Cultura

Santiago de Chile – Capítulo 3

Año 2036. El personaje más enigmático de la historia reciente reaparece tras una década de silencio. ¿Quién es el chileno que llegó a ser el más rico del mundo? Una periodista recibe el encargo de seguirle la pista y para ello se reúne con su padre, quien conoció al magnate y podría tener la clave para encontrarlo. Viajan juntos al sur, mientras la Araucanía está en llamas.
Esta historia recién comienza....

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Una novela por entregas de Francisco Ortega, el autor de Logia.

novela

Capítulo 2: Área metropolitana

Capítulo 3

“Apuntes biográficos”

Sé que Santiago de Chile fue inscrito en la oficina del Registro Civil de Temuco el 12 de junio de 1974 con el nombre de Santiago Urbano Gudenshawagger. Primogénito de la familia formada por un abogado de clase media, oriundo de Lautaro, y de la heredera menor de un pequeño imperio hotelero y chocolatero de la ciudad entonces llamada Villarrica. Lo de heredera menor no es un dato aislado: las relaciones entre Guillermina  Gudenshawagger y el resto de su familia no eran buenas. Descendientes alemanes, con un incierto pasado relacionado con el III Reich, los Gudenshawagger no vieron con buenos ojos que la más chica de sus niñas contrajera matrimonio con un hijo de la clase media baja chilena, “sin apellido” y que estudió gracias a becas; un personaje que se había hecho a sí mismo y que para sumar más puntos en la escala de rechazo provenía de una familia que profesaba la religión evangélica. Samuel Urbano, el padre de Santiago, era hijo de Víctor Urbano, que además de ferroviario era fundador de la Iglesia Evangélica Centros Bíblicos de Temuco. Y aunque para el nacimiento de su hijo hacía años no asistía a la iglesia, que cambió por la logia Masónica Mariluan 2, aquella herencia religiosa siempre pesó en su familia, incluso en el propio Santiago Urbano. Ni Samuel ni Guillermina le dieron segundo nombre a su primogénito. Fue una manera de distinguirlo y de alguna manera marcar el hecho de que su identidad tenía suficiente peso como para no necesitar de compañía, lo que a la larga sería confirmado por su propia historia de vida. Tampoco tuvo hermanos. Como su identidad, en Santiago Urbano no había espacio para replicantes.

El personaje que investigo creció en Temuco, donde vivió hasta los 17 años. De acuerdo a lo que he averiguado tuvo una infancia feliz, donde no le faltó nada. Por supuesto, vivir en una ciudad del sur de Chile, en plena dictadura militar, lo privó de estímulos sociales y culturales, los mismos que a futuro él se encargaría no faltaran para ningún niño o joven chileno. Fanático de los juegos de video de un Atari 800XL, de las revistas de historietas de Batman y de Star Wars, además del equipo de fútbol Universidad de Chile; esas pasiones lo han acompañado toda su vida. O eso, al menos, es lo que sabemos. La educación primaria y secundaria la cursó en el Colegio Bautista de Temuco, lo más cerca de Dios que estuvo en su vida, a pesar de que su abuelo paterno lo llevo más de una vez a la iglesia familiar. Cuando cumplió dieciocho, ingresó a estudiar Ingeniería Civil Industrial mención en Eléctrónica en la Universidad de La Frontera de Temuco, emigrando en 1993 a Santiago, donde continuó sus estudios en la Universidad de Chile. Ese mismo año, el 29 de noviembre, Guillermina Gudenshawagger, su madre, murió tras un corto pero intenso cáncer al pancreas. Santiago congeló su semestre académico, recomenzando la carrera en marzo de 1994, la que sólo continuó hasta 1996, cuando de un día para otro dejó de asistir a la universidad. En agosto de ese año, con una mochila al hombro, Santiago Urbano tomaba un avión rumbo a la costa oeste de los Estados Unidos. Lo poco que se sabe de él en los siguientes nueve años es que se radicó en Silicon Valley, donde realizó esporádicas pasantías en empresas del rubro tecnologico como Google, Apple y Pixar, siendo esta última donde se mantendría por más tiempo. ¿Qué hizo en esas compañías? ¿Por qué sólo estuvo cuatro meses en Electronic Arts? ¿Conoció en verdad a Mark Zuckerberg pre Facebook? Son algunas de las preguntas que sus pocos biógrafos se han hecho. Más misterios en una vida marcada por misterios e informaciones a medias. Lo único concreto es que hacia 2005 estaba de regreso en Chile, apadrinado por inversionistas, entre los que se contaban el ex presidente Sebastián Piñera y Mario Kreutzberger, el personaje de la televisión que fuera conocido como Don Francisco, con cuyo capital fundó XENDA (se lee “senda”), desarrolladora de tecnología que en la próxima decada se convertiría en un conglomerado de negocios que se ampliaría a las áreas de las comunicaciones y la educación. Cuestionado por muchos de sus pares por apenas tener cinco semestres universitarios, no fueron pocos los que desde un inicio compararon a Urbano con Steve Jobs y Bill Gates, paralelismo que en un principio él vio con humor, pero que con el paso de los años terminó molestándolo a tal punto que gatilló su reticencia a dar entrevistas o llevar una vida pública. Más que reservado, un personaje enclaustrado en sí mismo, que no tuvo familia y que sólo se sentía bien cuando estaba en su área y moviéndose en sus propias reglas. El que desapareciera hacia el 2026 en verdad no sorprendió a ninguno de sus colaboradores, mucho menos a su padre, quizás la única persona realmente cercana en su vida. Y he ahí que emerge una nueva pregunta, acaso la fundamental de todo este meollo. ¿Cuándo fue que Santiago Urbano se convirtió realmente en Santiago de Chile?

Sin pensarlo mucho, la primera respuesta apunta al año 2015, cuando vendió la mayoría de sus acciones en XENDA, quedándose con apenas un 2% de la propiedad de la empresa, que para entonces ya era el pulpo multiplataformas más grande y rentable de toda América Latina, yendo mucho más lejos que su inicio como desarrolladora de softwares empresariales y gubernamentales. Hacia ese año, XENDA era una telco establecida en el continente entero. La primera cableoperadora en Chile, Argentina, Perú, Uruguay, Ecuador y Colombia; la segunda telefónica móvil en los mismos países, compitiendo para ingresar a México y al mercado latino de Estados Unidos. Presencia en conglomerados radiales y de canales por cable, inversionista en dos universidades particulares, superviviente de una sonada expulsión de Venezuela que casi se transformó en incidente binacional, la verdad es que renunciar al imperio XENDA parecía una locura. Mas Santiago Urbano tenía sus razones y éstas apuntaban al único fracaso de su carrera: Cyberia, prototipo de red social que desarrolló hacia 2006, “libremente inspirada” en Facebook, que aún no era masivo. Cyberia pretendía ser un país virtual y llegó a tener más de 100 mil usuarios activos sólo en Chile y Argentina, pero los inversores jamás entendieron el concepto –que se adelantó cinco años a la internet social– y Cyberia fue bajada de la red a los veinticinco meses de vida. Cyberia marcó el primero de una larga seguidilla de choques entre Urbano y sus socios, ruta que conduciría irremediablemente a su renuncia a XENDA y el inicio de la transformación de Santiago en esa leyenda que acababa de regresar de un retiro voluntario, convertido en un mensaje de audio en el iHand de mi padre y en el del resto de quienes trabajaron con él.

–El cinturón –me trajo de vuelta papá, levantando el asiento del Airbus de Latam en el que comenzábamos a bajar hacia el Aeropuerto Wallmapu, emplazado kilómetros al norte de la localidad de Rucañanco, antes llamada Freire.

–Lo llevo puesto –le indiqué, devolviéndole una sonrisa. En verdad estaba muy contenta de que me hubiera acompañado. No tanto porque no pudiera hacerlo sola, sino por la oportunidad de reencontrarme con mi padre y recobrar una relación que, por razones que aún no voy a adelantar, venía bastante dañada. Juro que no fue mi culpa, juro que todo fue un tonto malentendido. Yo no quería hacerlo.

–Mira –incitó a que me acercara a la ventanilla del pequeño A-390 de dos turbinas y cola en forma de “T”que iniciaba su descenso hacia el valle del río Toltén. Me allegué y seguí las indicaciones de papá. Abajo se extendían las regulares formas de Temuco, la ex ciudad capital de la región, antes de que se declarara la autonomía del Wallmapu y la administración de la zona se trasladara a la nueva ciudad de Rukapillán, levantada sobre lo que alguna vez fue Villarrica.

–Los incendios –apuntó papá. Era cierto, Temuco y la gran explanada abierta en la amplitud del curso del río Cautín estaba marcada por incendios, algunos grandes, que abarcaban cientos de hectáreas, otros pequeños, como focos que encendían bosques en lo alto de lomas y cerros. El cielo entero de la antigua Araucanía era una continuidad de humos y vapores, que reflejaban en rojo y anaranjado el fuerte sol de la ola de calor que se hacía notar sobre el país.

–Es peor de lo que imaginé –le dije.

–Los separatistas son claros, si no se declara independencia total, van a dividir el país con una línea de incendios. ¿Sabes lo que dicen en Temuco? –negué con la cabeza–. Que los incendios han crecido tanto, que hoy en la mañana nevó cenizas sobre la ciudad.
No le respondí. El chirrido del tren de aterrizaje de la nave, desplegándose desde el vientre del fuselaje, me hizo ponerme rígida sobre el asiento. No me gusta volar, pero sobre todo odio los aterrizajes. Cerré los ojos y esperé a que los neumáticos sacaran chispas al tomar la losa del aeropuerto ubicado en la zona más peligrosa de Chile. En dos horas estaríamos camino a Rukapillán, la ciudad donde, según mi padre, Santiago Urbano lo iba a estar esperando. Por supuesto aún no me contaba toda la historia respecto de ese anunciado encuentro, tampoco que todo se relacionaba directamente con la nueva independencia mapuche. Estábamos en zona de guerra. •••

Capítulo 4 “Wallmapu”

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