Cultura

Santiago de Chile – Capítulo 5

En los capítulos anteriores, Miranda va tras los pasos de Santiago Urbano, el magnate chileno que llegó a ser el hombre más rico del planeta y cuyo rastro desapareció hace una década. Por esa razón se dirige con su padre –quien trabajó con Urbano– al corazón del país mapuche, donde esperan encontrarse con el misterioso personaje. Es el año 2036 y las tierras del sur son un polvorín. Los dos se aprontan a tomar un barco para cruzar el lago antes conocido como Villarrica...

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Una novela por entregas de Francisco Ortega, el autor de Logia.

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Capítulo 4: "Wallmapu"

Capítulo 5

“Sospechosos de siempre”

El cono perfecto del volcán Rukapillán elevaba sus dos mil quinientos metros de alto hacia el sureste de la ciudad, liberando desde el cráter, azulado y sin nieve, una fumarela pálida que se abría como una mano de dedos largos y puntiagudos sobre la superficie del lago, enmarcando el paisaje con una firma tan concreta como caótica.

–Cuando era chico –comentó mi padre, mientras la camioneta superaba las desordenadas calles de la capital del Wallmapu–, un geólogo que aparecía en los medios advertía que algún día toda esta zona iba a quedar sepultada por ese volcán, que lleva como un siglo siendo el más activo y peligroso de Chile.

–No ha pasado –le respondí, aún mirando hacia la montaña.

–Pero va a pasar.

“Pero va a pasar”, repetí en mi cabeza, mientras veía a un grupo de muchachos, muy jóvenes, rayar con consignas en mapudungún la pared del edificio de un banco.
La camioneta Uber llamada por la señorita Paillamilla nos condujo hasta la marina del lago, un sector emplazado a la izquierda del puerto lacustre de donde zarpaban los ferris hacia Pucón. Hacia un pequeño muelle estaba amarrado un catamarán de seis plazas con dos motores de fuera de borda conectados a la popa. Un tipo grande y moreno estaba arriba, sentado junto al volante de conducción, fumando un fétido porro de la marihuana más barata y tóxica que se puede encontrar en el mercado, la del paquete con la paloma verde, prefiero no mencionar la marca pero creo que todos ya saben a cuál me refiero. Una mierda.

–Merimeripucrazymalen– saludó él, mientras Lanalhue trepaba al casco de la embarcación.

–Merimeriguplayasobakatrewa– le devolvió ella, injertando palabras en ruso en su saludo. De acuerdo a mi traductor, había tratado a su amigo como perro loco.
La asistente de Santiago Urbano nos alcanzó dos chalecos salvavidas y mientras se ponía el suyo nos invitó a subir al catamarán.

–¿Dónde vamos? –le pregunté a mi padre.

–Es Santiago –me contestó él, levantando los hombres–. Acostúmbrate, así es su modo de operar. Más ahora que ha regresado de la tumba –contestó. Lo anterior no era metáfora.
Resoplando sus motores, el catamarán comenzó a apartarse del pequeño puerto lacustre de Rukapillán. A medida que fue adentrándose en el lago comenzó a acelerar su velocidad hasta levantarse sobre las olas con pequeñas aletas hidrofoil, que sustentaban la doble quilla sobre aerodinámicas estructuras en forma de ala, que evitaban el roce contra la superficie elevando las prestaciones de velocidad, similares a las de un auto deportivo.

Dibujando un amplio arco sobre el extremo sur poniente del Rukapillán, apartándose de la costa a la altura del sector antes llamado la Puntilla, que previo a la revolución de Mariluán era un exclusivo condominio privado (y ahora un sector industrial), la nave tomó en línea recta hacia la pequeña isla de Aillaquillén, un promontorio que alguna vez fue un cono volcánico, que se alzaba cerca de la costa norte.

–Una isla –comenté–, hay que reconocer que tu amigo tiene estilo –le dije a mi padre.

–No –me contestó él, poniéndose de pie sobre el casco para mirar mejor–, no vamos hacia la isla. Dio un par de pasos y se sujetó al parabrisas de la nave, al lado del amigo de Lanalhue, que conducía el catamarán y ya no fumaba marihuana de la mala. Lo seguí. Tenía razón. No íbamos hacia la isla, sino en dirección a un objeto, grande y largo, que estaba oculto al otro extremo del promontorio y que comenzó a distinguirse a medida que nos aproximábamos.

No alcanzamos a avanzar mucho más.

A veces es bueno atrasarse…

***

Cuando volví a abrir los ojos habían pasado tres horas y estaba en una habitación de hospital, con todo el cuerpo adolorido, machacado. Mi brazo derecho aparecía conectado a un catéter y el catéter a una bolsa de suero; mi brazo izquierdo estaba metido dentro de un guante del cual salía una serie de cables hacia un monitor puesto sobre mi cabeza; mi frente, tapada por un cintillo con igual cantidad de cables y aparatos. Sentía como si un dinosaurio de cola y cuello largos hubiese pasado sobre mí.

Una mujer joven, con bata blanca, estaba a los pies de mi cama, revisando un rollo transparente donde se proyectaba información luminosa y verde brillante.

–Buenas noches –me saludó, sonriéndome–. Es bueno tenerlo de regreso.

¿Tenerlo? Otra vez lo mismo de siempre, pensé.

–¿Dónde estoy? –le pregunté.

–En el hospital regional de Rukapillán…

Miré alrededor, mis brazos, las paredes, la puerta; la respuesta era bastante obvia. Me sentí como una tonta.

–Enfermera… –volví a llamarla.

–Doctora –me corrigió ella–. ¿Dígame, señor…? –pronunció mi apellido.

–Señorita –la corregí, aunque odio esa palabra.

Ella miró el rollo transparente.

–Oh… disculpe, es que acá…

–Lo sé, lo sé… lo del ADN –le respondí–, una larga historia. Se supone que fui “pedida” como hombre pero…

–Inusual.

–Ni que lo diga –en mi cabeza pensaba que tenía que hacer algo al respecto, quizás terminar con la tontera del cabello corto y usar maquillaje más fuerte, como si eso significara algo.

La doctora estaba ruborizada de vergüenza. Se lo merece. Por hacerle caso a una máquina.

–¡Mierda! –exclamé, mientras trataba de sentarme. Me dolió la espalda.

–Voy a aumentar la dosis de analgésico –indicó, a la par que se acercaba a uno de los monitores y apretaba un botón azul que flotaba en el cristal líquido.

–¿Mi papá? –pregunté.

–Él está bien, en una sala continua. Pronto podrá verlo…

–¿Pronto?

–Sí, pronto –aseguró ella–, ahora avisaré que ya está consciente para que pueda atenderlos.

–¿Atender a quién? –pregunté mientras sentía el agradable efecto de los analgésicos hacer su trabajo.

–A la policía –marcó ella–. Sobrevivió a un atentado del Wapo Peñiwen…

–¿Qué es Wapo Peñiwen…? –pregunté, sin siquiera poner atención a eso del atentado. ¿Dónde estaba mi iHand?

***

Rayén se llamaba la detective, flaca y baja, con el cabello tomado en trenza, que se apareció junto a mi cama apenas la doctora abandonó el cuarto. “Wapo Peñiwen –me explicó– es el nombre de un grupo armado y extremista vinculado al movimiento separatista neomapuche. Imagino que en la capital han escuchado de eso”. Su tono era cortante. Le conté que sí y le devolví la pregunta si acaso ellos eran quienes hacían esos rallados por la ciudad. No me respondió.

–¿Qué fue lo que pasó, entonces? –continuó con su interrogatorio. Miré esa cosa chica y redonda que revoloteaba alrededor de la policía marcándome puntos de la cara con lectores láser y tuve claro que no sacaba nada con mentirle. Desde la época de la protestas universitarias sé que no hay nada peor que mentirle a la policía, a menos que sepas “danzar el rostro” para evadir a los lectores que miden si lo que dices es verdad, arte que por supuesto no conozco y ya no aprendí. Según mi ex pinochetista o se aprende de niño o no hay caso.

Recordé. El catamarán del amigo de Lanalhue nos llevaba hacia la isla Aillaquillén, cuando detrás del peñón apareció un barco más grande. Moderno, lujoso, como un crucero pero no gigante. Bajamos la velocidad para acercarnos y fue ahí cuando de improviso todo voló en pedazos. Primero un destello, luego el ruido que nos vino encima junto a la onda de choque.

–La proa del bote se levantó y no recuerdo más –la puse en día–. Desperté hace unos veinte minutos en este lugar…

–El chaleco salvavidas le salvó la vida –primer gesto amable de parte de la agente–. Usted y su padre estuvieron flotando en el agua casi una hora antes de que un hovercóptero los encontrara…

–¿Cómo está él?

–Ya le tomamos la declaración…

–¿Y el resto?

–¿Qué resto?

–El piloto del bote y una niña que iba con nosotros, Lanalhue Paillamilla era su nombre…
No me respondió, pero sí tomó nota del nombre.

–¿Qué hacían usted y su padre en el lago?

–¿Qué le contestó mi padre?

–Responda.

–Acompañé a mi padre a una reunión con su ex jefe, un personaje famoso –exageré–, quizás lo conozca, Santiago Urbano… Santiago de Chile…

–Sé quién es… Pero él no estaba en ese barco…

–¿Entonces?

–Entonces… –marcó–, que en ese yate se estaba realizando una junta de empresarios mapuches de la zona. Y usted, señorita –pronunció mi apellido–, y su padre son los únicos sospechosos del atentado, en el que murieron quince personas…

–Yo…

Ella estiró su mano y prendió un monitor de TV que colgaba de la pared perpendicular a la puerta. Noticias locales. En verdad lo que había pasado era grave. Los empresarios eran gente importante del Wallmapu, más que los políticos. No decían de qué se trataba la reunión, pero sí que se habían usado explosivos a control remoto y que los supuestos culpables estaban detenidos en el hospital regional de Rukapillán.

–Usted y su padre no están internos –me informó, tajante–, están detenidos. Y eso –indicó las máquinas a las que estaba conectado–, es mejor que cualquier esposa.

–Nosotros no hicimos nada –mentiría si dijera que no me puse a llorar.

–Puede ser, pero estaban ahí, demasiado cerca… Ahora, si me permite, voy con su padre. Cualquier cosa, hay dos guardias afuera del pasillo. Coopere y estará bien. Una cosa más, señorita –dijo mi apellido, marcando cada una de las tres sílabas–; está en el Wallmapu, acá las cosas son distintas que en el país huinca.

Dicho eso salió de la habitación. Traté de moverme, pero no pude. Tiré los cables y un dolor fuerte me apretó la cabeza. En el televisor aparecían las palabras caos y revolución. ¿Dónde estaba mi iPalm? Lloré de nuevo. La puerta se abrió e ingresó una enfermera muy joven y con cara de niña, inusualmente pálida para la zona.

–Buenas –me saludó–, le traje lo que me pidió antes de que viniera la policía.

–Yo no lo he pedido nada –al menos no recordaba haberlo hecho.

–Oh, claro que me pediste algo, puhuinca ñahue… –sonrió, mientras se quitaba la máscara de electroplástico y una cara conocida aparecía a centímetros de mis ojos–. Vine a sacarte de aquí –pronunció Lanalhue Paillamilla, con un tono que parecía la suma de un millón de nuevos problemas.

–Yo… –moví mi brazo, mientras ella comenzaba a desconectarme.

–Yo nada de nada, puhuina ñahue… Tienes una cita con don Santiago y te vine a buscar. Si no te llevo, me matan. No vucheu… •••

Capítulo 6: "El mundo en que vivimos"

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