Cultura

Santiago de Chile – Capítulo 9

En capítulos anteriores, Miranda va tras los pasos de Santiago Urbano, el chileno que llegó a ser el más rico del planeta, desaparecido hace una década. Es el año 2036 y por fin, luego de sufrir un atentado en el país Mapuche, se encuentra cara a cara con el personaje. Todas las vidas tienen un destino y Miranda está a punto de descubrirlo.

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Una novela por entregas de Francisco Ortega, autor de Logia.

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Capítulo 8: "La entrevista (1)"

Capítulo 9

“La entrevista (2)”

-¿Monstruo de Frankenstein? –repitió Santiago de Chile, ahora en modo pregunta, la idea que le acababa de dejar sobre la mesa de diálogo. Si quería jugar, yo iba a hacerlo. Y lo mejor que pudiera–. Funciona como metáfora –subrayó–, aunque exagerada porque usted no es precisamente un monstruo…

En el comedor contiguo a la sala, Lanalhue estaba atenta a la conversación, obviando por un instante sus hologramas sintientes de animales bonsái.

–Monstruo no es sólo como uno se ve, sino como uno se siente –articulé rápido.

–Entonces usted se siente en el polo norte, aullando el nombre del maldito Víctor, el padre que le dio la vida.

–La diferencia es que mi padre no es el creador a quien yo busco –respondí de inmediato, tomando la posta de referencias al inicio y final del libro de Mary Shelley, que por cierto era uno de los que más me había gustado leer de cuantos me dieron en el colegio.

–Hay otro creador aparte de –pronunció el nombre de mi padre, con la familiaridad de una amistad ni tan cercana.

–Digamos que yo busco a quien se equivocó.

–La escucho…

–Esta entrevista no es sobre mí.

–Se equivoca. Esta entrevista es sobre usted y sobre mí –fue aún más veloz–, lo que salga de este diálogo será la base para el trabajo que usted ha de hacer acerca de mí…

–Entiendo entonces que si esta conversación es de su agrado usted accederá a revelar lo que el mundo se pregunta acerca de su desaparición.

–No sólo de mi desaparición –guiñó un ojo.

–Del pasado… –subrayé.

–Del pasado… del presente y del futuro –ahora fue lento.
Afuera, por encima de los domos, una delicada lluvia comenzaba a caer sobre los bosques artificiales y naturales que se extendían alrededor y encima del gran estuario del río Valdivia.

–¿Es natural? –le pregunté al hombre nacido como Santiago Urbano pero conocido como Santiago de Chile, indicando el agua que caía a gotas sobre el techo abovedado y transparente…

–No… Tenemos tres dirigibles cisternas flotando sobre la reserva, más un drone cloudmaker. Es la única manera de mantener esto húmedo…

–¿Tenemos?

–Le prometí las respuestas.
Traté de recordar la última vez que había visto lluvia natural, había sido hace mucho tiempo. Miré a Lanalhue, ella seguía pendiente de la conversación que mantenía con su padre.

–Estábamos en que buscaba a quien se había equivocado –mi interlocutor me miró fijamente y por un segundo recordé esa primera imagen suya que tenía en mi retina, cuando era un joven millonario y había accedido a aparecer en una fotografía publicitaria para la revista Capital. El mismo año de mi nacimiento, el extraño 2016.

–Mi nombre es Miranda –recité, repitiendo la presentación que tengo en el reel de acceso a todas mis redes–, y soy producto de un embarazo por error.

–Pensé que –dijo el nombre de mis padres–, lo habían planeado…

–Lo hicieron… No es ese el error al que me refiero…

–La escucho.

A esas alturas, Lanalhue había apagado su mascota artificial y dejado la mesa del comedor para sentarse a un lado de su padre. Insisto: ¿en qué momento esta historia había pasado de ser la historia de Santiago de Chile a la de Miranda? Sé que no hay respuesta.

–Mi padre quería un hijo hombre –proseguí–, así que junto a mi madre programaron mi gestación a través de un genostreta. El cromosoma XY del feto que debía de convertirse en mí fue modificado y resguardado durante toda mi gestación. La casa familiar estaba entera preparada para mi nacimiento –exageré, basandome en los recuerdos de papá–, de hecho ya me habían preinscrito con el nombre de Brando…

–Tu padre era fan del actor…

–No estoy segura –lo corregí–, sólo sé que le gustaba mucho una película con él.

–El Padrino.

–No, Superman. Marlon Brando hizo del papá de Superman en la primera versión cinematográfica del personaje.

–La recuerdo, 1979… –Lanalhue  nos miraba como quien era espectador de un partido de tenis–. Entonces nació usted,  me estaba contando –siguió casi sin respirar.

–El 7 de agosto del 2016 en el Hospital Americain de París a las nueve de la mañana. Habían internado a mamá la noche anterior por dolores intensos y decidieron intervenirla con una cesárea a primera hora del día siguiente. Imagine la sorpresa cuando aparecí yo. Una niña que genéticamente debía de ser hombre…

–Usted es mujer.

–En un 80% según el último examen al que me sometí. Pero cuando me miran bien, es evidente que algo inusual hay en mí…

–Salta a la vista… Pero lo inusual es también hermoso.

–Gracias –en verdad no sabía si debía de agradecerle.

–Hubo algún comunicado oficial para sus padres.

–Muchos. Ninguno satisfactorio. El más rebuscado y que de alguna manera mis padres aceptaron es que mi madre habría gestado gemelos, de los cuales nació sólo uno ya que como si fuera una especie de vampiro genético yo me comí a mi hermano…

–¿Es eso posible? –interrumpió Lanalhue, mirando a su padre.

–Sí lo es –le contestó su padre, concentrado en mí. Yo miré la lluvia–. Error del genostreta –acotó mi entrevistado ahora convertido en entrevistador.

–El creador que estoy buscando.

–¿Qué fue de él?

–Sólo sé que su apellido era Turavan y que desapareció cuando nací yo. Fui un escándalo bastante sonado en la medicina francesa, incluso se escribió un libro respecto de mi caso, algunos años después. En esa época, 2016, los nacimientos programados eran un secreto y un privilegio para quien pudiera pagarlos… Lo mío trató de mantenerse oculto durante un tiempo, pero al par de años todo explotó…

–Lo recuerdo, el debate del 2018.

–Ese debate fue mi culpa… O al menos detonó con mi caso.

–Tu padre nunca lo mencionó.

–No me extraña. Papá nunca habla mucho de lo que realmente le afecta.

–Turavan –dijo él, repitiendo la identidad de mi personal Víctor Frankenstein– ¿Ives Turavan?

–¡¿Lo conoce?! –salté.

–Antes dos preguntas para cerrar…

Tragué aire y le hice un ademán de que podía continuar.

–¿Fue difícil crecer?

–No más que para cualquier niño gay o lesbiana… Aunque un poco más extraña –sonreí.

–¿De qué se ríe? –preguntó él. Lanalhue continuaba mirándonos como si jugáramos tenis.

–Mi abuela, la madre de mi madre, es cristiana evangélica. Según ella yo soy la prueba viviente de que nadie puede desafiar la voluntad de Dios.

–Like an X-Men –interrumpió la hija de Santiago. Le contesté con una sonrisa. Desde que me había rescatado en el hospital en Rukapillán, la chica me caía bien.

–¿Y usted que cree? –continuó mi entrevistado.

Recordé lo que recito en la última parte de mi reel social y lo repetí textual:

–Que soy un borrador.

–¿Puedo preguntarle por su vida sexual?

–No. Pero le contesto que soy mujer…

Ahora él sonrió.

–Dijo que eran sólo dos preguntas –contraataqué.

–Terminé.

–Mi turno, entonces…

–Su turno, entonces.

–Recién mencionó a Ives Turavan.

–Lo hice…

–¿…?

–Usted me ayuda y yo la ayudo.

–No lo entiendo.

–Si accedí a participar en la creación de este perfil es porque la necesito. Como muestra de mi aprecio y agradecimiento, no sólo cuidaré de su padre ahora en Rukapillán, también voy a ayudarle a encontrar a quien la creó, a IvesTuravan.

–Para qué me necesita…

–Para dar un golpe de estado, querida.

Capítulo 10: El punto medio

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