Cultura

Santiago de Chile – Capítulo 4

En los capítulos anteriores, Miranda recibe el encargo de investigar a Santiago Urbano, el chileno que llegó a ser el hombre más rico del mundo. Es el año 2036 y hace una década que se perdió su rastro. El padre de Miranda trabajó con el enigmático personaje y puede tener la llave para encontrarlo. Viajan juntos al nuevo país mapuche, sumido en la violencia.

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Una novela por entregas de Francisco Ortega, el autor de Logia.

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Capítulo 3: "Apuntes biográficos"

Capítulo 4

“Wallmapu”

¡Dakeltung kona peñi, hagamos al huinca sentir pu kutral of new kultrung!... estaba escrito con grandes letras rojo sangre a todo lo largo y ancho de uno de los pasos sobrenivel que cruzaban por encima de la línea férrea del tren de acercamiento entre el aeropuerto y la nueva ciudad capital de la región mapuche. Y el rayado era lo suficientemente llamativo y poderoso como para que todos los que íbamos a bordo del convoy de seis carros, arrastrado por una máquina de punta roma y seis ejes motrices accionados por una turbina diésel-eléctrica, lo pudieramos ver y leer.

–Así con la sangre del nuevo guerrero araucano, que habla en mapudungún mezclado con inglés y español –comentó mi padre, mirando el garabato.

–Y chino y ruso –completé yo–, a veces.

–Una mierda –estiró él, levantando la voz–, Lautaro se revolcaría en su tumba...

–Leftraru –le corregí, bajando el tono–, si acá dices Lautaro, te van a seguir con un dron con revólver hechizo.

No era un chiste. El modus operandi del delincuente promedio en Chile era desde hace unos años el asaltar usando drones con pistolas. Se lo copiaron a los bolivianos, que se lo copiaron a los argentinos, que se lo copiaron a los mexicanos, que se lo copiaron a los rusos. Todo se copia a los rusos.

–¡Que me sigan con un helicóptero artillado! –explotó él–. Estoy diciendo lo que pienso… No te conocía ese lado tan temeroso –me miró–. Y eso que en teoría el conservador del grupo soy yo.

Papá tenía razón. Soy más conservadora de lo que muchos creen, incluidos mis amigos más cercanos. No es por una cuestión ética y moral, sino por miedo. Prefiero vivir a la defensiva, a la larga es la mejor manera de sobrevivir a lo que pueda venir. Como esos drones con pistolas.

–Bueno, allá tú.

–Miranda –pronunció mi nombre–, sólo era un comentario. Mira a tu alrededor, a nadie le interesa lo que estamos hablando.

Le hice caso y literalmente miré a mi alrededor. No estuve del todo de acuerdo con él. De los cincuenta pasajeros que iban en el vagón, sentí que al menos veinte nos miraban atentos. Sé que voy a sonar racista, pero no hay otra manera de decirlo; la mayoría de esos veinte personajes eran morenos, de cabello negro y rasgos duros, la raza que predomina entre el Biobío y el Toltén.

Suena feo, lo sé, pero juro que no fue a propósito.

Siguiendo las ondulaciones del río Toltén, el tren interurbano asaltó el corazón político del Wallmapu desde el norte, cruzando sobre el puente colgante que se elevaba sobre la desembocadura del antes llamado lago Villarrica, espejo de aguas quietas de treinta kilómetros de largo por diez de ancho, que en los mapas contemporáneos aparecía inscrito según su nombre original de Mallolafquén, misma identidad que se le daba al barrio cívico de la ciudad de Rukapillán, construida sobre lo que antes fue Villarrica.

Mucho más grande y moderna que la localidad previa, la actual Rukapillán se expandía desde la ribera poniente del Mallolafquén siguiendo el borde sur del lago hasta casi unirse con Pucón por la oriente. Como en El Señor de los Anillos, la también conocida como conurbación Mallolafquen, Rukapillán, Pucón aparecía en las imágenes turísticas como la perfecta ciudad lacustre que tras años de lucha política había logrado deshacerse de la ocupación huinca, para convertirse en una perfecta mezcla entre herencia ancestral y lo bueno y malo del mundo occidental moderno. Por supuesto, esa propaganda turística obviaba el desorden de sus calles y el actuar cada vez más presente del movimiento neomapuche.

Dakeltung kona peñi, recordé, mientras sentía el accionar de los frenos del carro a medida que el tren ingresaba bajo el hangar en forma de domo de la estación. Rukapillán no daba la bienvenida a sus visitantes, concluí, les advertía.

El nombre de mi padre estaba escrito en una pantalla rollo que tenía extendida sobre su cabeza una muchacha de unos trece años; completamente calva, vestida de negro, con una especie de versión corta del traje ceremonial de las machis. Usaba un parche en el ojo izquierdo y tenía un tatuaje de metal injerto que le bajaba desde el hombro. Cuando la descubrí estaba de pie, al final de la estación de ferrocarriles de Rukapillán, mirando hacia los pasajeros que descendían del tren.

–Eimi keimi pu peñis –nos saludó al descubrir que la estábamos mirando.

–En español –le pidió mi padre, negándose a usar el traductor de su iHand.

–My name es Lanalhue –respondió ella en un pésimo inglés–, y me enviaron por ustedes.
Mi padre me miró, yo levanté los hombros. Lanalhue escupió al suelo y pronunció:

–Memen poñi et ñawe –algo así como padre e hija cagones, de acuerdo el traductor de mi iHand que a duras penas podía con el “neomapundungún”. Luego ella tocó el rollo de gorilla glass y en la pantalla apareció el rostro de un anciano de 88 años, con lo poco de cabello que le quedaba muy canoso y peinado hacia atrás. Manchas rosadas seguían las líneas de expresión de su frente, por encima de las cejas tupidas y se perdían hacia las cuatro mechas que se le arremolinaban en la parte alta del cráneo.

–¿Santiago? –le pregunté en voz baja a mi padre, confundida.

–No… Samuel Urbano –me dijo él.

El padre de Santiago de Chile.

–Buenos días –el anciano pronunció el nombre de mi padre–, lo estábamos esperando –volvió a identificarlo–. Veo que viene acompañado –me miró.

–Sí –tutebeó papá–, es Mariana, mi hija. Hablé con Santiago de ella…

Giré de golpe hacia mi progenitor, no me había dicho nada.

–La señorita del docuexperiencial. Saludos...

–Saludos –le respondí, todavía confundida. Papá me iba a tener que dar muchas explicaciones.

–Lanalhue Paillamilla trabaja para Santiago –siguió el. ¿Contrata niñas de 13 años?–. Ella se encargará de ustedes por los próximos minutos. No es conveniente perder más tiempo, pueden confiar en ella.

Papá miró a la muchacha.

–Pu chau peñi –dijo ella, antes de agregar en chino que la siguiéramos.

Lanalhue enrolló la pantalla y nos llevó a través de la atestada estación de ferrocarriles, que además funcionaba como terminal para buses interprovinciales en sus niveles superiores, hasta una esquina cercana, donde nos esperaba una Suburban de Uber. Ella se sentó junto al conductor.

La camioneta bajó desde la parte alta de Rukapillán hasta el barrio cívico de Mallolafquén, que se extendía como una herradura de torres de vidrio de veinte pisos de alto siguiendo la forma de la costa del lago. En la punta del más alto de los edificios, correspondiente al parlamento y gobierno del Wallmapu, flameaban los tres pabellones patrios, el del país mapuche, el de la ciudad y el tricolor de Chile, anunciando el establecimiento actual del país como un estado plurinacional, mismo modelo de Nueva Zelandia, Bolivia e incluso que Sudáfrica.

–El inicio de los problemas –comentó mi padre, mirando las banderas. Le respondí con una mirada–. No estábamos aquí, pero tú conoces la historia –añadió, mientras desde el asiento delantero Lanalhue Paillamilla nos miraba. Era cierto. Conocía la historia, como todos.

El desastre de Mariluán. Fue hacia el final del segundo gobierno de Piñera, el del milagro económico, cuando la derecha política convenció a las masas y se levantó como la alternativa estatal que salvó al país tras el llamado agujero del 2019, aquello que ya nadie quiere recordar. La entonces Región de La Araucanía se había convertido realmente en una zona de guerra. Agricultores de la zona de Ercilla y grupos derivados de la entonces llamada cordinadora Arauco-Malleco estaban en armas. Heridos y muertos en ambas partes. Un grupo de ultraderecha, reconocidos pinochetistas, que se hacía llamar Húsares, respondió a la quema de una parroquia católica, secuestrando y matando a cuatro jóvenes mapuches. Fue la bomba definitiva. La entonces llamada ciudad de Victoria, ahora rebautizada como Mariluán, acabó cercada por mapuches de todas las comunidades y simpatizantes de la causa. Se hablaba de extranjeros, sobre todo de europeos; de miembros del partido comunista, de ex integrantes del FPMR y las FARC, infiltrados. Nada se comprobó.

El calor de enero no ayudó a calmar los ánimos y los incendios se propagaron hasta el centro de la ciudad. Se pidió el accionar del gobierno de manera dura y Piñera ordenó el despliegue de fuerzas especiales de Carabineros y el Ejército. Entonces no estaban privatizados y aún obedecían al mando vertical. Agricultores de la zona e integrantes de los Húsares vieron con esperanza la mano dura del gobierno. Era su gente, la derecha misma que iba en su ayuda, sus amadas fuerzas armadas. Pero no fue así… La orden del Ejecutivo fue apoyar a las comunidades mapuches y detener y reducir tanto a miembros de los Húsares como a agricultores que estuvieran armados. Fue el inicio del proceso que llevó a la declaración de independencia del país mapuche y la posterior reforma constitucional que convirtió a Chile en un estado plurinacional con representación parlamentaria de las diversas etnias, básicamente el génesis de la nueva era. Pero no hubo paz. Todo lo contrario. Si hay algo que caracterizó a los mapuches y que explica por qué y cómo dieron más de trescientos años pelea a los huincas fue su incapacidad de estar bajo un poder central, o de un lonko mayor, nombre de la autoridad instaurada por la nueva Constitución.

La calma duró poco. Cinco años tardó el Wallmapu para volver a prenderse.
Y dentro de pocos minutos papá y yo descubriríamos qué tan fuerte era el fuego. No sólo el mapuche, sino el que había alrededor del enigmático Santiago de Chile. •••

Capítulo 5 “Sospechosos de siempre”

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