Cultura

Santiago de Chile – Capítulo 10

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Una novela por entregas de Francisco Ortega, autor de Logia.

Novela_10

Capítulo 9: La entrevista (2)

Capítulo 10

El punto medio

Durante los últimos diez años, Tokio en Japón; Shanghai en China; el metroplex Connecticut-Nueva York-Pennsylvannia y Ciudad de México pelearon por el título de ciudad más grande del mundo. Al final, por una cuestión de espacio, el anteriormente llamado DF mexicano se quedó con el título. La también conocida por la sigla CDMX se expande hoy por el corazón del país norteamericano, superando los límites de la cuenca del Texcoco para terminar alcanzando con sus tentáculos de vidrio, cemento, ferrocarriles, autopistas y cromo hasta Puebla por el sur, Michoacán por el este e Hidalgo hacia el norte. El monstruo más colosal del planeta prácticamente atraviesa el territorio azteca tapando desiertos, bosques y selvas con hormigón en constante movimiento. La Nueva Tenochtitlán, que vaticinaron muchos autores durante los inicios del nuevo siglo, es ya una realidad y desde el aire se ve aterradora, mucho más que en los miles de videos tomados por drones que pululan por la red y que permiten experimentar la sensación de vivir en un lugar que supera las escalas de lo racional.

El avión particular, un Sukhoi-Gulfstream supersónico que nos esperaba en el aeropuerto de Valdivia y que según mi anfitrión nos iba a traer sin problemas y sin preguntas hasta México, descendió a la altura de los cerros de Tepeyac, en el viejo centro metropolitano de CDMX, y tomó en línea recta hacia las pistas del ex aeropuerto Benito Juárez, convertido ahora en un terminal privado para gente con demasiados recursos y demasiadas ventajas aduaneras.

Era verdad aquello de que nadie nos iba a preguntar nada.

Me allegué a las ventanas del avión y miré la ciudad. Mientras caía la tarde no distinguía más que calles y luces extendiéndose hasta los límites del horizonte, ascendiendo incluso hasta las alturas de los volcanes y montañas que encerraban la alguna vez ciudad imperial que los aztecas levantaron sobre las islas de un lago, que hoy seco y convertido en un barrial, trataba de sobrevivir abajo, muy abajo, incluso más al fondo que las líneas del ferrocarril subterráneo.

–¿Tu primera vez en el CDMX? –me preguntó Lanalhue, que ya casi no hablaba en neomapudungún.

–Sí –respondí.

–Tranquila, no es tan terrible como se ve –contestó la hija de Santiago Urbano, echándose hacia atrás en su asiento–. Prepárate –cambió de tema–. Estamos a minutos de aterrizar.

La miré. Luego deslicé mi vista a lo largo del fuselaje del avión. Nadie más había a bordo a excepción de nosotras. Un costoso viaje privado para una adolescente problemática y una reportera que se metió en un lío más grande que su propia vida, y del cual al parecer no va a salir muy fácil.

Ciudad de México era un monstruo, yo una Jonás que se adentraba en sus fauces.

–Vamos a dar un golpe de Estado –me había dicho Santiago al final de la primera sesión de entrevistas.

–¿De qué está hablando? –recuerdo que le pregunté. Su respuesta dejó aún más dudas.

–Mañana de madrugada, durante el camino, la pongo al día. Ahora es mejor que descanse, señorita.... –dijo mi apellido–. Yo al menos necesito dormir.

Ni siquiera eran las ocho de la noche.

A la mañana siguiente, Santiago Urbano había vuelto a desaparecer y Lanalhue me estaba esperando para venir conmigo hasta el aeródromo de Valdivia, donde nos esperaba la estilizada nave en forma de flecha con tres turbinas sobre la cola, en la que minutos después estábamos cruzando el continente.

–¿Tu padre…? –le pregunté.

–No lo sé –levantó sus hombros de niña chica–. Me dijo que te trajera conmigo.

–¿Dónde vamos?

–A México… Ya sabes, tenemos que provocar un golpe de Estado.

Luego se quedó dormida.

A dos mil trescientos kilómetros por hora, a mí me resulta complicado dormir.
Punto medio en el guion de mi vida.
Rewind necesario.

Mi nombre es Miranda y hasta hace cinco días trabajaba registrando docuexperienciales para una desarrolladora de contenidos en AMAR, la conurbación que hoy ocupa el área de la capital chilena. No era un gran trabajo, pero me permitía pagar un cubículo en el sector de La Florida con suficiente espacio para los pocos objetos de mi vida. Como les decía, hace cinco días recibí el encargo de realizar un trabajo acerca de los chilenos más destacados de los últimos veinte años, el período que corría entre 2016 y 2036, nada muy difícil. Mi lista tenía cinco nombres, pero el día de la pauta me levanté tarde y cuando recibieron mi mensaje, mi quinteto ya estaba tomado, lo que me supuso un revés, ya que con esos iniciales ya tenía bastante avanzado, incluso había delineado una simulación holográfica con la ex canciller Vallejo para reconstruir sus inicios como dirigente estudiantil, en paralelo a su labor actual en la ONU. Recibí un mensaje de vuelta, tenía diez minutos para escoger otro ilustre ciudadano. Junto a ese mensaje tenía uno de mi padre. Y al leer el nombre de papá me acordé de su jefe, nuestro compatriota más controvertido: Santiago Urbano, el millonario empresario que la mayoría de mi generación ha conocido por su apodo de “Santiago de Chile”, el responsable de la transformación de Chile, de casi todo lo que tenemos, casi una leyenda urbana, lo que suena divertido tomando en cuenta su apellido.

Me aceptaron la idea de inmediato, lo que significó que debía de ponerme a trabajar, buscando a gente que lo había conocido, ya que como todos tenemos claro, Urbano se esfumó del planeta hacia mediados del 2026, poco después del atentado contra el Vaticano. Hacía diez años que nadie sabía nada de él y su conglomerado de empresas era ahora parte de una sociedad multinacional que nada quería saber con este personaje, de hecho hasta habían quitado las iniciales S.U. de los pisos más altos de la torre que alguna vez lo identificó y que ahora lleva el genérico y poco amable nombre de edificio Andinia.

Pero tenía una ventaja, una fuente directa con el mundo de Santiago Urbano, mi padre. Al día siguiente tomé un tren metropolitano hacia el sector de Los Andes-San Felipe de AMAR, a la casa de mi familia. Papá se mostró sorprendido con mi aparición. No porque quisiera trabajar con la figura de su ex jefe y amigo, quien nos había traído de Francia poco antes del golpe islámico, sino porque sólo horas antes había recibido un mensaje de Santiago donde lo convocaba a él y a sus más cercanos a una reunión privada en Rukapillán, la ex Villarrica, ciudad capital de la nación mapuche del WallMapu. ¡Acababa de descubrir que S.U. estaba vivo, tenía una exclusiva! En verdad pensé que era el mejor día de mi vida. En frente estaba la oportunidad de entrevistar a mi objeto de investigación, no sólo de reconstruir su vida, sino también de dar luces acerca de que le había sucedido en esta última década.

Viajamos al WallMapu veinticuatro horas después. En la estación ferroviaria de Rukapillán nos estaban esperando Lanalhue –yo desconocía que era hija de Santiago–, junto a un empleado del reaparecido ex jefe de papá. Con ellos tomamos una embarcación ligera hasta el centro del lago Mallolafquén, donde se suponía Santiago esperaba a sus invitados en una instalación cerca de la isla de Aillaquillén, pero no alcanzamos a llegar, ya que de pronto todo explotó y cuando recuperé la conciencia estaba en el hospital de Rukapillán, detenida por la policía local acusada como sospechosa del atentado explosivo por supuestas vinculaciones con grupos separatistas neomapuches. Imaginé que me iba a podrir en la cárcel, hasta que Lanalhue entró a mi reclusorio disfrazada de enfermera y me llevó escondida hasta Pucón, donde nos esperaba un helicóptero que nos trasladó hasta la costa de Valdivia, bajo unas construcciones en forma de domo donde me encontré finalmente con Urbano. Y lo que empezó como una entrevista terminó convertida en una interrogación acerca de mi vida y mi particular condición genética. Bueno, también sobre su compromiso a encontrar al genetista que me cagó la vida y de preocuparse del estado de mi padre a cambio de que yo lo ayudara, en sus propias palabras, a provocar un golpe de Estado.

Nunca me dijo dónde.

Ni para qué.

Tampoco qué fue de los otros invitados a su reunión en Rukapillán.

O si en verdad hubo otros invitados.

Porque en estas horas he sospechado que todo fue una trampa para traer a mi padre.

O quizás para que mi padre me trajera a mí con él.

Papá… Siento que todo esto no es más que una gran trampa y que apenas estoy a medio camino de llegar al final.

–¡Ya, sácate el cinturón y sígueme! –me trajo de vuelta al CDMX, Lanalhue.

–¿Dónde vamos?

–A buscar una bomba atómica.

Lo último no era broma. •••

Capítulo 11: Megalodón

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