Cultura

Santiago de Chile – Capítulo 7

En capítulos anteriores, Miranda recibía la misión de encontrar a Santiago Urbano, el chileno que llegó a ser el hombre más rico del planeta, desaparecido hace una década.
Es el año 2036, y Miranda viaja con su padre hasta el sur, al país mapuche, donde es víctima de un atentando. Allí, conoce a Lanalhue, quien la secuestra... ¿o rescata?

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Una novela por entregas de Francisco Ortega, el autor de Logia.

novela-7

Capítulo 6: "El mundo en que vivimos"

Capítulo 7

"Encuentros cercanos de cualquier tipo"

"¡Te dije que no te levantaras, ñoi malen…!”, exclamó rabiosa Lanalhue, en voz baja, mientras me tomaba la cabeza por la nuca, a la par que le indicaba al conductor de la camioneta Uber que siguiera rápido por una de las avenidas de Rukapillán que extendían la conurbación capital a lo largo de la costa sur del lago hasta Pucón.
–Los ñoi sahue del hospital, no nepen…

Miré en la pantalla del iHand, lo poco que había logrado traducir es que la joven neomapuche me había tratado de niña tonta y luego había adjetivado al personal del centro asistencial como cerdos estúpidos e ignorantes.

–¡Chongemen fau kudewe! –siguió gritándome, cubriéndome el iHand con su mano izquierda. El aparato alcanzó a trasladar algo así como “apaga ese juguete”.

–De otra manera no te entiendo… –repliqué.

–Sólo lengua huinca desde ahora –dijo–. Pero apágalo ya… Hay ojos por todas partes y esos ojos ven estas cosas. Pensé que lo sabías…

No le contesté. Apagué el iHand y desconecté mi número de usuario. Ella levantó su mano izquierda y liberó mi cabeza.

–¿Mi papá? –le pregunté, aún recostada en el asiento trasero de la camioneta.

–Tu papá está sedado pero bien –me informó–, no tienes de qué preocuparte.

–¡Sedado y no tengo que preocuparme! Necesito llamar a Santiago, avisarle a alguien… Préstame tu iHand.

–No uso –me mostró sus palmas, era cierto–. Además, ya llamaron a tu familia…

–¿Quién, cómo? –pregunté, con la duda añadida de cómo alguien podía sobrevivir en plena tercera década del siglo XXI sin un iHand.

–Rayén, la detective que te interrogó antes de que te sacara de la habitación –asentí–. Tu familia ya está enterada de que tú y tu padre son los principales sospechosos de un atentado terrorista contra los líderes empresariales de la región mapuche. Imagino que tu hermana ya fue detenida en la capital y le investigan sus lazos y vinculaciones. Complicado… ¡Fuiste novia de un neopinochetista…! Error…

No le respondí. Sólo sentía cómo el vehículo se movía y sobre mi cabeza pasaban las sombras de una ciudad en movimiento.

–Es lo bueno de Uber –siguió Lanalhue–, nadie pregunta nada, por eso es un buen servicio.

–Yo no hice nada, papá tampoco… Y mi ex… –Lanalhue no me dejó finalizar.

–Rayén y su gente lo tienen claro. Sólo necesitan un culpable… O más bien una vía para llegar a quien en verdad creen que está detrás de todo.

–¿Quién?

Lanalhue me contestó con una sonrisa cínica.

–Santiago…

Lanalhue torció una mueca, luego desenrolló su lector y empezó a revisar algo que desde mi posición era muy difícil de leer.

Me dolía todo el cuerpo, tenía ganas de llorar, quería bajarme del auto y en verdad aún no comprendía cómo se las había arreglado Lanalhue para sacarme de un privado hospitalario, que se suponía estaba rodeado de guardias. En un instante estaba sentada en una silla de ruedas y luego arriba de este auto, en los estacionamientos subterráneos de una clínica pública. Cuando le pregunte cómo era que todo había resultado tan rápido, sólo me respondió que en Rukapillán tenía muchos amigos, en especial entre la policía.

–Ya puedes levantarte –me indicó. Después del mareo inicial vi que el vehículo ya estaba cerca del límite comunal con Pucón. Miré hacia atrás. Ni una sirena policial, ni un dron hovercóptero sobre nuestras cabezas. Hacia el lago, sólo embarcaciones menores y las grandes velas triangulares de un buque de turismo, que se dirigía lento hacia la península de Pucón. Giré hacia la pequeña isla Aillaquillén. Todo tan tranquilo como una mala pintura. Era como si no hubiese nada.

–¿Consumes Flibanserafil? –me preguntó Lanalhue, sin dejar de ver su rollo.

–¿Ehhh…?

–Vigalis –especificó.

–No…

–Me alegro. Estoy hablando con unas conocidas que están organizando una protesta a nivel continental por el derecho femenino al orgasmo libre…

–A algunas les salvó la vida en pareja –le contesté.

–Las convirtió en esclavas… A los que salvó fue a los machos impotentes…

–Las encuestas dicen lo contrario, le dicen el salvador de familias…

–El creador de esclavas.

En realidad no consumía, pero estaba dispuesta a hacerlo si lo necesitaba. Además es gratis, en los consultorios comunales te inyectan para el mes con sólo dar tu dirección, suficiente para vivir en paz y tener una buena relación en pareja. Qué me importa que el orgasmo sea automático en el instante cero del contacto o penetración, a la larga el sexo de un minuto salvó tanto a hombres y mujeres, acabó con la idea del coito como trabajo y tiene al mundo entero contento, que es maravilloso.

–Antes del vigalis, el 80% de las mujeres jamás habían tenido un orgasmo –le dije.

–Que es un derecho femenino, pero también un camino, una vía, no una reacción química. Me equivoqué contigo, no pensé que fueras tan conservadora…

–No lo soy, pero me gusta estar tranquila y el vigalis nos da paz a hombres, mujeres, a quien quiera.

–Dictadura de la falocracia… –rabió la muchacha.

–Sí, puede ser… Pero acá tiene su lado bueno.

–Que las cosas tengan su lado bueno, no significa que sean buenas.

–Esclavitud…

–Claro, la peor de todas…

–Los hombres también tienen orgasmos inmediatos con el vigalis.

–Los hombres siempre han sido precoces… No es mi tema.

–Lo es si defiendes la igualdad…

Se quedó en silencio, distante.

La camioneta se alejó de la entrada hacia el centro de Pucón y enfiló por la salida oriente de la comuna, que conducía a la ruta internacional con Argentina y al sector turístico e industrial de Caburgua.

–Tu papá va a estar bien –volvió a hablar la neomapuche, así de la nada; en un cambio tan inmediato como inesperado e inverosímil de tema. La miré a los ojos–. Te dije cuando te saqué del hospital, que tengo mucha gente conocida en Rukapillán. Bueno, les encargué a tu padre.

–Rayén… la policía.

–Ella será un problema, pero no precisamente para tu padre.

El vehículo ascendió por una de las vías laterales a la ruta principal, evitando pasar por los lectores de la carretera central.

–Nos quedan veinte minutos.

–¿Para qué?

–En veinte minutos, la tal Rayén tendrá el registro de todas las patentes de vehículos que salieron del hospital regional en el período de tiempo en que tú te esfumaste. Los números serán cargados en las memorias de drones y luego la zona estará invadida por esos insectos.

–El conductor –miré al silencioso personaje que iba tras el volante.

–Sólo somos clientes. Y se le está pagando extra. ¿Verdad?

El hombre asintió.

–Seis veces la tarifa.

–Siete –corrigió.

–Siete –devolvió ella, de inmediato–: en la próxima entrada a la derecha. Quinientos metros hasta una propiedad que va a aparecer por ahí. Ahí nos deja. Luego toma otra carrera de inmediato.

–Ya estoy coordinado con otro cliente.

–Cómo no amar Uber –exclamó Lanalhue. Y sí, tenía razón. El servicio era bueno, pero yo siempre iba a preferir los trenes a los autos particulares. Es lo que más me gusta de vivir en AMAR, los trenes.
El vehículo se detuvo frente a la entrada a una pequeña casa de dos pisos, pintada de
blanco y con dos pequeños álamos al frente, flanqueando el pasillo de lajas de piedras que conducía a la puerta. Era uno de esos chalets típicos del sur de Chile, construidos en madera y con detalles tan precisos como preciosos en lo humilde de su estructura.

Lanalhue cargó el valor de la carrera y le indicó al conductor que se apresurara en regresar a la vía principal. Yo caminé lento hacia la puerta de la casa.

–¿Quién vive aca? –le pregunté a la joven neomapuche.

–Ni idea, pu malen –rompió el trato de no más mapudungún–. No vamos a la casa –levantó los hombros–. Es por atrás.

–¿No hay perros? –le pregunté al verla cómo se adelantaba hacia un viejo galpón de madera que surgía en el patio trasero de la parcela.

–Te dan miedo los wapo trewas… perros bravos –tradujo de inmediato.

–Prefiero los gatos.

–Yo los perros, pero nunca he tenido uno. Ahora apura esos pasos, ya hemos perdido demasiado tiempo.

–Me duelen las piernas –le recordé–. No sabía que íbamos a caminar.

–No vamos a caminar… –respondió ella, mientras me indicaba que volteara hacia lo que había a un lado del galpón, protegido de miradas curiosas por la voluminosa y añeja forma de la bodega.

–¿Y eso? –pregunté sabiendo perfectamente qué era esa cosa allí estacionada, una suma improbable entre delfín gigante e insecto todavía más grande. Básicamente una nave aérea de rotores basculantes, versión civil de un aparato muy utilizado por fuerzas militares y policiales. De hecho, Carabineros de Chile los ocupa como nave madre para sus enjambres de drones hovercópteros. Sabía que habían versiones sin armas de esas máquinas y sabía también que su acceso estaba delimitado para gente con muchos, demasiados recursos.

Miré a Lanalhue, pero no fue ella la que me contestó.

–Miranda –habló una voz de hombre a mi espalda–, finalmente logramos reunirnos.
Giré despacio.

–Santiago… –pronuncié sílaba por sílaba.

–El mismo. Pensé que no me ibas a reconocer. La última vez que te vi eras una niña. Tu padre me dijo que querías entrevistarme. Te parece que antes salgamos de aquí… –indicó hacia la nave.

–Yo… –dudé, miré a Lanalhue.

–Mi hija también va con nosotros –agregó Santiago–. Claro, le pedí que no te dijera nada. Lanalhue es mi hija… •••

Capítulo 8: “La entrevista (1)”

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