Claudio Bertoni: "Los premios son plata, no más" - Revista Capital

Cultura

Claudio Bertoni: “Los premios son plata, no más”

En los últimos años, el poeta Claudio Bertoni ha sido candidato seguro al Premio Nacional de Literatura, que aún no gana, aunque lo merece de sobra. Acá habla de la vejez y de la muerte, y de un encuentro inesperado e imborrable con Nicanor Parra.

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Por: Vivian Berdicheski
Retrato: Verónica Ortíz

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Claudio Bertoni habla como escribe y escribe como habla. Compulsivamente. Hipocondríaco asumido y consumido, no quiso hijos porque siempre tuvo miedo a que quedaran sus dedos atrapados en las puertas o a no tener plata para comprar una caja de lápices de colores. Este rechazo a ser padre, según dice, fue en parte la causa del rompimiento de sus tres grandes amores.

Acto seguido, se explaya por al menos 20 minutos para contar la historia de la única mascota que ha tenido: un conejo, llamado Coneco, al que le salvó la vida del ataque de un gato. Desde ese día se convirtió en un ser dócil, que saltaba a su cama, “corría como los dioses y se estiraba quedando en posición cinematográfica”, recuerda.

Una soleada mañana llegamos a Concón, donde reside desde 1976 (después de vivir largos años en Europa). Su casa, a la que llegó tres meses antes de que falleciera su madre, parece un chiquero: acumula por todos lados papeles, boletas, cuentas, libros, fotografías, instalaciones, botellas, cientos de bolsitas de té. No bota nada. Piensa en su casa como un acto de arte. Tiene dos sillas plásticas que entra o saca, dependiendo del clima. Un cúmulo de ropa americana se posa sobre un escritorio. Después de un rato conversando con él, uno siente como si estuviera invadiendo un lugar sagrado, que no hay que intervenir, ni limpiar ni ordenar. Es su mundo.

Tres libros va a publicar antes de Navidad: Nadie muere, de la Universidad de Talca; ¿Puede aceptarse todo esto?, de Tajamar Ediciones, y una conversación con Andrees Florit, Felipe Cussen y Cristóbal Joannon de la editorial Overol. Para marzo tiene programada una importante exposición de fotografía en la galería Ekho.

Un hecho que lo sorprendió ocurrió hace un año, y fue la visita de Nicanor Parra. Bertoni no lo invitó, pero un día tocó su puerta. “Hablamos de que ya no leíamos novelas y él me habló de la correspondencia de Portales y de la señorita Z. ¿Y quién es la señorita Z? Es una dama ‘liviana de cascos’ que menciona Portales y que lo tenía viendo estrellitas.

“No pago el piso, no invito a nadie un Chocolito, soy enfermo de avaro... En lo que gasto es en libros y CD. Ya tengo ropa para los próximos 100 años”.

También me contó una historia extraordinaria de una hermana menor suya que yo no conocía. Y cuando llegó me dijo que el Cansador intrabajable (primer libro de Bertoni) era él. Una o dos personas me preguntaron si no había tomado fotos y yo ni lo había pensado, y me di cuenta de que Parra venía con sus más de 100 años a verme y a conversar y no a tomarse fotos conmigo, y sentí que la sugerencia de una foto habría “ensuciado” el encuentro. Hablamos más cosas y nos saludamos y despedimos de manera conmovedora (al menos para mí). Y ha sido quizá la inesperada y sorprendente visita más memorable de mi vida”.

-¿Y cómo habría sido el encuentro con Roberto Bolaño, que nunca se concretó?

-Con Bolaño estoy muy atravesado, no haberlo conocido es muy, muy mala onda. Creo que nos habríamos muerto de la risa. Hay varias cosas que tenemos en común. No sabía que Bolaño sabía que yo existía hasta que dice en Las Últimas Noticias que me tienen que dar el Premio Nacional de Literatura. Ésa es la primera vez en mi vida que vi juntar esa huevada de premio conmigo. En ese tiemp, Bolaño escribía en LUN y tenía una relación de amistad con su editor Andrés Braithwaite. Bolaño le escribió un email a Andrés y al final le dice: “Habla con Bertoni, dale un abrazo y dile que su libro Jóvenes buenas mozas es un magnífico libro de poesía”. Y después de dos semanas se murió. Entonces, yo quedé totalmente atravesado. A mí me gustaban sus cosas, además después le vi la pinta, conocí su viaje a México, le gustaba la música y encontré que hay una serie de analogías en nosotros. Fue un encuentro y luego un portazo con la muerte. Bolaño iba cuesta arriba.

-¿Le habría gustado ganar el Premio Nacional de Literatura?

-Gustado es una palabra muy suave para decirlo, me habría encantado. Es por la maldita plata. Yo estaría feliz y tranquilo con esas 900 lucas al mes. Es por la vejez, los exámenes, si me pasa algo tendría esa plata. El otro día estaba leyendo que la gente entre 60 y 65 años está en el top de sus intelectualidades. Yo tengo 70 y estoy con todas mis malditas paranoias, pero la cabeza todavía me funciona. Cuando se me olvida el nombre de un artista altiro pienso: alzhéimer… La vejez es lo peor. Si algún día no quiero seguir viviendo me pego un balazo, porque soy dueño absoluto de mi cuerpo.

-Hablando de edad, ¿piensa que una persona como Ricardo Lagos, que tiene 78 años, podría ser presidente?

-Lo escuché hace unos meses en una conversación larguísima con una periodista, y habría que ser imbécil para no darse cuenta de que es un tipo inteligente, de mundo, etc. Como está Lagos hoy, creo que es perfectamente capaz. Eso no quiere decir que lo elijan presidente y que el día de mañana no le dé un infarto y se muera o que quede como Cerati... que es una de mis paranoias. Ahora hay tipos que a los 86 años están perfectos y otros que a los 65 años están hechos pebre.

-¿Le interesa la política?

-La política es absolutamente indispensable, digamos que el discurso de todos los dictadores es que los políticos son basura. Todas las reformas que propicia el gobierno son necesarias, indispensables, sólo que son demasiadas para tan poco tiempo. La educación, por ejemplo: ¿qué puede uno pensar? La presidenta, ministros, ministras, parlamentarios, rectores, profesores, dirigentes universitarios y secundarios, todos gente honesta, inteligente, progresista, bien intencionada, pero ¡incapaces de llegar a un acuerdo! Dicen que el gobierno improvisa y los jazzistas improvisan, y a mí me encanta el jazz. Ojalá gobernara Miles Davis, Charlie Parker o Thelonious Monk. Dicho esto, me gustaría agregar que siento admiración, respeto y bastante pena por lo mal que han criticado a nuestra incomprendida presidenta.

“La vejez es lo peor. Si algún día no quiero seguir viviendo me pego un balazo, porque soy dueño absoluto de mi cuerpo”.

-¿Qué opina de Bob Dylan como ganador del Premio Nobel de Literatura?

-Los premios para mí significan una pura huevada, son plata, no más. Si un gallo es bueno lo vas a leer igual. Yo creo que Dylan no necesita la plata. Si fuera él, la agarro y la regalo, porque hay mucha gente que la necesita. Con Bob Dylan y el premio pasó otra cosa. A la poesía se le llamaba lírica porque al principio se tocaba con lira… pero eso se acabó hace siglos. La poesía son palabras en una página en blanco, y si tú la agrupas bien la poesía marcha y si las agrupas mal, la cosa no funciona. En la música encuentro que Dylan es insuperable, no hay ninguno que le corra un metro, pero cuando me dijeron que había ganado este premio fue una sorpresa, porque te podría dar el nombre de 10 poetas superiores. Sin ir más lejos, Nicanor Parra, John Ashbery, Linda Gregg.

-Tengo entendido que durante un tiempo, cansado de escribir, optó por grabar en casete su propia voz.

-Tengo una relación de necesidad con mi escritura, me alivia. Si fuera Mozart estaría haciendo composiciones; si fuera Charlie Parker, tocaría saxo alto. Mi asunto es la escritura, aunque me gusta mucho más la música que escribir, y es lejos la mejor de las artes. Con la música me la paso llorando, un libro rara vez me ha conmovido. Grabé casetes porque yo escribo mucho como hablo y la lengua no es tan rápida como el pensamiento, pero sí es mucho más rápida que la mano, así es que con la lengua atrapo mucho más de lo que atrapo con la mano. Tengo como 700 casetes de los que no he sacado ni una palabra y me tuve que detener y frenar un poco, volviendo a los cuadernos, para no seguir amontonando un material que sólo yo puedo manejar, corregir, censurar y que, por lo tanto, en su gran mayoría aunque me pase descaseteando los días que me quedan de vida, yo creo que se va a perder, lo que no es una tragedia porque no soy Shakespeare, muy bien lo sé, pero me da no se qué.

-Leí que consideraba la vejez y el sexo como pestes.

-Está en mi libro Adiós, son los cuadernos de una relación de siete años que tuve y que quedé muy mal. Lo digo a la pasada, pero es fuerte. La  vejez yo hallo que no hay para qué explicar. Es cosa de mirar alrededor. Es terrible sobre todo en gente económicamente desamparada. Respirar y comer según Epicuro son necesidades naturales y (obviamente) indispensables, pero el sexo es una necesidad natural, pero no indispensable. De hecho, se puede vivir sin tener sexo. Ahí están los castos y los célibes por elección. Cuando digo que el sexo es una peste, es por el poder que puede llegar a tener sobre uno y obsesionarlo hasta el punto de no dejarlo hacer ni pensar en otra cosa para no hablar de cuando perdemos al delicioso y exclusivo objeto que monopoliza nuestro deseo. La peste del sexo es que te aleja y desvía, y pierdes para siempre la autarquía, tan querida por los cínicos griegos.

El período especial

En los últimos años Claudio Bertoni se ha convertido en una celebridad de la poesía, un autor de culto, que tiene muchos lectores. Sale poco y cuando lo hace siempre alguien lo reconoce. Prácticamente vive solo, aunque está emparejado hace un año con una socióloga; su padre falleció hace seis meses y está feliz porque una de sus dos hermanas irá a vivir a Concón en una casa contigua a la suya. Tiene tres sobrinos a los que adora. Y sin más dice que si no fuera por la familia que tiene, no sabe qué habría pasado con él en el período más oscuro de su vida: 1998-2003, cuando casi pierde la razón.

“Fue una cuestión que yo creí que me iba a durar dos o tres días y duró cinco años, y yo no me explicaba de dónde cresta había salido. Tenía miedo de perder la razón y convertirme en un personaje de Woody Allen que va de flor en flor como de siquiatra en siquiatra, hasta que caí en una persona macanuda que me curó. Me dio Ravotril y dormí, no lo podía creer. La normalidad es el regalo más maravilloso que podría haber. El poeta Fernando Pessoa dice que el regalo más grande que el creador le ha hecho es no darse cuenta de que está viviendo”.

“Dicen que el gobierno improvisa y los jazzistas improvisan, y a mí me encanta el jazz. Ojalá gobernara Miles Davis, Charlie Parker o Thelonious Monk”.

La fotografía es otra de sus pasiones: son célebres sus desnudos. Interviene diapositivas con alfileres, creando nuevas figuras. Tiene una máquina chiquitita y hace mucho tiempo que hace fotos sin mirar, como si la cámara fuera una extensión de su cuerpo.

“Durante ese período de 1998 y 2003 dejé de leer y escribir, y tenía la sensación como que mi cabeza estuviera llena de tallarines y una persona los estuviera absorbiendo. Yo leí mucho cuando chico y tuvieron gran importancia Henry Miller y los surrealistas, sobre todo el poeta argentino Aldo Pellegrini. Él hizo en los 60 una antología de poesía surrealista, y en la introducción dice: los surrealistas sacaron las hojas de los libros y las pusieron en la vida. Y eso me entusiasmó mucho”.

Reconoce que la idea de la muerte le viene a la cabeza cada cinco minutos. “Pienso en mi biblioteca, en los 700 cuadernos y 700 casetes, y cada casete es un libro de 500 páginas. Pedro Montes (director de la galería D21) ha hablado conmigo para hacer un catálogo razonado, necesito que alguien lo haga porque tengo dificultad con el hacer. A mí el polvo y el orden me devoran. Cuando me enfermé de la cabeza fue en parte por la soledad y en parte por no poder controlar esto, mi trato con el mundo es súper difícil, pero tengo que hacer algo. Pedro me hizo dos libros con las obras visuales, con prólogos de Eugenio Dittborn y Gonzalo Díaz”.

-¿Hay cosas que le gustaría rescatar en especial?

-Tengo dos épocas de mi vida que me gustaría que quedaran convertidas en libro antes de morir; una es cuando me pasó esto de perder la razón, creo que ahí hay cosas realmente valiosas, y otra es la historia de amor que tuve con una mujer que fue maravillosa. Matías Rivas me habló de publicar eso.

-Pareciera que vive con lo justo...

-Yo soy una persona muy ordenada, vivo aquí con muy poco, tengo este lugar, que no es como la suite de Donald Trump. No pago el piso, no invito a nadie un Chocolito, soy enfermo de avaro. En los últimos 10 años ha habido plata de los libros, de dos o tres editoriales que te pagan un millón y algo por libro y eso se va guardando en el banco, así como los premios en dinero que he recibido. En lo que gasto es en libros y CD. Ya tengo ropa para los próximos 100 años.  •••

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