Cultura

Santiago de Chile – Capítulo 11

En capítulos anteriores, Miranda se encuentra cara a cara con Santiago Urbano, el misterioso multimillonario chileno que desapareció hace una década. Es el año 2036 y el empresario parece estar detrás de un extraño complot, que incluye un golpe de Estado.
Miranda y Lanalhue, hija de Santiago, se dirigen a México, donde un tiburón gigante las espera....

-

Una novela por entregas de Francisco Ortega, autor de Logia.

megalodon

Capítulo 10: El punto medio

Capítulo 11

Megalodón

El megalodón vivió hace unos seis millones de años, durante el período geológico conocido como Mioceno. Habitó en todos los mares y océanos del planeta, que entonces eran algo más cálidos que en la actualidad. Es la bestia carnívora más grande y poderosa que ha existido en nuestro planeta, incluso más que el tiranosaurio rex, que el carnotauro o que el sobrevalorado liopleurodon ferox, que no eran tan terribles como pensaban los paleontólogos. El megalodón es básicamente un Tiburón Blanco gigante. De hecho, se supone que es idéntico a sus primos contemporáneos pero hasta tres veces más grande.

Me explico: el mayor tiburón blanco que ha sido identificado fue una hembra avistada en el golfo de México hacia fines del 2015 que medía de cabeza a cola casi ocho metros; pues en esa escala el megalodón debía de alcanzar los veinte metros, aunque hay algunos que estiman que pudo ser incluso más grande, entre veinticinco y treinta metros.

En resumidas cuentas, la máquina asesina más perfecta diseñada por la naturaleza, una criatura que existía sólo para tres cosas: nadar, reproducirse y matar. Por supuesto estaba muy bien dotada para tal propósito: sus mandíbulas se abrían en un diámetro de seis metros con igual número de hileras, en las que se acomodaban doscientos setenta y seis dientes acerrados y afilados, algunos de los cuales se extendían hasta por veintidós centímetros, siendo los más grandes de la historia natural, de ahí su nombre que significa diente gigante.

Se alimentaba de prácticamente todo animal que nadaba en los océanos prehistóricos, siendo sus presas favoritas las ballenas. Y aunque no tenía enemigos, salvo individuos de su misma especie, podía verse complicado cuando era atacado en manada por los liviatan melvillei, unos cachalotes prehistóricos que lucían mandíbulas tan grandes y poderosas como las del supertiburón y que si bien eran más pequeños, sí resultaban más robustos y en grupo podían acabar con un megalodón.

Hay gente que cree que esta especie sobrevivió a la extinción masiva y al enfriamiento de las aguas, y existen testimonios de avistamientos de tiburones gigantes en el Pacífico, además de ataques nunca aclarados a ballenas, que aparecen en las playas con enormes mordidas. Lo cierto es que no tenemos pruebas reales de que los megalodones sigan con vida.

Excepto uno.

Tenoch Hecat tenía uno.

Es más: su conglomerado corporativo se llama Industrias Megalodón, como todos deben saber, con esa aleta azul nadando entre las dos palabras y formando la “eme” del nombre principal. Imagino que no necesito recordarles que Tenoch Hecat es el hombre más rico de México, el magnate verde del norte de América, el favorito de los defensores del medioambiente (que pasan lo del megalodón), la versión mexica de Santiago de Chile.

Una aeronave de rotores basculantes con el logo de Industrias Megalodón nos estaba esperando en el ex aeropuerto Benito Juárez, ahora identificado por una sigla horrenda que no memoricé. El vehículo era más moderno que el de Santiago y tenía una curiosa forma que podría describirse como un insecto con alas de águila y cola de delfín, una quimera mitológica pero de aluminio inteligente. Apenas nos bajamos del avión nos condujeron al vehículo, que despegó prácticamente de inmediato, llevándonos sobre las autopistas y torres del ex Distrito Federal en dirección sureste, hacia Puebla, donde se emplazaban las instalaciones del llamado campus de Industrias Megalodón. En concreto estuvimos menos de dos minutos en el suelo de la capital mexicana.

–Son cuarenta minutos de vuelo, hay bebidas para relajarse –nos indicó el piloto de la nave, que no debía de tener más de 14 años y lucía un cabello rubio albino, casi transparente, con el tatuaje de una serpiente emplumada alrededor de su ojo derecho.
–Uñam ella –murmuró la hija de Santiago Urbano, otra vez hablando en mapudungun. “Niño bonito”, tradujo mi iHand soplándome la expresión al audífono que llevaba disfrazado en una argolla de plata que colgaba de mi oreja derecha.

–Bastante –comenté, porque era cierto.

–Si tenemos tiempo, te voy a llevar a un club que cozozco allá abajo… –siguió Lanalhue, que a veces podía comportarse como una niña.

–Primero, explícame qué hacemos acá, volando hacia lo de Tenoch Hecat.

–El señor Hecat es uno de los mejores amigos de mi padre. Fue uno de los que más lo ayudó durante su desaparición…

–No es lo que te pregunté…

La nave se agitaba con violencia, sacudida por las corrientes de aire formadas por el intenso tráfico aéreo sobre la ciudad más grande del mundo.

–Te lo dije hace un rato, venimos por una bomba atómica.

–Supongo que es un decir.

Lanalhue sonrió.

–No sé si será un decir, pero hay muchos tipos de bombas atómicas, algunas grandes como este helicóptero, otras tan pequeñas como un microbio.
“Microbio”, hacía siglos que no escuchaba esa palabra.

–¿Qué es lo que en verdad quiere tu padre…?

–Te lo dijo anoche. Hizo un trato contigo… Darte una entrevista perfecta y ayudarte con lo de tu genobstreta.

–Esto no se parece a una entrevista perfecta, ni tampoco tiene que ver con lo de ese francés desgraciado.

–¿Estás segura? –no le contesté, no tuve tiempo– ¡Mira! –saltó, otra vez con un tono de niña chica, interrumpiendo nuestro diálogo–. El cerro de Tepeyac y la Basílica de la Virgen de Guadalupe.

Miré. Efectivamente abajo, entre la ruta de cientos de helicópteros y aeronaves de rotores basculantes aparecía el domo blanco del ahora santuario católico más grande del mundo. Miles de peregrinos, vestidos de colores brillantes y alegres avanzaban por las avenidas de acceso al templo.

–¿Te interesa?

–Mucho, soy fanática de la historia de la morenita de Tepeyac.

-No te imaginaba católica.

–No lo soy… La Guadalupe tampoco. Es una manifestación de la Coatlicue, la diosa de la tierra de México, una entidad extraterrestre que fue secuestrada por los católicos. Y yo creo en los aliens.

–Todo el mundo cree en los aliens.

Seguí viendo hacia la basílica de la Señora de México.

–¡¿Miranda?! –me habló Lanalhue–. Todo va a salir bien… A propósito, tengo que mostrarte algo –me acercó la palma de su mano derecha, donde su iHand había desplegado una imagen–. Papá me la envió hace unos segundos, me pidió que te la enseñara.
La fotografía animada mostraba a mi padre en una camilla, junto a Santiago de Chile.

–Tu papá ya está en nuestra casa.

No sabía qué decirle. Si no fuera tan rara, me habría puesto a llorar. Santiago de Chile había cumplido con una parte del trato, eso significaba que ahora realmente había manera de ponerle un punto final a esta historia. Abrí un pequeño congelador emplazado en una esquina de la cabina de pasajeros de la nave y saqué una botella de Coca- Cola Light.

–¿Quieres una? –le ofrecí a mi compañera.

–No bebo eso…

El megalodón de Tenoch Hecat nadaba en un inmenso acuario transparente construido en mitad de las instalaciones del campus industrial y tecnológico del magnate mexicano; un amplio espacio cúbico de cincuenta metros de ancho por cincuenta de alto e iguales dimensiones de largo. Allí podía moverse a su antojo, demostrando a los visitantes el poder del dueño del lugar donde nos encontrábamos, una lujosa ciudad empresarial diseñada alrededor de cuatro pirámides blancas que imitaban las de Teotihuacán. Su conjunto de empresas no sólo llevaba por nombre la identidad del mayor depredador del planeta, tenía uno vivo para demostrar que lo suyo era en serio. Si papá hubiese estado conmigo, de seguro habría comentado algo acerca de algún villano de película de James Bond, ese espía británico de aquella serie de películas cancelada hace poco menos de una década, poco después de la desaparición de Santiago de Chile. Nunca me gustó mucho, pero papá es fanático.  Por encima del acuario cúbico corrían dos líneas de grúas de carril, las cuales eran usadas para alimentar a la desproporcionada mascota del dueño de casa.

–Le damos de comer tres veces al día, su dieta es básicamente carne de res y de foca, que colgamos desde la parte de arriba, para mantenerlo ocupado –explicó una voz femenina que vino a nuestra espalda, mientras con Lanalhue no podíamos dejar de admirar el monstruo perfecto que nadaba frente a nosotros, separado del pasillo por una gruesa lámina de acero translúcido. El resto de los presentes apenas ponían atención, estaban acostumbrados al leviatán.

–Cristina de la Barrera –se presentó la mujer que nos había hablado. Delgada, con lentes ópticos redondos y pequeños, lucía la cabeza completamente calva, salvo por un mechón rojo en forma de rayo que le subía desde la frente a la nuca–. Pero pueden llamarme Tina.

–Ingeniero de la Barrera –saludó Lanalhue, cambiando su tono de voz a una frecuencia cálida, bien pronunciada y muy formal. El tema con mi nueva amiga no es que hablara distinto dependiendo del interlocutor que tuviera enfrente. Su cuento era un problema de personalidades múltiples, nada raro viniendo de donde venía–. Mi padre me indicó que usted nos iba a recibir.

–Sí, Tenoch… El señor Hecat –dudó, manifestando a propósito que era bastante cercana al dueño del lugar, tanto como quisiéramos imaginar– está fuera del país, pero estoy al tanto de sus necesidades.

Me presenté, ella era amable.

–Había escuchado que tenían uno –indiqué al megalodón–, pero pensé que era un mito.

–Lo era, pero el señor Hecat –esta vez lo mencionó con distancia– pensó que era una buena idea conseguir uno real e instalarlo en el campus, es una manera ingeniosa para distraer tanto a amigos como a rivales…

Lo era.

–A veces –continuó la ingeniero– lo alimentamos con presas vivas para mantenerlo activo. Vacas que arrojamos al agua, elefantes marinos e incluso delfines. El agua tiene nanobots que se encargan de limpiar la sangre…

Lanalhue hizo un gesto de asco.

–¿Cuánto mide? –seguí interrogando.

–Catorce metros y medio.

–¿Tiene nombre? –preguntó Lanalhue.

–Acuecucyoticihuati, es hembra –precisó Tina.

–La diosa azteca del mar –traduje. Nuestra anfitriona sonrió.

–¿Acue… cuanto? –comentó Lanalhue.

–La llamamos Acuecuc, es más fácil que el nombre completo.

–La diosa del mar –pensé en voz alta–. Entiendo que en verdad no es un…

–Realmente se trata de una tiburón blanco –aclaró Tina–, manipulada genéticamente para aumentar su tamaño… No hay suficiente ADN de megalodón como para construir una réplica, podrían haberse completado las cadenas con material genético de otros tiburones, pero ello habría demorado mucho el proceso. El señor Hecat lo quería rápido y como el megalodón era básicamente un tiburón blanco muy grande, nos pareció –ahora en plural, otra vez lo familiar– que uno de ellos agrandado a través de ingeniería genética equivalía a un megalodón verdadero…

–Un megalodón verdadero… –volví a pensar en voz alta.

–Bueno, señoritas, les parece que las lleva a sus apocentos. Necesitan descansar y comer antes de iniciar el procedimiento.

–¿Qué procedimiento? –miré a Lanalhue.

–Eso era lo otro que tenía que decirte –maldita enana–. Lo de la bomba atómica, en verdad somos tú y yo. Nos van a quitar toda la sangre para reemplazarla por una más útil…

–¡¡¡Útil para qué!!! –reaccioné, levantando la voz. La ingeniera Cristina de la Barrera no disimulaba su sonrisa de burla.

–Para transportar… ¿Para qué más sirve la sangre?… No es tu primera vez.

Eso era cierto, no era mi primera vez. Bajé la vista en un gesto automático. Cuando volví a levantarla, el ojo negro del megalodón de Tenoch Hecat me estaba mirando desde su acuático lado de la realidad. Depredadores, pensé. Estaba entre depredadores. •••

Capítulo 12: Rayén

Comparte este artículo:
  • Cargando

Síguenos en Facebook

x