Cultura

Santiago de Chile – Capítulo 12

En capítulos anteriores, Miranda va tras la pista de Santiago Urbano, el misterioso magnate chileno. Cuando por fin se encuentran cara a cara, todo parece enredarse. Urbano planea un golpe de Estado y Miranda es una pieza del juego, aunque ella no esté de acuerdo. Algo han implantado en su sangre, ¿qué será... ?

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Una novela por entregas de Francisco Ortega, autor de Logia.

Novela_12

Capítulo 11: Megalodón

Capítulo 12

Rayén

Primero fue el grito, apenas las puertas de la sección de pasajeros del avión se abrieron.

–¡¡¡Salgan con las manos en alto y no intenten resistirse!!!

Luego aparecieron los uniformados, todos vestidos de negro, que rodearon la estilizada forma del Sukhoi-Gulfstream en el que había pasado la mitad de los últimos tres días de mi vida. Si uno de ellos apretaba por casualidad el gatillo, volaba entero el hangar donde estábamos y al menos unos cincuenta metros a la redonda; los tanques de la nave estaban cargados con poco más de un tercio de hidrógeno líquido altamente inflamable. Por un segundo imaginé la bola de fuego que se levantaría sobre el viejo aeropuerto Pichoy al este de Valdivia, en la frontera justa del Wallmapu con el Chile huinca del sur. A lo lejos se habría visto como una señal de guerra.

Después la voz baja de Lanalhue.

–Te va a mentir, no le digas nada… Y no dejes que te metan nada, no tienen la tecnología, podrían…

Finalmente el tirón. Dos de los uniformados que se vinieron sobre nosotras y nos detuvieron con esposas cruzadas en los antebrazos.

–¿Los pilotos? –preguntó una de ellas.

–Que no salgan de aquí –respondió la voz del inicio, que a esas alturas ya había reconocido como el tono cortante de la oficial Rayén Anchimalen de la policía federal del Wallmapu. Flaca, pálida y con el cabello amarrado, el mismo aspecto que aquella primera vez, cuando vino a visitarme a la habitación del hospital de Rukapillán y me advirtió que no saliera del país mapuche.

Pensé en lo último que me había dicho Lanalhue, ese “podrían” en potencial, y completé la idea: ¿matarme, herirme?

–Señorita Paillamilla –le dijo a Lanalhue, había olvidado que ése era el apellido de mi joven compañera– o debería llamarla con el nombre de su padre adoptivo, Lanalhue Urbano –¿padre adoptivo? Eso sí tenía sentido, pensé–. Suena mejor Lanalhue Paillamilla. –La muchacha la miraba fijo, sin abrir la boca–. Llévenla a la Unidad 1 –¿Unidad 1? ¿Un lugar, un transporte, un destacamento? Lo más lógico indicaba la alternativa del medio? –Sargento Queipul, la detenida es su responsabilidad.

Queipul, uno de los uniformados que nos había apresado, se quitó el casco y se acercó a nosotras. Era una mujer morena, de rasgos indígenas tan marcados como claros eran sus ojos. Su cinturón estaba copado de explosivos livianos y armas de sonido y electricidad de ésas que usan para paralizar.

–Sí, señora –y de inmediato tomó a Lanalhue, conduciéndola hacia fuera del hangar.

–¡Espere! –lo detuvo Rayén Anchimalen, acercándose a Lanalhue–. ¿Su iHand?.
A pesar de la resistencia de la hija de Santiago Urbano, la oficial policíaca del Wallmapu logró arrebatarle de su mano derecha el aparato en forma de tatuaje que se extendía por encima de las terminaciones nerviosas de la epidermis hasta poco más debajo de la muñeca. Para evitar problemas, me quité el mío, no fue fácil al tener las manos  esposadas, pero lo logré. Cuando la oficial vino hacia mí, lo primero que hice fue entregarle mi dispositivo.

–Gracias, señorita… –pronunció mi apellido.

Yo sólo recordé que había soñado con megalodones. En mi sueño yo era una ballena. No una ballena prehistórica, sino una ballena contemporánea, quizás una jorobada o una de aleta, daba lo mismo. Iba en manada, siguiendo a un viejo macho que nos guiaba en dirección a la Antártica, donde pastaríamos en superficies repletas de krill. Era una buena invitación, aunque lo que en verdad yo quería comer eran sardinas. Las ballenas son fanáticas de las sardinas, pero eso nunca te lo cuentan en la escuela. Entonces, de pronto, el macho guía se inquietaba y silbaba agudo para que abandonáramos la formación natatoria y escapáramos donde nos fuera posible, lo que era complejo porque en mitad del océano no hay dónde esconderse. Una sombra enorme se dirigía rápido hacia nosotros. Alargada como una lágrima, propulsada por aletas en forma de flecha, armada con un hocico desproporcionado y con más de doscientos dientes aserrados tan grandes que podían alcanzar mis huesos cetáceos. Lo vi pasar por encima mío, con el logo de las empresas mexicanas de Tenoch Hecat marcado en el lomo. Se deslizó como un torpedo hacia el líder del rebaño y abriendo sus fauces arrancó de una mordida el costado entero de la gran ballena. Con horror vi al macho retorcerse de dolor al ser devorado vivo. En pocos segundos, lo único que quedaba de él era una gran nube oscura, mezcla de sangre, orina y heces que se expandía fétida y salada por todo lo que me rodeaba. El megalodón sólo mordía y mataba, no se alimentaba, su instinto no era depredador sino asesino. Lanzaba dentelladas y ante su fuerza caían alas, colas, vísceras, cabezas, lo que tuviera cetáceamente en frente. De un momento a otro se me quedaba viendo, allí enfrente, con su masa de veinte metros de largo y casi cien toneladas de peso, la máquina más devastadora parida por la naturaleza. Yo estaba petrificada, sin poder moverme, segura del destino que se me venía encima. Y el megalodón cargaba como un ariete hacia mí, abriendo sus fauces negras y aterradoras hacia mis aletas. Y entonces la mordida… Y despertar… El logo que la bestia tenía encima no era el de Tenoch Hecat, sino el de Santiago Urbano, el de Santiago de Chile…

Dormí mucho, todo lo que nos hicieron en México me dejó agotada. Mentiría si dijera que recordé el trayecto de regreso al CDMX, apenas unas voces y una cama. Después Chile, Valdivia y Rayén Anchimalen.

–Le aconsejo no resistirse y acompañarme –me dijo la policía, mientras me invitaba a seguirla fuera del hangar, en dirección a algo llamado Unidad 2, que estaba posada unos pocos metros detrás del hangar, junto a otra idéntica salvo por el número 01 pintado en el costado. Ambas máquinas estaban ocultas tras unos alerces artificiales que habían crecido demasiado y efectivamente se trataba de un medio de transporte.

–No es mi intención resistirme, no quiero más líos –contesté.

–Espero no le importe volver a volar –siguió ella. Yo sólo levanté los hombros. En verdad no íbamos a volar.

Era primera vez que viajaba en un hovercóptero, esas máquinas cuadradas y feas, parecidas a camiones, que usan las fuerzas armadas y que se sostienen en ventiladores de turbinas carenadas que los hacen levitar a no más de treinta o cincuenta metros del suelo, dependiendo del terreno. Vehículo de efecto suelo, en su terminología ingenieril. No son precisamente aeronaves, carecen de alas y de estructuras que les permitan ascender hasta las nubes, pero resultan harto más prácticas que sus equivalente con ruedas. Básicamente, una mezcla entre helicóptero y hovercraft, económicos, resistentes y versátiles, no fue raro que en cinco años se convirtieran en el transporte preferido para militares y policías de todo el mundo.

Rayén era astuta. Despachó a todo su contingente en la Unidad 1 y viajó conmigo sola en la cabina de transporte. Oportunamente sus guardias ocuparon los asientos continuos al piloto, separados de nosotras por una puerta de metal plástico. Convenientemente además me quitó las esposas y me dejó tranquila y cómoda, pudiendo usar entera una de las bancas que corrían por el costado del fuselaje en forma de caja del transporte.

–No es tan cómodo como los aviones privados del señor Urbano.  –La oficial Anchimalen cortó el silencio.

–Esto no califica de avión –le respondí–. ¿Vamos a Rukapillán?

–Sí, usted dejó asuntos pendientes, señorita... –otra vez mi apellido–. No debió escapar del hospital, complicó todo.

–No escapé, me sacaron…

–Eso es cierto –ni siquiera me miraba.

–¿Cómo nos encontraron? –seguí.

–Dejaron pistas por todas partes –torció una sonrisa, era linda–, además fui autorizada para insertar una cámara y un micrófono en la piel de su padre –me indicó al pecho, ni idea por qué lo hizo–. Después fue sólo permitir que el señor Urbano lo liberara y lo llevara a su casa en la costa valdiviana.

–Buen plan.

–Los más obvios son los mejores…
Sentí que mi cabeza me pesaba como si algo invisible me obligara a meterla al interior de mis hombros y de ahí hacia abajo, como una avestruz desplumada. La caja de transporte del hovercóptero empezó a girar y moscas negras y veloces aletearon al interior de mis ojos…

–Mierda…

–Recuéstese.

–¿Qué no va a pasar nunca?

–Le licuaron toda la sangre del cuerpo y luego se la renovaron por una nueva, más limpia y genéticamente apta para transportar lo que sea que le hayan metido…

–Mmm… –en verdad me costaba hablar.

–La tecnología del hemoware es bastante antigua y aunque ahora hay métodos más limpios, siempre es peligrosa. Cuando se usaba sólo para motivos militares, hacia la década de 1990, muchos voluntarios murieron. Ahora nadie muere, pero no deja de ser molesto…

–Usted no me va…

–Tranquila, aunque quisiera no estoy autorizada para extraerle la sangre. No tengo a la gente adecuada, ni tanques con su tipo para que después siga viviendo. Realmente sólo quiero que conversemos.

–Para qué me lleva a Rukapillán entonces…

–Procedimientos…

–Yo no…

–Pero yo sí sé lo que le metieron en la sangre –marcó con un tono seguro, mientras el pesado hovercóptero crujía entero al ser golpeado por una corriente de aire–, la venganza de Santiago Urbano, lo necesario para recuperar el lugar que en su paranoia, cree que le quitaron sus enemigos. Ha llegado lejos y arrastrado mucha gente con él.

–Lo del bote, yo no…

–Por supuesto que sé que ni usted ni su padre lo hicieron. En el hospital le dije que era sospechosa, no culpable. Por no creerme, ahora lleva una bomba atómica en su sangre…

–No se pueden transportar artefactos nucleares en un hemoware…

–Era una metáfora, la misma uso él con usted. ¿Verdad?

No le contesté.

–Ok –siguió ella–. Voy a ser sincera con usted. Creo que la han estado usando…

–Cuénteme una de ciencia ficción… –papá usaba esa frase cuando éramos niñas con mi hermana.

–Si lo tiene tan claro, por qué participó entonces.

–Como imagino me ha investigado, sabe que para realizar un experencial de Santiago de Chile…

Ella sonrió.

–¿De qué se ríe?

–Respóndame algo, Miranda. ¿Si usted está acá porque le encargaron un trabajo, cómo es que todo lo que le ha ocurrido desde que arribó al Wallmapu parece parte de un guion escrito por un mal pero muy estructurado escritor? Sé de eso, hice cursos de guion cinematográfico…

Recordé las palabras de Lanalhue. Lo que acababa de decirme Rayén tenía demasiado sentido.

–Fue suerte, me encargaron al personaje –repliqué.

–No. Usted propuso a otras tres figuras de nuestra historia reciente –prosiguió ella–, la canciller Camila Valle…

–Basta –la detuve.

–Miranda. El nombre de Santiago Urbano ni siquiera se le hubiese ocurrido, literalmente se lo indujeron, usted sabe que existen esa clase de programas de manipulación neuronal… Tal vez olfateó la idea de Santiago Urbano en su perfume, tal vez bebió el nombre en un café, quizás…

–Santiago era un conocido de la familia…

–Lo sé. A propósito, ¿recuerda que su padre la trajo al Wallmapu…?

–Obvio…

–A una supuesta reunión de cercanos a Santiago Urbano.

–…

–No hubo tal reunión.

–Mi papá…

–Su papá no tiene idea de nada, a él también lo usaron…

–Usarlo para qué.

–Santiago Urbano la necesitaba a usted…

–¿De qué mierda me está hablando?

–Por la misma razón que hace dos años adoptó a Lanalhue Paillamilla…

–¿…?

–La edad, la genética especial, usted sabe –me miró de pies a cabeza–, ¿en verdad no sabe lo que le metieron en la sangre?

–¿…?

–Miranda, no estoy acá para detenerla. Vine a salvarla. •••

Capítulo 13: Conversación de dos mujeres

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