lo olvidé, como he olvidado muchas cosas de mi vida, la mayoría asuntos que no me importan: temas triviales, cosas del minuto, responsabilidades simples. Es verdad, soy un privilegiado. No sé cómo pagar una cuenta e incluso olvidé manejar y no tengo interés en recuperar esas habilidades, estoy acá para salvar al mundo. O al menos a mi parte del mundo…

“Afuera llueve. Por eso me gusta el sur de Chile. Porque acá uno puede hacer llover y llueve; no como en el resto del país donde ni siquiera hay nubes para bombardear; sólo sol y desierto, ni árboles ni verde, ni pasto, ni barro. Me duele que existan personas menores de veinte años que jamás han visto llover, ni sentido el olor a tierra húmeda, ni siquiera tierra seca. El sur es lo último que nos queda, lo último que me queda”.

–Aliro –llamé a mi asistente a través del intercomunicador del domo.

–Acá estoy –me contestó su voz. Le tengo prohibido tratarme de usted.

–La lluvia está mermando, pide que bombardeen nuevamente.

“Tres minutos después un dron hovercóptero bajó sus aletas de dirección, orientando su rotor carenado de impulso y sustentación en la vertical para ubicarse hacia el interior de las nubes donde detonó un pequeño pulso electromagnético, no tan potente como para afectar los aparatos electrónicos y neuromecánicos cercanos, pero sí lo suficiente como para desencadenar una reacción en cadena capaz de cargar una nube, hacerla crecer hasta contraerse mediante implosiones que destellen relámpagos y truenos, la ceremonia previa a una lluvia tan programada como efectiva. Hace mucho tiempo, en un viaje a Groenlandia, un nativo canadiense me dijo que la lluvia era la manera como el mundo se limpiaba de sus penas. Pienso en ese sujeto, ha de haber muerto hace algunos años. También veo a Groenlandia, ahora seca y sin hielo, mucho más pequeña que en los mapas que revisaba de niño. Cómo amaba de niño hojear mapas y jugar con globos terráqueos. Madre Tierra, ¿hace cuánto que no purgas tus penas?

“Noviembre de 2017. Aquella portada en una revista que ya no existe. Es decir, que ya no existe en formato revista. Emiliana, una abogada mexicana con la que entonces salía y que es lo más cercano que he estado de casarme, ayudó a arreglarme. Escogió el traje, la chaqueta, el tipo de camisa y corbata. También me cambió el marco de los lentes y sugirió que me recortara el cabello para disimular sin disimular mi avanzada calvicie. La dejé diseñar por completo ese pequeño instante de mi vida, no porque en verdad hubiese querido que lo hiciera, sino para librarme de pensar en algo que me alejara de lo que realmente me importaba, responder perfecto las preguntas de ese periodista joven e impaciente, que se definía a sí mismo como experto en tecnología y que recuerdo intentó ganarse mi confianza hablándome de su hija de un año.

“Vuelvo a aquella portada, Emilia dijo que parecía una suma entre personaje de Stanley Kubrick y Lex Luthor. Ella sabía que era mi personaje de cómic favorito, no su lado villano, sino su faceta de magnate hecho a sí mismo, el american dream definitivo, la encarnación del querer ser más que el resto, pararse incluso por sobre Superman sabiendo que a pesar de no ser un dios extraterrestre proveniente del planeta Kripton, podía ser incluso superior a eso. El hombre perfecto, el ideal nietzcheniano en cultura pop, en definitiva, el real man of steel. Lex Luthor llegó a ser presidente de Estados Unidos. Recuerdo que cuando salió Trump lo comparaban con él, por lo de la villanía como poder. Ingenuidad fácil, Luthor no podía ni puede ser reducido a Trump. Bueno, quizás sí, pero después, por la repentina y violenta manera en que ambos salieron de la Casa Blanca. No diré inesperada, porque para muchos era obvio que Trump era sólo una careta del Partido Republicano, una movida de ajedrez arriesgada para manipular desde dentro la construcción del enemigo interno, un payaso útil de guion de cine B. Mientras a Luthor lo sacó Superman del trono, a Trump la CIA y unos periodistas útiles a la Agencia que jugaron a un nuevo Watergate, pero esta vez más económico que político. Lex Luthor fue presidente de los Estados Unidos; ese periodista papá de una niña de un año me preguntó si estaba en mis planes candidatearme a presidente de Chile. Movió sus piezas desde la empatía, porque en una época de escasez de liderazgos políticos mi nombre aparecía como un modelo que despertaba bastante simpatía y admiración. Era cierto, pero no era parte de mi plan. Le respondí con la verdad, que era demasiado egoísta y egocéntrico como para embarcarme en un proyecto político, que prefería buscar una manera de parar la futura crisis energética y el calentamiento global a partir de una nueva lógica para emprender y construir negocios. Eso, además de viajar a Marte. Usó esa respuesta para cerrar la entrevista. La semana siguiente tuve reuniones con líderes de partidos políticos de centroizquierda y derecha, intentando convencerme de hacer camino por su vía. Hablaron de construir país, yo les respondía que ése era el problema, a mí no me interesaba construir un país, sino arreglarlo y de ahí ayudar a armar un nuevo mundo. No quería fronteras, nunca las quise. Seis meses después rompí con Emiliana. Aunque fue ella la que me dejó, había sido yo el incapaz de hacerse cargo de las pequeñas cosas, quien había movido los dados para que ella se hartara de estar siempre en un tercer o cuarto lugar de mis prioridades, sabía que no podía competir con mi mundo y a mí no me interesaba que lo hiciera. Fue lo mejor. Para todo lo que vino después, fue mejor. Emiliana. A veces la veo en noticias o videos, incluso he descargado lo que tiene abierto de su vida en las redes sociales. Por esas vueltas de su vida se casó con un político. Hasta hace dos años era la primera dama de México. Tuvo suerte, su vida fue feliz lejos de mí.

“Noviembre de 2017. De XENDA, el telco que había creado, ya sólo quedaba el nombre. Me había deshecho de todas mis acciones y vendido la marca al conglomerado Disney. Ése era el motivo de la entrevista. Por qué el emperador renunciaba a su imperio…  Veinte años después me gustaría que ese periodista estuviera conmigo aquí, en esa casa en forma de domo en la costa de la selva valdiviana, viendo llover… Por esto, amigo mío, para regresar la lluvia al mundo, le respondería… Una de las cosas que me enseñó mi padre fue valorar los planes a largo y a mediano plazo por sobre el corto. No te deprimes y piensas mejor cada movimiento, por ello soy tal mal jugador de ajedrez, porque necesito tiempo para cada asalto. Y no hablo de minutos u horas, ni siquiera días, hablo de años, dos décadas para ser exacto. La mañana en que llegó a mi despacho la revista con mi rostro en portada tracé una línea de tiempo. 2017 a 2026, tenía nueve años para conseguir aliados y enemigos, convertirme en un logo en un rascacielos. El 2026 iba a esfumarme del mundo, desaparecer por una década, dejar que pensaran incluso que me había muerto, y durante esos diez armaría un mito que me permitiría como gobierno invisible defender a mi reina y derrotar al rey de hueso negro.

“Siempre supe que Occidente se iba a volver loco. Culpa de leer demasiadas historietas y escuchar demasiado punk durante mi juventud. Joy Division y esas bandas de las que ya nadie se acuerda hacen mal, pero resultaron premonitorias. La llegada de un nuevo orden no tuvo nada que ver con fantasías conspiranoides e iluminatis, fue simplemente el signo de los tiempos. Ideas de derecha e izquierda se mezclaron hasta hacerse una, la desaparición del Partido Comunista en todo el mundo hacia fines del 2019 complicó aún más las cosas. Jamás fui simpatizante del PC, representaban muchas cosas que detesto, pero vaya que los extraño, que se les extraña. La historia murió en la década del 2020 y en parte fue por la muerte del comunismo. Ganó el imperio, siempre iba a ganar. Ideas colectivas a cero, individualismo como sello de la máquina. Que el islam fanático avanzara sobre Europa hasta provocar lo del 1 de mayo de 2026 no fue por nada: la culpa fue del cinismo nihilista, del ateísmo de redes sociales, de la apatía. Y claro, en ese panorama, me gané enemigos. Muchos. Haber movido hilos para evitar extracciones mineras en el sur, detener la construcción de plantas hidroeléctricas y conseguir el trato que dio soberanía conjunta de los campos de hielo a Chile y Argentina, para evitar las futuras guerras del agua, no me permitieron tener el sueño tranquilo. El empresario que abogaba por el regreso del Estado, que pregonaba que el futuro estaba en un “neoestatismo”, no me volvió popular entre mis pares, pero sí entre mis empleados y los empleados de todo el país. Más movimientos en mi ajedrez, políticas sociales de verdad, fui querido, incluso más que odiado. Sobreviví a atentados virtuales y reales, y eso me dio la excusa y el tiempo para esfumarme del mundo. Contactos y aliados, vivir en un submarino, luego en el espacio. No, nunca fui a Marte, pero estuve en órbita en una vieja estación china comprada luego por particulares con demasiada fe en mi proyecto. Fe que se ha mantenido hasta hoy en día.

“México de mis amores, gracias a ti estoy a punto de dar el jaque mate final en mi partido. No sé lo que vaya a pasar después, pero estoy seguro de que será más importante y significativo que esa gran torre, en el corazón de la ciudad antes conocida como Santiago y hoy llamada AMAR, que aún luce mis iniciales en sus diez pisos superiores. Eso es ego, esto es futuro”.

–Santiago –volví a escuchar la voz de Aliro por el intercomunicador del domo.

–Te escucho…

–La niña Lanalhue y la señorita Miranda… Fueron detenidas al bajar del avión…

–¿Las llevaron a Rucapillán?

–Sí…

–Perfecto. Todo sigue saliendo según mis designios. Ahora vuelve a programar el dron, quiero que la lluvia se convierta en granizos. Necesitamos bajarle la temperatura al mundo. •••

Capítulo 15: El comienzo del final

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