Cultura

Santiago de Chile – Capítulo 8

En capítulos anteriores, Miranda va en busca de Santiago Urbano, el chileno que llegó a ser el hombre más rico del planeta, desaparecido hace diez años.
Su padre tiene una pista y ambos viajan hacia el sur, donde sufren un atentando. Tras despertar es secuestrada por una chica mapuche, Lanalhue, quien resulta ser hija del misterioso personaje y la conduce hasta su paradero.
Es el año 2036 y por fin se encuentran cara a cara...

-

Una novela por entregas de Francisco Ortega, autor de Logia.

novela-8

Capítulo 7: "Encuentros cercanos de cualquier tipo"

Capítulo 8

“La entrevista (1)”

-¿Dónde estuvo en estos diez años?

–¿Esto va a ser una entrevista?

–Debo entrevistarlo antes de guionizar el perfil audiovisual…

–¿Quién me va a actuar?

–Nadie… Usaremos un avatar digital.

–…

–¿Entonces?

–¿Quiere saber qué fue de mi vida en los últimos diez años?

–Sí. Creo que es una buena manera de comenzar…

–Ok…

La nave de rotores basculantes nos había sacado rápido del corazón del Wallmapu, sólo minutos antes de que la zona se llenara de hoverdrones de la policía. Lanalhue se fue sentada al frente, junto a la piloto, una danesa llama Ivonne (después supe su nombre) mientras yo me mantuve bien amarrada en la sección de pasajeros, sentada frente a Santiago Urbano, en un principio completamente callada. Él, apenas levantaba la vista para mirarme. Revisaba un pequeño monitor y ojeaba nervioso hacia el exterior. Tras veinte minutos de vuelo le pregunté por mi padre, estaba segura de que él estaba enterado de todo y sabría qué hacer.

–Estoy a cargo de... –dijo su nombre–. Le debo mucho a tu padre y sé cuidar a mis amigos.

El avión, mitad helicóptero, mitad aeronave de alas fijas, voló hacia el sur siguiendo la ruta de la Región de Los Lagos, virando luego en dirección a la costa, continuando la línea de los grandes ríos que se abrían sobre Valdivia, ciudad que cruzamos en descenso antes de enfilar en dirección norponiente, sobre las lomas verdes de Calfuco, un poco más al sur de Pellines, en una meseta rodeada de flora nativa y alerces artificiales entre los que emergía una serie de construcciones de ferroplástico en forma de domo.

–¿Su casa…? –recuerdo que le pregunté.

–El lugar donde me estoy quedando, que no es lo mismo que casa.
Tenía razón.

Media hora después estábamos acomodados en uno de los salones del domo principal. Yo sentada en un sofá de cuero blanco, él al frente, en un sillón idéntico, sin despegar sus ojos de un rollo multimedial en el que tocaba varias ventanas de pantallas al mismo tiempo. Lanalhue le trajo una taza de café, yo sólo pedí agua.

–¿Te molesta que mi hija escuche la conversación?

–Para nada…

Lanalhue se sentó en una mesa y durante toda la entrevista puso su atención más en las nubes espesas que se venían desde el mar que en las revelaciones de su padre.
–¿Podemos poner música? –siguió Santiago Urbano con sus peticiones. Se veía más joven para la edad que tenía, como si la última década hubiese estado congelado o en animación suspendida. Continuaba calvo, pero siempre lo había sido, muy parecido a Patrick Stewart, ese actor inglés que murió en 2029, que salía en las películas viejas de los X-Men, mucho mejores que las versiones actuales.

Asentí a su petición de poner música.

–¿Te gusta Pink Floyd?

–No los conozco.

–Son de mi época. Y de la de tu... –nombró a mi padre.

–Mi padre sólo escucha tango –lo corregí.

–Antes escuchaba Pink Floyd. Fuimos juntos a ver a David Gilmour en 2015…
Levanté los hombros. Nunca antes había escuchado el nombre de ese tal Gilmour. La música era bonita, como clásica, tampoco le puse demasiada atención.

–¿En qué estábamos? –volvió a preguntar Santiago, medio minuto después de que le hiciera la primera pregunta. Iba a ser complicado lidiar con un evidente déficit atencional del siglo veinte que jamás había sido medicado.

–¿Dónde estuvo por estos diez años? –volví a preguntarle.

–En muchas partes –torció una mueca–. Pero digamos que cuando decidí esfumarme del mundo conocido me fui al mar…

–¿Al mar?

–Sí, al mar. Enero del 2026, uno de los más calurosos que recuerde y, dicen que yo hablo con lugares comunes, se acababa un año complicado para mí…

–¿Complicado? –decidí interrumpirlo–. No me parece que haber sido escogido el hombre más rico del mundo por revista Forbes sea algo complicado. Si me permite, creo que es un honor. Más al ser el primer chileno y tercer hispanoamericano en lograrlo.

–¿No le parece complicado que todos quieran un pedazo de usted…?

–De sus empresas, no de usted…

–Su padre me advirtió que era buena.

Me sonrojé. Mi padre, pensé, y miré en dirección a Lanalhue. Que ahora manipulaba un holograma en forma de elefante, que al contacto de sus dedos iba convirtiéndose en otros animales. Mi hermana, defensora de la adopción de animales, era una firme opositora a las mascotas legales, como esos holo bonsai. Según ella, es preferible una copia genética a una irreal proyectada por luz. A propósito de copias genéticas, necesito ya un dino bonsai. Quiero un mini triceratops, aunque sea el más difícil de conseguir de todos. El triceratos siempre fue el dinosaurio más popular de todos. Ahora el holograma de Lanalhue era una beluga bebé que nadaba en círculos sobre su cabeza.

–Estábamos en lo del mar –regresé.

–Sí… cuando pensé en lo de mi retiro, sabía que la única manera de hacerlo, dada mi popularidad, era desapareciendo. Yéndome a un lugar donde nadie pudiera buscarme…
–A una isla –concluí.

–No precisamente: una isla es fácil de rastrear. Piense, señorita –pronunció mi apellido–. Hay una esfera del doble del tamaño de la tierra formada por una red infinita de satélites apuntando a la superficie del planeta; es imposible no ser descubierto.

–Bajo tierra…

–Sólo es cuestión de tiempo.

–Eso significa que ahora nos están viendo.

–Saben perfectamente dónde estamos y qué estamos haciendo…

–Pero…

–Pero tengo todo controlado…

–Recursos…

–No sólo recursos, señorita –volvió a repetir mi apellido.

–Contactos…

–Bingo. Ahora contésteme. ¿En un mundo donde todo es rastreable, cuál es la única manera de literalmente desaparecer?

Miré a mi alrededor. A través de los ventanales que daban a las colinas forestales del lado opuesto al mar, podía verse la plataforma sobre la cual estaba estacionado el avión de rotores basculantes.

–En movimiento… –concluí en voz baja.

–Exacto. 2025. Había reformado mi imperio a través del negocio de las nuevas energías renovables y la inversión en recursos acuíferos… Sabía hacia dónde iba el mundo y con tal conocimiento uno se gana enemigos…

–Pero el dinero compra amistades poderosas.

–Exacto. Y un buen conocido. Un ruso capitalista excéntrico, cuyo nombre es mejor no revelar ahora –anoté ese dato, algunas pistas tenía–, me facilitó su yate privado…

–¿Un yate?

–Una manera de decir. Había convertido un excedente militar ruso, un submarino de misiles balísticos clase Typhoon, en su fortaleza móvil. La ventaja de las naves propulsadas por energía nuclear es que pueden permanecer hasta cincuenta años sin necesidad de atracar en tierra firme. Nadie a bordo hizo preguntas y me mantuvieron ahí como pasajero y protegido por un par de años. Vaya que me trataron bien.

–Un par de años…

–Sí, el mar no es bueno para la piel…

–¿Y después?

Santiago de Chile miró al techo abovedado del domo.

–¡Mierda, era cierto! –salté–. Se fue a Marte.

–Casi…

–Dónde…

–Antes de continuar, puedo hacerle yo una pregunta. Me parece justo… –asentí–. Recuerdo que cuando la conocí y usted era muy pequeña, lo hablé con su padre…

Miré a Santiago de Chile. Él continuó:

–Él manifestó su preocupación ante cómo sería su crecimiento. No por usted, sino por la reacción de la gente, de los niños que la iban a rodear.

Supe hacia dónde iba.

–Usted, Miranda, fue programada genéticamente para nacer con sexo masculino. El tratamiento genopreparto que se le dio a su madre fue diseñado para cromosoma XY. Sin embargo, usted nació con sexo femenino…

–Eso de sexo femenino es un decir –lo enfrenté.

–Una anomalía, si me lo permite –agregó mi entrevistado.

–Se lo permito.

–Y yo ahora la veo una mujer hecha y derecha, claro, hay algo en su voz y… –tartamudeó por primera vez–. Fue…

–¿Complicado? –lo interrumpí.

Lanalhue me estaba mirando. Santiago de Chile también.

–Digamos que soy un rareza... O como me gusta decirlo. Soy el monstruo de Frankenstein… y llevo la vida entera buscando a mi verdadero creador. •••

Capítulo 9: "La entrevista (2)"

Comparte este artículo:
  • Cargando

Síguenos en Facebook

x